Sitges 2014 (III): fantástico transgénico

Acceder de nuevo a las sensaciones idealizadas de una fruta madura que no nos cansamos de devorar

It follows

La hipertrofia de la programación de Sitges permite al aficionado hacerse su propia muestra representativa del fantástico anual, ignorando, eso sí, los cantos de sirena de la organización en favor de sus títulos mimados. De esta forma pudimos constatar tendencias conservadoras en el cine de terror, proclives a asegurar posiciones ya conquistadas antes que explorar otros territorios; trabajos muy medidos que, como los transgénicos debidamente aprobados por las autoridades sanitarias, nos permiten acceder de nuevo a las sensaciones idealizadas de una fruta madura que no nos cansamos de devorar.


James Wan y su renovación del cine de fantasmas


El ejemplo más sintomático es la herencia de James Wan y su renovación del canon del cine de fantasmas desde Insidious, de la que este año participaban trabajos como Oculus o The Quiet Ones. Entre las cintas que mejor han conciliado este legado con una personalidad propia se encuentra The Babadook (Jennifer Kent), la cual vio refrendada con el Premio Especial del Jurado su exitosa trayectoria hasta el momento. Su inquietante atmósfera, puntuada por breves pero inspiradas set pieces, arropa una construcción dramática que vertebra elementos de folklore ancestral —origen de criaturas como la que da título al film— con una atrevida relectura psicológica del hogar sin figura paterna. Semejante desviación del modelo nuclear de familia, si bien rozando la parodia, pudo verse en Goodnight Mommy, de los protegidos de Ulrich Seidl Severin Fiala y Veronika Franz. Aunque toda la publicidad se la llevasen sus escenas de tortura extrema, su aportación clave es la traslación al cine de género de los esquemas formales característicos de su mentor austríaco. Los encuadres de composición implacable y tiempos dilatados de Seidl se subyugan así a una vocación exploitation de impactar al espectador, acaso desvelando la verdadera naturaleza de tales recursos.

Otros autores de trayectoria breve pero consolidada pueden permitirse reciclar esquemas propios, como es el caso de Mike Cahill y su I Origins, premio a la Mejor Película. El director de Another Earth valida su reinado sobre esa ci fi de nuevo cuño que combina concepto sugerente, descripción íntima de los sentimientos y retrato generacional del público al que va destinada, apartados en los que su última obra sobresale gracias a una estética en los límites del modelo Sundance que él mismo ha contribuido a consolidar. Como las últimas copas que uno recuerda de una noche de fiesta, I Origins se disfruta en la misma medida que anticipa una crisis de incierto recorrido. Y pese a que también se aprecian tics sentimentales de determinado cine indie en Spring, Justin Benson & Aaron Moorhead elevan la apuesta de su sorprendente Resolution en una de las muestras de fantástico más puro de Sitges 2014. Y es que, en lugar de emular a Kevin Smith y abandonarse a la deriva circense a la que invita una (a priori) grotesca premisa —que igualmente animamos al lector a que descubra por sí mismo—, logran legitimarla en su dimensión romántica. Spring cosechó menos aplausos que Tusk, pero a cambio nos dejó una aportación al debate de género que puede considerarse el reverso luminoso de Under the Skin (Jonathan Glazer). 

The Babadook

Y si hablamos de cineastas que logran imponer su propia visión, los más esperados de Sitges 2014 sin duda fueron los franceses Julien Maury & Alexandre Bustillo y Fabrice Du Welz. Tras su alejamiento del gore extremo con The Livide, los primeros presentaron su obra más compleja hasta la fecha: Aux yeux des vivants ubica otra encarnación más de nuestros monstruos contemporáneos —una familia de freaks instalada a la fuerza en su propia dinámica de supervivencia física y emocional— en un contexto de fantasía adolescente de ecos spielbergianos. Maury y Bustillo traen de vuelta la oscuridad que negamos a nuestra memoria romántica de los ochenta, de la misma manera que Du Welz pone en cuestión nuestro modelo de relato sentimental en una nueva ficcionalización del caso real que dio lugar a Los asesinos de la luna de miel (Leonard Kastle, 1969). Como su fotografía en 16 mm, la interpretación de Lola Dueñas acompaña bien el retrato expresionista de una vida en el infierno de las emociones, si bien, no nos engañemos, simplifica el análisis a aquellos que se lo negaron a la incomprendida Vinyan, de la que Alleluia extirpa la perspectiva masculina. 

Terminamos esta entrega con el único trabajo que, de entre el marasmo de referencias que constituye el fantástico moderno, supuso un rotundo paso al frente. It Follows no es una obra maestra como las entregadas por Rob Zombie o el citado Wan en los últimos años, sino algo más importante: una salida. A partir de una premisa arriesgada y un vehículo formal innegociable —cimentado en un uso brillante de las panorámicas y la profundidad de campo en exteriores—, David Robert Mitchell extrae savia nueva de las raíces conceptuales del género, es decir, de la unión inextricable entre sexo y muerte, y la lleva al coto cinematográfico de los sentidos. It Follows no es un transgénico, sino una mutación genética y, como tal, la posibilidad de una evolución. O, al menos, de comprender de dónde venimos los que cada año nos congregamos en Sitges.

Álvaro Peña
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