2014: fútbol y novela negra

2014: un mundial y la entrada del fútbol en la novela negra. Comentamos El último milagro, de Convertini, y Tres actos y dos partes, de Faletti



Quizá fue Osvaldo Soriano el que metió para siempre a las Copas del Mundo de fútbol en el territorio mítico de la literatura; después de su Copa del Mundo patagónica, no es posible vivir el torneo organizado por la FIFA sino de un manera un tanto lateral, que de una manera un tanto lateral nos devuelve una imagen lateral de nosotros mismos. Viví el Mundial entre cinco países, dos viajes, múltiples evocaciones y rodeado de libros sobre fútbol, incluidas dos novelas negras. Las novelas llegaron al final, preparadas, o alfombradas, por los textos de Kuper sobre la historia del fútbol holandés, y por la compacta “Historia del fútbol”, de Paul Dietschy, que convertía al mundial de 2014, tal vez, en el primer mundial con el registro histórico documentado, y las múltiples pistas históricas del fútbol dialécticamente interpretadas. 

Se convertirá en el futbolista perfecto
A toda esa literatura se sumaba el propio thriller que de por sí constituye la Copa del Mundo, una historia de vencedores y vencidos, dramas y estrategias. Muchos de esos dramas se habían consumado ya, la mayoría, Brasil había bailado su última samba en forma de una demoledora derrota frente a Holanda que tenía algo de arraso continental, la dignidad de América reposaba sobre los hombros de Argentina, que se había desembarazado del mismo equipo holandés que había arrollado a España en el segundo día de competición, y a la luz de un quinqué, en uno de los tenderetes de la Semana Negra, apareció el polar del argentino Horacio Convertini, El último milagro, que enseguida se insinuó como la novela perfecta para leer en vísperas de la final Argentina-Alemania, y para conocer los resortes que puede ofrecer el fútbol como entorno para el género negro. Por la pantalla táctil del asiento del Alsa, a las diez, veo la paliza que Holanda le está metiendo a Brasil, el gol de Robben a los diez minutos. Para cuando Robben iniciaba la carrera que daría lugar al penalti y al primer gol de Holanda a Brasil, el fubolista Johny Franzoni, en la novela de Convertini, quedaba deslumbrado ante Patricia, la escultural secretaria del Racing de Avellaneda: víctima no de una venganza, ni de la mafia, ni de un aficionado herido, sino del complot que hace girar la novela hacia la ciencia-ficción: para evitar el descenso del Racing, uno de los clásicos de la liga argentina, su presidente ha aceptado un trato con un consorcio japonés al frente de un siniestro individuo llamado Nakamura, y en virtud del cual Johny será, sin darse cuenta, objeto de una operación destinada a alterar sus funciones vitales y convertirle en el futbolista perfecto. 


que el partido está amañado...


La novela de Convertini transita con fluidez entre escenario a la aguatinta de género negro, como una ilustración de Alberto Brecchia, y una posibilidad de ciencia ficción que acude ligera y como pidiendo perdón por llamar a la puerta. Y si evitar el descenso del Racing pasa por ese juego pseudocientífico, lo cierto es que Johny termina pagando con algo más que su vida. Terminaba la novela a la hora en que empezaba el partido entre Argentina y Alemania, y era Madrid. La nota podría estar escrita desde el momento en que Daley Blind arranca como un volador para marcar el último gol de Holanda frente a Brasil, un gol casi como un thriller doblado de novela histórica porque era un gol de fútbol total como el que uno habría podido haberle visto a la Holanda de 1974. Y en ese momento, Horacio Convertini decidía darle muerte a Johny Franzoni, el futbolista con el que especula la corrupta directiva del Racing de Avellaneda. 

La tragedia deportiva
El fútbol como escenario para potentes personaje de novela negra: el presidente del club, putero, sudando en las madrugadas de Buenos Aires junto a la inmensa espalda de su mujer, llevando a rastras la historia del club. Curioso que, leyendo la descripción de las capacidades adquiridas por el experimento de ciencia ficción dirigido por el japonés Nakamura, uno piensa en Arjan Robben. Robben marcó, pero el partido no se acabó, queda Giorgio Falleti.

Claridad mental y voluntad de anclar claramente el relato sobre la base justa: sin excesos ni mentiras. Excelente la claridad expositiva muy italiana, escuela Giorgio Scerbanenco. La historia está contada por el utillero de un equipo de segunda división de una ciudad provinciana italiana, y transcurre el día en que el equipo de fútbol de la ciudad se juega el ascenso a primera división. Unidad de tiempo y de acción. Ese mismo día descubre que el partido está amañado. Ve a su hijo hablando con un tipo al que conoce de sus tiempos como boxeador. Sabe que es un corredor corrupto de apuestas deportivas. A partir de aquí, un gran problema moral y un potente crescendo desde el momento en que el personaje toma una decisión clave: decide que el partido no va a ser amañado, en esos niveles opera la tragedia deportiva. Dirige el partido a través de un teléfono móvil, contra la adversidad y forma de cronometrado surrealismo. Aparte de sobre fútbol, Falleti sabe mucho sobre la vida provinciana de una ciudad italiana y también sobre la condición humana. Lo expresó en la canción y en la literatura. Murió sin haber podido disfrutar el Mundial de 2014, solo unas semanas antes. Pero deja un clásico de la literatura deportiva.

Lecturas recomendadas:
El último milagro
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Tres actos y dos partes
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Ramón García
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