El varón domado. Esther Vilar

Esther Vilar plantea que el varón es el auténtico sexo débil

Hoy nadie lo publicaría
La borrachera contracultural posterior a mayo de 1968 provocó, para bien y tal vez también para mal, una libertad inédita hasta entonces para expresar todo tipo de ideas. Hijo, aunque probablemente bastardo, de esta coyuntura es el ensayo casi desconocido en España El varón domado (1971), que hoy en día probablemente nadie se atrevería a publicar, en el que la argentina hija de alemanes Esther Vilar da la vuelta a las tesis del feminismo proponiendo que el varón es el auténtico sexo débil víctima de explotación por parte de la mujer a lo largo de la historia. La teoría de la sumisión de la mujer, tan ampliamente aceptada, sería una invención que ellos quieren creer para fortalecer su ego y ellas para seguir disfrutando en la sombra de su posición de privilegio.

El libro, que constituye un panfleto en la definición estricta del término, incendiario y provocador, causó a su autora tanto beneficio económico como todo tipo de ataques furibundos, acusándola algunos, sobre todo algunas, de fascista, y otros de cínica. Vilar siempre ha defendido la sinceridad de la obra, y nadie más que ella sabe si esto forma parte de una estrategia comercial y/o de la creación de un personaje mediático. Aunque resulta intrigante preguntarse ante debates como este, en los que la autora consigue mostrarse serena, sonriente e imperturbable ante los ataques personales continuos de una malhumorada feminista, si su estado de gracia se debe a una mente tan brillante como fría y calculadora, o a todo lo contrario, lo realmente relevante es la huella que El varón domado puede dejar en el lector actual.


sátira, parodia o revulsivo del discurso feminista


Naturalmente, entendido de una forma literal este texto es extremadamente misógino y por ello susceptible de ser glorificado por la caverna machista y demonizado por los sectores más cerriles del feminismo. Pero, al margen de que esta fuera o no la auténtica intención de la autora, para el lector más inteligente, más cínico o más retorcido, según se mire, el libro puede constituir una divertida sátira, parodia o revulsivo tanto del discurso feminista de entonces como de la literatura actual acerca del Género. El varón domado ataca a cierto tipo, por desgracia muy extendido, de feminismo empleando las mismas armas habituales de éste: sesgar la realidad y manipularla para justificar un discurso tendencioso y demagogo en el que se presenta a un sexo como verdugo y a otro como víctima eludiendo cualquier matiz y presentando como resultado de una investigación los mismos axiomas de los que se ha partido. Al intercambiar los roles establecidos a cada sexo, la autora estaría poniendo en evidencia las trampas de los ensayos que llenan la sección de Género de las bibliotecas: una vez establecido un dogma, por absurdo que sea es muy fácil encontrar infinidad de sofismas que lo justifiquen.

Aunque pocos libros causarán tanto desacuerdo entre sus lectores como este, lo innegable es que Vilar denuncia una sociedad sexista en la que se educa a las niñas en la estupidez y en sacar partido a su físico para conseguir que un hombre las mantenga, y en la que se impone una mirada paternalista hacia la mujer como eterna menor de edad. Y, aunque aquí ya surgirán discrepancias, según la autora el feminismo acaba siendo cómplice de y reforzando ese paternalismo con su mensaje victimista acerca de la condición de la mujer, que sigue siendo una eterna menor de edad que debe ser guiada, ya no por el varón pero sí por las gurús de la ideología de género, hacia una supuesta emancipación debidamente dirigida y controlada.

La propia ensayista reconoció posteriormente que las cosas habían cambiado en las décadas transcurridas desde la publicación del libro y que ahora muchas más mujeres aspiran a una independencia económica y personal, pero tal vez la pregunta sea hasta qué punto el nuevo feminismo, o al menos el sector dominante de éste cómodamente integrado en los departamentos de género de universidades y ministerios, ha actualizado a su vez sus planteamientos. ¿Hemos evolucionado mucho entre los tiempos en los que Virginia Woolf reivindicaba una habitación propia para las mujeres mientras la inmensa mayoría de hombres y mujeres de su país vivían hacinados en viviendas minúsculas en las que toda la familia tenía que compartir un solo cuarto, y los de la doctora experta en cuestiones de género de cien años después, que denuncia con la misma frivolidad su condición de víctima de una presunta violencia estructural en conferencias, canapés y cócteles? El varón domado no debe en ningún caso ser tomado en serio, pero tal vez tampoco quienes han convertido la cuestión del género en un medio de vida.

Grijalbo
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José Antonio López (Jalop)
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