A most violent year (2014)

Alguien que quiere ganar cuando todos pierden

Una refinería junto al río
En el taxi de Vincenzo Rossi escuché por primera vez que 1981 había sido el año más violento en la historia de Nueva York. Con su sombrero de Little Italy, Vicenzo esperaba a las puertas del aeropuerto Kennedy a algún viajero descabalado que llegase a la ciudad a la hora de las 4 y media de un jueves cualquiera, y en el camino me ofreció detalles estadísticos de cómo habían sido aquellos años que habían gangrenado la ciudad, habían llevado a barrios enteros al borde del colapso.

Vista apenas unas semanas después, A most violent year era como una historia que viniese a ilustrar el relato de Vicenzo, escuchado en un taxi que se adentraba por la misma infraestructura desgastada en la que los conductores de Abel Morales son objeto de los violentos ataques de la película. Como en Margin Call, las apuestas son fuertes: Chardon sitúa la película en el marco de la industria del petróleo en un momento determinante. Siete años antes de 1981, la OPEP había llevado al mundo al shock petrolero: en 1981 tener una empresa de reparto de petróleo era una apuesta arriesgada... Estos presupuesto obligan a visualizar varios New Yorks: la ciudad tiene su pulmón en el río, que a su vez se abre al puerto, en territorios adquiridos ya desde la época holandesa por sefardíes de origen hispano que más adelante se harían con las grandes fortunas de la ciudad, y alrededor de una refinería de petróleo junto al Hudson se sitúa el núcleo de la historia. Vemos como Nueva York se sucede a si mismo: un inmigrante de origen colombiano, Abel Morales, con una apariencia física impecable, pelliza de piel de camello, voz pausada y suave, personalidad dialogante, llegado a esa cima de presencia segura y personalidad ganadora que Oscar Isaac destila con cierta elegancia a lo Al Pacino, gracias a haber emparentado con la hija de un mafioso, problablemente del clan Gambino, se ofrece como postor para adquirir los terrenos de la refinería junto al río, y el problema es encontrar crédito, reunir el millón y medio de dólares que reclama la familia judía


porque el invierno es frío


Tenemos estas tres comunidades, tenemos la ambición de alguien que quiere ganar cuando todos pierden, y tenemos el invierno en Nueva York . El frío de Nueva York, magnificado por la fotografía y los encuadres, ilustra en todo momento la necesidad de ese petróleo para estufas que distribuye la Standard Oil. Bien dosificadas en la cinematografía de Chandar, y con el aliento de Mario Puzo en cada minuto de celuloide, A most violent year devuelve sin estridencias el sabor del cine que ha marcado a Nueva York. Algo hay de Puzo en las peluquerías al viejo estilo italiano de Nueva York donde Oscar Isaac entrecruza palabras de amenaza con sus competidores, y en los restaurantes donde se dirimen las comidas de negocios. Y algo de exploración arqueológica de Nueva York en la puesta en escena: de pronto la estación de metro sobre cuyo andén Morales empuja al pistolero que está amenazando a sus conductores se llama Utrecht, otra referencia a los orígenes de la ciudad, y es una estación en penosa abandono que de alguna manera fija a Nueva York en su pasado y su presente de 1981, hay una larga escena de persecución en un túnel que sumerge la pantalla en un negro angustioso como un viaje hacia el pasado, hay un gusto pausado por los descampados. La búsqueda es arqueológica porque el petróleo mueve a la ciudad, porque el invierno es frío y hace falta calentarse, porque el petroléo era una parte crucial de la economía a comienzos de los 80 y lo iba a ser más después de 2001: es algo que Morales sabe, como también sabe que el petróleo es crucial en su ascenso hacia el poder.

Y la parte despiadada en este juego de poder viene dada por el suicidio de uno de sus chóferes, Julián, la auténtica víctima del año más violento: alguien que nunca podrá ser como Abel Morales, no podrá gastar con la misma elegancia las pellizas de piel de camello, ni hablar inglés con fluidez y elegancia, ni tener una hermosa mujer hija de un mafioso notorio. Se desata todo el sentido de la vida en la bala final con la que Julián acaba con su propia vida. El giro es brusco: a Morales, lo que le importa de esa bala no es que acabe de cruzar el cerebro de un hombre, empleado suyo, lo que le importa es que ha dañado uno de los tanques de la refinería que adquirir. El frío es intenso también cuando al fin, superados todos los escollos, reunido el millón y medio de dólares, Morales y su esposa (espléndidos Oscar Isaac y Jessica Chastayn) se congregan ante una visión espléndida de Manhattan desde la refinería. Solo que ahí aparecerá, Julian, cuya historia es la historia secreta y real de la película, que se suicida porque la estrategia de Morales hacia la cima (no utilizar jamás la violencia) también tiene sus víctimas y es en realidad extremadamente violenta. Y aparece la policía. Que reconoce al nuevo dueño de la refinería como a alguien con poder e influencia a quien tal vez sea necesario reunir pleitesía en el futuro: las jerarquías del poder; como en Margin Call exploradas por Chandor con una elegancia cinematográfica que hace de él uno de los más interesantes realizadores norteamericanos en la actualidad.

Ramón García


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