Poesía italiana

Cuanto más conozco a los hombres, más me gustan los Corleone

Después de mis tres meses de vacaciones casi escolares, pensaba dedicar mi testimonio a un aspecto de la novela negra italiana. Pero creo que me voy a desviar un poco.

Me gusta ver la serie sobre Montalbano que pasan en La 2 (tengo que reivindicar esta cadena: ¿alguien ha visto la estupendísima La verdadera historia de la ciencia ficción?). Precisamente, ponían el capítulo correspondiente a la novela Ardores de agosto, capítulo que no había logrado ver en su momento. Creo que esta novela marca un hito en la serie de Montalbano, porque supone un giro en su manera de ver la vida y en su relación con la eterna Livia.

Me parece a mí una de las mejores novelas de la serie por la introspección, con la refrescante y dificilísima ligereza que siempre consigue Camilleri, que realiza Montalbano, por la lucidez con que se da cuenta de que ha sido manipulado por una jovencita y por su miedo a envejecer. En fin, que todo esto lo eché de menos en el capítulo de la serie dedicado a los ardores de Montalbano. Todas las reflexiones del comisario pretenden encerrarse en una dura mirada que le atiza a la muchacha, cargada de reproches. Pero, en la novela, Montalbano no reprocha nada a la chica, se lo reprocha a sí mismo.


la novela negra italiana, la emoción de la belleza


atrapar una porción de belleza
¿Y que tiene todo esto que ver con lo que yo quería decir con el aparatoso título de Poesía italiana? Pues que (me tendréis que perdonar, pero me voy a mover en el ámbito de la intuición y de las sensaciones y no en el sesudo de la teoría literaria o de cualquier otra teoría) la novela negra italiana siempre produce en mí esa emoción del poso que deja la belleza, como un paisaje de la Toscana en el recuerdo. Incluso desde el duro Scerbanenco, pensemos en su desencantado Lamberti, podemos apreciar una mezcla de melancolía y de afán de atrapar una porción de belleza por mínima que sea, que considero una de las señas de identidad de giallo italiano.

Y no digamos nada de de Maurizio de Giovanni y su comisario Ricciardi, donde este propósito poético deja de ser soterrado y se convierte en una clara vocación de estilo. O en Marco Vichi, el más vázquezmontalbaniano, con perdón, de todos los italianos, pero que se resiste a que su personaje queme libros porque han significado demasiado para él.

Y al final de todo, la turbadora e inquietante impresión, más bien convencimiento, de que, como diría Maruja Torres, cuanto más conozco a los hombres, más me gustan los Corleone, o los Sinagra…

Ángeles Salgado
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