Talco y bronce. Montero Glez

Primeros años de presunta democracia en España

¿Cambio de aires en el país?
El Chuqueli y la Malata pretenden ejercer su venganza sobre quien les dañó y ofendió. Estamos en Madrid en 1983, y en esta novela se nos cuentan las peripecias y peligros en los que se ve abocado este jefe de banda de atracadores, quinqui procedente de la orilla izquierda del Nervión, que entre sus múltiples andanzas llegó a hacerse pasar por pied noir, y que dirigirá con éxito a una banda especializada en grandes asaltos a empresas y joyerías. Pero su éxito provoca la envidia y la codicia de otros delincuentes que dicen ser policías, y que les buscarán para disfrutar del oro de su botín.

Relato que entremezcla ficción y realidad, pues aparecen personajes como el malogrado el Nani, víctima de las mafias policiales, y que resulta un fresco vívido y descarnado de esos primeros años de presunta democracia en España, y de cómo la vieja jauría policial pretende llevarse su premio por los servicios prestados como matones del Régimen, antes de que cambien (o no) los aires en el país.


imágenes y metáforas que impactan y seducen


Y con estos mimbres Montero Glez nos vuelve a embrujar con esa prosa descarnada y lírica, que está preñada del argot de la calle y de la vida, pero a la que da brillo y calor con imágenes y metáforas que impactan y seducen. Como en obras anteriores, vuelve a usar el ir y venir en el tiempo para ir desplegando una historia en la que se nos mostrará cómo el destino trágico no es casual, y cómo un buen guiso se va cociendo lentamente y se va sustanciando, pese a los intentos de sus protagonistas de salirse de semejante guión.

Este drama de policías y ladrones, está impregnado del mismo aire y sabor que ya llenaron de aromas otros grandes relatos del autor, como Sed de champán y Manteca colorá, y como aquellos, será capaz de ir envolviéndonos en una trama feroz de sangre y sueños, en la que nos vemos obligados a cuestionarnos si nuestro presente no se parece en demasiadas ocasiones a épocas que se pretenden haber desterrado de nuestras vidas

Como en entregas anteriores, los personajes de este relato se nos muestran diáfanos y reales, con sus diversas cargas de humanidad, con sus anhelos, miedos y estupideces, que no deja de ser el barro del que todos estamos hechos, y pese a todo, el autor dota a algunos de estos personajes de una calidez y un brillo, en el que nos reencontramos con ese duende, que nos saca aunque sea por unos instantes de nuestra condición de bestias estúpidas y feroces.

Y no podemos dejar de destacar ese aire nostálgico, de una época llena de ilusiones y desencantos, de los primeros años 80, cuando parecía que todo se podía volver a construir, y por el que el autor nos va llevando en un viaje por la memoria de una época en escenarios tan dispares como el Rancho del Cordobés', el Covacha –mal nombre del cine Covadonga-, o el hotel Intercontinental, donde el espectro del animal más bello del mundo anda aún por sus estancias, y del que se nos relatará un ardiente encuentro con un futuro jerarca de la política nacional.

Lo único que podemos decir de este libro es que es terrible y maravilloso, hecho de tripas y de amor, y que nos baja al fango de lo humano, y desde allí nos eleva a momentos llenos de maravilla y duende, y en ese ir y venir quedamos entregados a este carrusel de embriagadoras palabras y emociones. Un libro que nos ha gustado mucho, no, muchísimo.

Algaida, 2015 
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José María Sánchez Pardo
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