La camarera. James M. Cain

La lucha interna de Joan por mantener la cabeza fría

Dudas y culpabilidad
La última novela escrita por James M. Cain es un dramón en toda regla. Es curioso el proceso psico-emocional que experimenta el lector desde que abre el libro hasta que lo cierra. En el primer momento uno cree estar a las puertas de una historia dura como el acero, alumbrada por uno de los puntales del hardboilismo. Pero bien pronto empieza a encontrar más elementos sentimentales que de los otros (de los duros, sórdidos y execrables, como está mandado en una historia de M. Cain) y, en lugar de arrojar el libro contra la pared, sigue leyendo y pasando de un capítulo a otro con avidez. El clímax personal del lector llega una vez superado el ecuador de la historia, momento en el que la verdad abre ante sus ojos con una sencillez demoledora: “me estoy tragando un dramón. Que no se entere mi madre, pero me gusta”. Una vez logrado ese estado de reconciliación interior todo se hace cuesta abajo; desaparece la expectativa de elementos más propios del género, las dudas y la culpabilidad, y uno se centra en disfrutar de las peripecias de la protagonista.


Joan tiene más recursos que una navaja suiza


La protagonista es una madre recién enviudada, más pobre que una rata y con la amenaza constante de perder la custodia de su hijito de cuatro años en favor de la bruja de su cuñada Doña Perfecta. La recuperación de su situación económica pasa por vestirse de putón verbenero y poner cócteles en un establecimiento al que acuden hombres de negocios con ganas de hacer una intensísima vida social. Pero Joan (que así se llama), como buen personaje de serie negra, tiene más recursos que una navaja suiza, y entre su ingenio y su cuerpo despampanante, se las apaña para entablar relaciones afectivas en los que la barrera entre la mera amistad y el amor fluctúa constantemente. Todo ello aderezado con los intereses no siempre claros de sus nuevos amigos y con la lucha interna de Joan por mantener la cabeza fría y discernir qué la aparta y qué la aleja de sus objetivos. Si eso no es un dramón, que baje Dios y lo vea.

Dos elementos que trasgreden los límites de lo trágico y lo mantienen aferrado a géneros más “respetables” son el estilo genuino de la novela negra (conciso, visual, limpio como el filo de un cuchillo relamido por un San Bernardo) y las generosas dosis de erotismo que nacieron de la pluma del propio M Cain a mediados de los 30s y que se generalizaron a principios de los 50s. Por eso, para no reducir la historia a una vida interior sacudida por un sinfín de tormentos, la protagonista posee además una vida exterior más que concurrida. Y mientras persigue el alivio espiritual no deja de buscarse las vueltas para hallar el desahogo carnal que le pide el cuerpo. Lo que nos mete a los lectores en alguna escenita con la calefacción subida de grados, hay que reconocerlo. A quien no le guste experimentar este tipo de cosas más que cuando navega por internet, basta con pararse a reflexionar que estas escenas de auto-combustión femenina están en realidad contadas por un hombre de ochenta y tantos años. Eso debería bastar.

Si hablamos de estilo desde un punto de vista más abarcador, podríamos sugerir que la evolución de M. Cain es natural. Sus novelas se caracterizan por la primacía de las pasiones de personas “normales” y no por la fría racionalidad que conduce a esas estatuas de basalto con calculadoras por cerebros llamados detectives al final del laberinto. Cosa que estos hacen, además, por motivos estrictamente profesionales. La inexorabilidad está presente en ambos tipos de personajes, pero los de M. Cain, precisamente por ser ellos los que “escriben” la historia que luego habrá de reconstruir el detective de turno, están inmersos en un huracán de intereses cambiantes que les llevan de un lado a otro del espectro emocional

En esta novela, M. Cain ha desbastado los elementos más tradicionales del género (la deducción, la violencia, las intrigas políticas o mafiosas) y ha preservado los más sentimentales. Con ello confiere a su historia un hálito de cotidianeidad que acerca la experiencia de la protagonista a la del lector, que es de lo que se trata. Este punto de vista condujo a M. Cain desde una perspectiva que ahora se nos antoja consecuente a convertir a su malo habitual, la femme fatal, en la protagonista y narradora de la historia. Pienso que esta original maniobra le permite crear una trama muy abierta en torno a un objetivo muy general y, a su vez, un mundo más amplio, por el que el lector puede deambular y conocer detalles que no son determinantes para el seguimiento de la historia pero sí para una comprensión integral del personaje.

En definitiva, es una novela que vale la pena leer. Aunque uno a veces se pregunte en qué punto del viaje está la protagonista, la verdad es que no llega a aburrirse en ningún momento. El personaje es tan veraz que uno se siente impelido a seguir constantemente sus progresos y sólo interrumpe la lectura cuando las circunstancias le permiten también a su alter ego de papel tomarse un respiro.

RBA, 2013
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Armando Ux
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