Prólogo: El sueño del depredador

¿Recordáis al que dijo que las palabras matan?

Rito sexual, versos malditos
Siguiendo una lógica imponente, Óscar Bribián consigue lo imposible: hacer que lo irracional resulte del todo verosímil, que los crímenes rituales descritos en El sueño del depredador se acerquen de forma siniestra a lo cotidiano, a las peores imágenes de un telediario. Así, este escritor, que se mueve como pez en el agua entre el terror y lo policial, nos abandona a nuestra suerte en esa tierra de nadie donde todo está permitido… Por si fuera poco, lo hace a plena luz del día, sin necesitar el cobijo de las sombras y la nocturnidad, algo que no está al alcance de todos los autores.

El punto de partida es sencillo, aunque llama la atención, y podría ser cualquier recorte de un periódico, una de esas noticias que vemos de refilón en algún diario online y que damos por imposible, más que nada porque es una de esas noticias que pronto se olvidará, sobre la que nadie pedirá explicaciones posteriores. Los miembros de una banda de rumanos son detenidos cuando conducen un vehículo en cuyo maletero hay dos cerdos muertos, cerdos inidentificables ya que les han arrancado las orejas, donde están sus distintivos… Una pareja de policías, Santiago Herrera y Laura Beltrán, irán pelando capas de la cebolla, y no tardarán en encontrar el primer cadáver, aparentemente fallecido en medio de un ritual sexual de dominación, acompañado además de unos versos malditos.


personajes que no quisiéramos conocer jamás


Los extensos e intensos conocimientos de Bribián acerca de las complejidades del trabajo policial hacen que El sueño del depredador crezca y triunfe en los pequeños matices: el aislamiento voluntario de los investigadores, su creciente obsesión por el trabajo, cierto abandono en sus vidas privadas… Por momentos, y por sacar a colación aquella serie televisiva que veíamos hace ya un cuarto de siglo, me da por pensar que se trata de una Canción triste de Zaragoza en la que apenas quedó rastro de humor…

En efecto, el hecho de que los protagonistas sean los policías no debería pasarse por alto, menos aún en un país como el nuestro, tan dado a la picaresca, donde tradicionalmente se ha visto a las fuerzas de seguridad de forma hostil. No pretende Bribián dar un barniz de heroicidad a sus personajes, en absoluto; de hecho, en más de un momento muestran puntos débiles, comportamientos contradictorios… Por eso mismo resultan tan cercanos y nos dejan indefensos ante sus vicisitudes.

Llama mucho la atención que desde una perspectiva tan anclada en lo cotidiano, El sueño del depredador se decante por profundizar en personajes literalmente indescriptibles, de esos que no quisiéramos conocer jamás, en primer lugar porque no seríamos capaces de comprenderlos. Da la impresión de que Óscar Bribián ha optado por un registro próximo al periodismo para finalmente llevarnos mucho más lejos de lo que habíamos pensado, en una trama que reúne a Lovecraft con los poetas malditos, los rituales más sádicos con la creación y elucubración literaria. ¿Recordáis al que dijo que las palabras matan?

Y ya que hablamos de literatura, diré que para resultar convincente en la ficción, el caos ha de estar completamente ordenado y planificado. Así imagino a Bribián mientras concebía esta novela, preocupado hasta por los más insignificantes detalles, procurando ser convincente hasta el final. Hablando de finales, ¿podrán los protagonistas de esta novela volver a sus rutinas grises después de ver todo lo que les espera? A vosotros os corresponde el placer de encontrar la respuesta.

Off Versátil, 2014
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David G. Panadero
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