Jordi Grau. Confidencias de un director descatalogado

La trastienda de su época y del cine español en el que desarrolló su carrera

La importancia histórica de sus películas
Algunos libros se leen por el placer de encontrar la palabra bien dicha. Hay que añadir además el motivo, como en este caso, de que esa palabra nos cuente una historia fuerte e importante. Y es que en sus memorias, el cineasta Jordi Grau (Barcelona, 1930) tiene valentía y sobrada lucidez para ser nuestro guía por —me permitiré el juego de palabras— la trastienda de su cine, que en buena medida es la trastienda de su época y del cine español en el que desarrolló su carrera.

No olvidemos los caprichos de la distribución cinematográfica: por más que digan los defensores de lo digital, en la actualidad resulta complicado llegar a ver, digamos, media docena de las veinte películas que dirigió Jordi Grau, pese a la importancia histórica de alguna de ellas —Una historia de amor (1967) se adentra en los claroscuros de un joven matrimonio en una época en que la institución era intocable—. Además, algunas de sus películas tuvieron gran proyección internacional —coproducciones hispano-italianas como Ceremonia sangrienta (1973) y sobre todo No profanar el sueño de los muertos (1974) hicieron más taquilla fuera de España que en nuestras fronteras—. Vale la pena detenerse en La trastienda (1975), una cinta que, habilidosamente promocionada por el productor José Frade (a quien Grau define como "simpático y prepotente"), rompió el molde en taquilla, sobre todo por presentar el primer desnudo integral de nuestro cine, apenas un segundo y medio en el que vemos a María José Cantudo al natural. Algo que para el cineasta era más bien anecdótico pero que centró la atención del público, quizás en detrimento de la historia.


la coherencia y el interés de las mejores novelas


Jordi Grau sabe equilibrar la balanza y no deslumbrarse con las distintas anécdotas de la gente que conoció. Con soltura, nos pasea por la trastienda de su cine, que es el nuestro: desde los tiempos en que estudió cinematografía en Roma, donde tuvo el mejor maestro posible: Federico Fellini. Y aunque en su juventud, Grau se consideraba religioso, su interés por profundizar en los personajes le llevaría a tener serios conflictos con el Opus Dei, siendo víctima de una censura arbitraria que dificultó su carrera.

A lo largo de las páginas de estas memorias, Grau nos cuenta cómo a menudo no hizo las películas que quiso sino las que le dejaron —con Tuset Street (1968) quiso retratar la Barcelona bohemia y mísera de El Molino Rojo, la dura vida de las vedettes, pero la imposición de trabajar con la diva Sara Montiel acabó emborronando el proyecto—. Como ocurre con algunas autobiografías, la capacidad del escritor nos acaba regalando un libro que, además del notable valor informativo, tiene la coherencia y el interés de las mejores novelas.

Calamar, 2014
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David G. Panadero
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