Prólogo: Días de guardar

Un salteador de bancos y joyerías tan dispuesto a desfundar la pistola como a airear la bragueta

Escritura diaria y radical
Quien, habiendo sustraído sus oídos a la sordera que la onda expansiva que los sucesivos booms de la novela negra española vienen produciendo cada primavera, se haya entretenido en hacer un balance y juicio de aquélla, puede concluir que en solo tres años, lejanos y prodigiosos, aparecieron los cinco títulos que marcan y asientan, al primer intento, y con estilos muy diferentes pero de manera inapelable, las variantes principales del género, aclimatado ya al paisaje urbano y sentimental nacionales y al espíritu del idioma. Así, Los mares del Sur (1977), de Vázquez Montalbán, establece el canon del detective chandleriano asociado al análisis social y cultural; Demasiado para Gálvez, de Jorge Martínez Reverte, que aparece en el mismo año, indaga en las posibilidades de denuncia y explicación de ciertas tramas financieras desde el punto de vista periodístico; Un beso de amigo (1980), de Juan Madrid, plantea la investigación abordada desde “el otro lado de la barrera”, el policial; por su parte, Prótesis, de Andreu Martín, también en ese año, brega con el conflicto (psicológico y delictivo) compartido entre la autoridad y el delincuente común; por fin, en 1981, aparece Días de guardar, primera novela de un muy joven Carlos Pérez Merinero que no solo completa el repóquer de este periodo dorado del género en nuestro país, sino que aporta al mismo el sentir, el pensar y el hacer radicales del delincuente, sin renunciar a trazar, siquiera sea de pasada, pero de manera precisa e impresionista, un fresco de las tensiones políticas y sociales de la época. 


bandolero individualista y amoral


Días de guardar cuenta la historia de Antonio, un salteador de bancos y joyerías, ignorante, grosero y chuleta, tan dispuesto a desfundar la pistola como a airear la bragueta (y éstos, en lo que al dinero y a las mujeres toca, son los dos pilares de su personal filosofía). De Antonio lo sabemos todo, gracias a que el autor instala una cámara y un micrófono en el cerebro del personaje (único protagonista), a través de una primera persona narrativa que a veces se dirige al estupefacto lector con fanfarrona complicidad. La acción se organiza básicamente alrededor de los atracos que el personaje planea y ejecuta, mientras, por medio de algunas analepsis, indaga en el momento en que el entonces Antoine, siendo camarero en París, comenzó su viaje iniciático vital de la mano de Legrand, un hampón proxeneta y vividor, que le llevará a entender la existencia en sociedad como un estado de violencia permanente de la que, en buena lógica, uno solo se puede librar (y solo temporalmente) ejerciendo a su vez una violencia de bandolero individualista y amoral.

Foto: Luis Díaz
Porque, a diferencia de la gran mayoría de novelas de género negro, en Días de guardar (como en cualquier otra novela de Carlos Pérez Merinero), no es el tema moral (social o individual) el que interesa al autor, sino la estupidez y la mezquindad de la ciudadanía media en sus múltiples formas, actitudes y paisanajes. Al lado de lo que la sociedad y las circunstancias pergeña todos los días con la vida de la mayoría de los personajes que se cruzan con el protagonista, la brutalidad que éste se gasta (que no pretende justificarse con un trauma pasado, como ocurre —y es ésta una discrepancia esencial— en las mejores novelas de Jim Thompson, autor con quien Merinero ha sido alguna vez comparado), se antoja ingenua y circunstancial; el proceder de Antonio es el de un tipo amoral que escribe sus propias leyes, no un inmoral que pretende burlarlas. 

Como toda buena novela de género (de cualquier género, por mucho que sea común afirmar lo contrario), Días de guardar no se lee de un tirón. Y no porque su narración no esté marcada por un tempo trepidante y los episodios de acción se alternen con los anticlímax oportunamente, sino porque incluso por encima de esta maestría en el manejo de las velocidades narradoras sobresale el empleo del idioma: la apariencia de sencillez en el lenguaje que se emplea en el relato es engañosa, o bien este lenguaje solo se puede considerar sencillo en el sentido de que es directo. Pero el nivel de expresividad y riqueza que el autor alcanza en el uso de giros, expresiones, diálogos y descripciones hace inevitable que el lector deba volver más de una vez, en plena lectura, sobre lo que se acaba de leer: para volver a disfrutarlo, para dar crédito a lo que allí se cuenta, para recrear gozosamente el episodio recién leído.

Ya que hablamos de “gozo”, acabemos este prólogo con esta palabra esencial en el arte y en la literatura que demasiado a menudo se sustituye (entiéndase: el gato por la liebre) por “entretenimiento” o “diversión”. Días de guardar es género negro para gozar, no para entretener. En eso el planteamiento de Pérez Merinero fue siempre radicalmente (como no lo ha sido nadie más en el género) exigente con el lector, y por eso la novela pasó de mano en mano durante los demasiados años que no fue (asombrosamente, inexplicablemente) reeditada. Así, de manos de un amigo, me llegó a mí hace veinte años en la manoseada (gozosamente manoseada) edición de Bruguera de Días de guardar, acompañada de la sentencia que solo es dable cuando se recomienda una lectura inapelablemente gozosa: “Léetela ya”.

Carlos Pérez Merinero es el más conocido de los escritores poco conocidos de novela negra, el escritor maldito al que sin embargo muchísimos han leído, es de los escasos autores que ha permanecido, pervivido e influido en su generación y en los que en las siguientes generaciones hemos querido aportar algo al género negro en nuestro idioma; y eso (dice la leyenda) sin salir de su casa y sin otra “vida literaria” que no fuera la escritura diaria y radical, hasta el punto de configurar una de las trayectorias literarias más interesantes y sugestivas dentro del género. 

Hoy, la editorial Reino de Cordelia, con el tino y la calidad que la han hecho prestigiosa, saca otra vez al chocarrero y peligroso Antoine a las calles y lo hace merodear por las puertas de las sucursales bancarias y las joyerías para haceros descubrir de nuevo algo que íntimamente (y en estos tiempos tal vez mejor que nunca) ya sabemos; que la lógica de esclavos y dominadores (o de esclavos que se creen dominadores) no ha perdido vigencia, que las formas de estupidez se crean pero no se destruyen, sino que se transforman y multiplican, y que el precio del non servus se puede pagar siempre y cuando se disponga de un revólver y una bolsa de deportes y uno esté dispuesto a mover las piernas. 

Reino de Cordelia, 2014
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Prólogo de Óscar Urra Ríos
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