Sitges 2014 (I): Sin identidad

Los mismos errores corregidos y aumentados



Quizá recuerde el lector cómo el pasado año advertíamos de tendencias preocupantes en la organización del festival de Sitges. Pues bien, este año hemos de sumar una peor que todas ellas: la ausencia de autocrítica. Es decir, se ha incidido en los mismos errores corregidos y aumentados, desde apagones en algunas de las sesiones más esperadas a la restricción de pases de prensa con afán recaudatorio, por no mencionar la utilización de la imagen del festival con fines políticos.


preferir la atracción a la seducción


Con todo, el mayor despropósito es la renuncia a su condición de faro del género por la pretensión de emular a festivales como Toronto, aun careciendo de la infraestructura necesaria. Una operación que deja graves secuelas: gigantismo —solo la Sección Oficial constaba de 38 films—, mercadeo —más premios ligados a la distribución— y disolución de la identidad en aras de un efecto escaparate donde todo se vende bajo la etiqueta de «fantástico». 

Contribuyen a la mascarada títulos superficialmente afines al género y de cierto pedigrí crítico, con Maps to the Stars de David Cronenberg a la cabeza. Tras Cosmopolis el canadiense recae en un guión autoexplicativo que exime a sus imágenes del deber de sugerencia, limitando su labor de dirección a ilustrar con buen gusto (atención al pacato maquillaje del personaje desfigurado de Mia Wasikowska) tragicomedias hollywoodenses narradas, paradójicamente, a mayor gloria de sus intérpretes. Añorar al viejo Cronenberg de Videodrome o Crash no es una cuestión de nostalgia, sino de preferir la atracción a la seducción, la intuición visceral que desafía las apariencias a la inteligencia calculadora que simplemente las reformula. Este último principio puede hallarse asimismo en Tusk, progresión de la huida hacia adelante que Kevin Smith emprendiera en Red State (ganadora de Sitges 2011) tras los descalabros sucesivos de ¿Hacemos una porno? y Vaya par de polis. El director y podcaster hace gala de esa vitalidad que echábamos en falta en Cronenberg, pero en su variante más perversa: el instinto de supervivencia. Smith pone tierra de por medio entre los críticos y su cine a horcajadas sobre las filias de moda en el género de terror, favorecido tanto por el magnetismo de intérpretes de la talla de Michael Parks como por un presente desnortado de referencias para público y crítica. Lo que Tusk y su premisa de horror grandguiñolesco —que no desvelaremos— tienen de impostura lo ofrecen de fascinante documento fílmico acerca del fracaso y la redención popular de un cineasta.

Musarañas. Negros esperpentos


La buena acogida de Tusk entre los asistentes solo admitió comparación con la de la neozelandesa What We Do In The Shadows (Jemaine Clement y Taika Waititi), ganadora del Premio del Público. Un buen paso si consideramos que el objetivo de esta comedia en formato documental sobre las andanzas de un grupo de vampiros es conquistar a una audiencia mainstream más allá de los fans, como evidencian sus continuas alusiones a la cultura popular y, sobre todo, una estructura en sketches poco ambiciosa pero óptima para dar rienda suelta al talento de sus cómicos. Mirando también a extramuros del género, esta vez a la bancada crítica, Th

e Duke of Burgundy
nos muestra el avance de Peter Strickland desde su anterior Berberian Sound Studio en el manejo de sustratos fílmicos agostados. El británico explora con pulcritud los armónicos entre un drama de codependencia psicosexual y el fantástico europeo de los 70, término que provee iconografía gótica, fascinación por la femineidad y una invitación a perderse en el mapa psicológico trazado por las protagonistas.

No todas las apelaciones al legado cinéfilo fueron tan honestas como la de Strickland. El festival vendió como la gran esperanza del terror español Musarañas, derivación irregular de los negros esperpentos de su productor Álex de la Iglesia y el fantaterror contestatario de Ibáñez Serrador. Semejante promoción, además de delatar la pérdida de rumbo de Sitges, no hace ningún favor a la película de Juanfer Andrés y Esteban Roel, menos necesitada de un hype y la subsiguiente decepción que de una mirada curiosa y abierta a hallazgos menos obvios que la interpretación de Macarena Gómez. Como ella el festival suspira, sangra, se arrastra y reza a su único dios verdadero. Que no es el cine fantástico.



Álvaro Peña
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