Sitges 2014 (II): thrillers y fillers

Tierra de nadie entre un cine de género

A menudo tratadas en otros festivales como obras de refresco


Entre las secuelas visibles de la indefinición interesada de lo que se considera cine fantástico, característica de esta última edición de Sitges, pudimos constatar la abundancia de thrillers en su programación. A menudo tratadas en otros festivales como obras de refresco o fillers entre sesiones de mayor caché crítico, arrastrando polémica en no pocas ocasiones cuando saltan al palmarés (por ejemplo, la reciente Black Coal en la Berlinale), en Sitges se adueñan de esa tierra de nadie entre un cine de género del que se avergüenza la organización y el de prestigio al que aspira sin reparar en imposturas. 


un retrato amoral de la policía surcoreana


Y ninguna película hizo mayor gala de aprovechamiento de este espacio baldío que la alemana Stereo (Maximilian Erlenwein). Privilegiada en sus horarios respecto a otros títulos condenados a la madrugada o a la fugacidad del pase único, apenas ofreció más que el intento de su estrella Jürgen Vogel (La ola) por dotar de densidad dramática unos mimbres argumentales similares a los de Una historia de violencia de Cronenberg. Cuando los esfuerzos de un actor por profundizar en la psicología de su personaje chocan con los de su director por espectacularizarla —villanos cartoonescos mediante— solo se obtiene el ridículo o una película de Luc Besson, dos términos que Stereo concilia con éxito. 

Afortunadamente menos bessonianas de lo que se esperaba fueron No Tears for the Dead (Lee Jeong-beom) y A Hard Day (Kim Seong-hoon), las cuales prescinden en gran medida del sentimentalismo que aqueja al thriller coreano actual. La primera apuesta por unos valores de producción que elevan su film como actioner por encima de El hombre sin pasado, la ñoña carta de presentación de Lee, mientras que A Hard Day extrae puro entretenimiento de un retrato amoral de la policía surcoreana, combinando la violencia, el humor negro y los giros de guión necesarios para arrancar aplausos sin reflexión, lo más demandado por el público de Sitges 2014. 

Una cuestión para meditar

Aparte de este uso de los thrillers como clembuterol para engordar la programación, justo es mencionar otros pases recomendables para aquellos interesados tomar el pulso a autores y corrientes relacionadas con el fantástico. Una de ellas se refiere al arraigo del género en el imaginario y la estética de los años ochenta, revisados por Jim Mickle en su mejor película hasta la fecha, Cold in July. Más allá de reproducir los tropos de la época (la música de sintetizador, la construcción violenta del héroe, el retrato de los barrios residenciales y sus amenazas, etc.) Mickle los lleva a terrenos inexplorados en la travesía de un hombre sencillo por un relato criminal, edificando con clichés un poema ético que resuena con Drive (Nicolas Winding-Refn) acerca de la magia que opera en torno al hecho de que una familia duerma tranquila. Inquietud similar a la que late en The Guest, acaso el salto definitivo de Adam Wingard a coordenadas mainstream. Pese a que la premisa —la visita de un extraño a una familia cuyo hijo muerto en combate dice conocer— desató alusiones apresuradas a Teorema, en su desarrollo se revela conceptualmente opuesta a la obra de Pasolini. Porque en lugar de socavarlas, Wingard ilumina las convenciones del modelo de familia nacido al calor del neoliberalismo de los ochenta, cuya imagen ficcional reescribe para un presente más confuso donde cualquier relato parece condenado a degenerar en formas caprichosas de violencia, como en su más errática Tú eres el siguiente. 

Y sin escapatoria de ese descarnado aquí y ahora se nos presenta al protagonista de Colt 45, contundente incursión de Fabrice Du Welz en el policíaco sobre un joven especialista en armas arrastrado por una espiral sangrienta que trata de revertir. El autor de Vinyan vuelve a confrontar a una generación nacida con la promesa del control sobre sus vidas con una realidad no ya alienante como la de sus padres, sino depredadora. Con una puesta en escena que contrasta lo sensorial de un entorno gélido con la humanidad amenazada del protagonista, Colt 45 habla del sistema no tanto en términos políticos como de entropía: para Du Welz el orden es una ilusión previa a la única elección real, es decir, morir o abandonarse a la oscuridad. Una cuestión para meditar en esos huecos de la vida que otros rellenan con ruido y risas.


Continuará...

Álvaro Peña
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