Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado. Juan Ramón Biedma

Biedma desde la bruma

Un marasmo de bruma densa y plomiza
La nueva novela de Juan Ramón Biedma nos llega envuelta en una densa nebulosa de smog y violencia contenida, latente, difusa pero eficiente. Nacida en calles sucias, crecida en bajos fondos de sempiterno olor a carbonilla, madera a medio quemar, mataderos mal ventilados y detritus. Criada a los pechos secos de putas desdentadas y enfermas. Acunada en el regazo de la inanición, la desolación, la sórdida violencia del lumpen y la inmoralidad del resurrecionismo. Ilustrada en la escuela del ocultismo y educada en los más turbios y perversos recovecos de lo esotérico.

La nueva novela de Biedma, que se sustancia desde un marasmo de bruma densa y plomiza, sabe a pescado pasándose en una ruinosa lonja del Támesis. Huele como el sudor y la sangre estratificados sobre la pared del local que aloja cientos de peleas ilegales. Suena como lo hace el dolor de los estómagos vacíos de los miserables, y se queja con la oronda displicencia de las tripas llenas de los nobles. Vicios y virtudes. Gritos y golpes. Quizá solo vida.

La nueva novela de Biedma es, por cierto, extraordinaria.


tétrico Londres de finales del XIX que se desangra lentamente


Sobre el fondo de ese tétrico Londres de finales del siglo XIX que se desangra lentamente por debajo del trampantojo de mansas apariencias y buenas costumbres precariamente sostenido por el victorianismo, Holmes y Moriarty, héroe y antihéroe -los epítetos son intercambiables en este caso-, van a librar la penúltima batalla. Un episodio más en esa guerra eterna que, en realidad, no deja de ser el viejo combate del hombre contra sí mismo, de lo mejor y de lo peor que hay en nosotros pugnando por imponer su criterio al mundo para retorcer el pescuezo al pollo manchado de la realidad. Con una salvedad: nadie encarna nada y no existen posiciones cerradas ni trincheras porque ambos, cada uno a su modo, asumen su parte de bondad, de maldad, de idealismo, de convicción y de odio, lejos de los esquemas planos de pasados romanticismos decimonónicos. Pues del mismo modo que Carl Gustav Jung nos hizo saber que la personalidad estaría incompleta si no contuviera de alguna manera a su opuesto, Biedma ha comprendido que Holmes y Moriarty, en el fondo y por encima de clichés manidos, son demasiado parecidos como para ignorarse mutuamente. Como para no respetarse y detestarse con placer siempre correspondido.

Moriarty y Holmes –tanto monta- son en manos de Juan Ramón Biedma tipos que se perciben por encima de la altura de su tiempo, por encima del escenario y de sus actores. Tipos que alzan la vista sobre la masificación de las medianías que en el pecado mismo de sus propias excelencias y decisiones llevan inscrita la penitencia de sus vidas. A lo largo de la novela quiero imaginarlos como el Joker y Batman de la última página de La broma asesina: mirándose a los ojos, entre carcajadas, como uno miraría su reflejo absurdo en un espejo deformante. Separados únicamente por la precariedad de una línea pintada sobre el asfalto mojado. A ambos les bastaría con dar un simple paso y cruzar esa línea sucia para convertirse en el otro. Pero ninguno de los dos lo hará porque ya han tomado partido y asumido como parte intrínseca de sí mismos un destino inquebrantable.

La nueva novela de Biedma, como todas, nos relata una historia coral que ya se intuye desde su título a priori enigmático, a posteriori coherente. Es crisol de relatos, personajes, existencias y vivencias aparentemente inconexas –lo importante en este caso es la apariencia misma- que caminan hacia un mismo fin, que explotan en una apoteosis cósmica de consecuencias imprevisibles. Porque la vida es compleja, multicausal, y la única verdad metafísica es que todo se encuentra interconectado en el andamiaje de esta charada universal que es el mundo. Un mismo tren en el que todos los viajeros deben desarrollar su propio trabajo para que el convoy alcance su destino, que siempre es el de todos ellos en general, pero el de ninguno en particular. Piezas de un reloj eterno que late hasta agotar la clepsidra del tiempo.

Hacía mucho tiempo que Biedma, desde siempre un admirador entregado de los relatos de Sherlock Holmes, me venía hablando de su interés por escribir esta historia. Un proyecto que tardó en madurar porque lo bueno necesita ser pensado y repensado con calma. Y el resultado final, construido sobre un excelente trabajo de documentación, se encuentra muy por encima de mis mejores expectativas y ha demolido cualquier viso de escepticismo. No es solo que la cuidada prosa de Biedma –que es un escritor sensacional como ya nos ha demostrado muchas veces- se ajuste como un guante al contexto de sabor gótico, a ratos emborrachado de Poe, en el que nada la historia. Es también que ha sabido ir más allá de la inspiración original para descubrir nuevas facetas y detalles, nuevas formas y fondos que tal vez latieran ya de alguna manera en los textos de Conan Doyle, pero que nuestro Biedma ha sabido desarrollar y expandir desde la panorámica del presente. Menos inocente y más retorcida si se quiere, pero también mucho más auténtica.

Parafraseando a Nietzsche podríamos decir que Arthur Conan Doyle ha muerto, y que Biedma lo ha matado. Con sumo respeto. Con grave admiración. Incluso con la severidad solemne que preside el sepelio de los grandes hombres. Con la más distinguida consideración, pero sin piedad de clase alguna porque nadie concede lo que no se pide. Y tengo la impresión de que Doyle debió sonreír entretanto recibía cada puñalada con el emocionado acomodo del maestro que se reconoce en ese discípulo que vuela, y evoluciona, y transforma la herencia recibida para volar más allá del horizonte sobre alas nuevas. Tal cual debió sonreír Julio César tras la embestida postrera de un Bruto que –siempre lo he creído- nunca traicionó al tutor sino que, en todo caso, se limitaba a despedirse del docente demostrando en la práctica misma cuánto había aprendido.

Por cierto: la nueva novela de Juan Ramón Biedma es extraordinaria. Como siempre. Una de esas obras inolvidables que uno, tras volver la última página, envidia. Que simplemente lamenta no ser capaz de componer.

Lengua de trapo, 2015
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Francis P. Fernández
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