Días de guardar. Carlos Pérez Merinero

El más conocido de los escritores poco conocidos 

Definir a Merinero me provoca sudores fríos
Corría el año 1981. Sí, lo he escrito bien, 1981, cuando salió a la luz esta novela en la editorial Bruguera, ya extinta. Con ella se presentaba en sociedad Carlos Pérez Merinero y lo hacía a lo grande, bueno, mejor sería decir a lo bestia, porque esta novela tiene lo suyo.

Desde el 1981 hasta ahora han pasado muchos años, los suficientes como para que la editorial Reino de Cordelia se decida a reeditarla novela y lo haga sumándole un prólogo de Oscar Urra, un escritor por el que tengo debilidad. El cóctel no puede ser más acertado. Gusto en la edición, un gran detalle como el prólogo y una buena novela como es esta. Con esos elementos ya habría motivos suficientes como para lanzarse a la librería y hacerse con esta maravilla, por lo pronto les animo a ello.

Óscar Urra define a Merinero como “…es el más conocido de los escritores poco conocidos de novela negra…”, una definición tan bien urdida que no puedo menos que sentir envidia sana. 



Merinero en estado puro


Como uno no tiene el mismo talento que Urra para esto de juntar letras suelo tender más a que otros digan por mí lo que yo debería decir, porque definir a Merinero como escritor me provoca hasta sudores fríos, vaya por delante que este es su estilo a lo largo de toda la obra:

Y es que esto del sexo, cuanto más se piensa más complicado se convierte. ¡Con lo bonito que es el polvo albañil! Uno se pone encima de la tía y ñaca-ñaca. Tira de la trampilla y en paz. Se queda uno más descansado que la puñeta. Pero no, empezamos a darle a la chota y lo que es tan sencillito se complica de cojones. Nos volvemos majaras y después pasa lo que pasa. 

¿Que qué pasa? Coño, ¿están ciegos o qué? Lo que pasa es que ni hay paz en las calles ni hay nada. Que las personas decentes, ustedes o yo sin ir más lejos, ni podemos pasear con nuestras santas esposas, ni podemos estar tranquilos cuando nuestras hijas en edad de merecer salen del colegio ni nada de nada. Ni nuestras madres están seguras. Con eso les digo todo


Merinero en estado puro. 

Una manera de abordar los temas que es normal, habitual en cualquier barra de bar o en cualquier conversación a pie de calle. Ese es su secreto, sacar de la calle los diálogos para meterlos en los libros. Usar lo que a diario se escucha y darle ficción o ficcionar a base de lo que se escucha. Ello no significa que no tenga calidad, todo lo contrario, lo que se pretende es mostrar a una persona de la calle, con sus ideas, sus pensamientos y sus modos de actuar y lo consigue de manera más que rotunda.

Que el personaje que vaya a mostrar no es el más idóneo, eso es otra cuestión, que sea un delincuente es algo que da matices aunque gracias a ello nos adentra, literariamente, en un territorio muy animado. Merinero no retrata a personas normales, su inclusión en la novela negra se hace a través de personajes como el protagonista, Antonio Domínguez, que sería calificado con el mismo lenguaje callejero de Merinero como “un cabrón con pintas”.

Otra cuestión es lo que pretende mostrar el autor, que es mucho. Nos muestra por un lado el criminal y sus crímenes y al mismo tiempo se dedica a sacudir, sin piedad, a nuestra sociedad. Es novela negra y al mismo tiempo crítica social, es decir, lo que siempre ha mostrado la novela negra a lo largo de su historia.

Merinero utiliza todos esos elementos fundidos con una prosa potente, callejera, urbana, rápida y dinámica. La primera persona impera y se hace con la facultad de dotar a la narración de una viveza que pocas obras pueden igualar. 

Se busca intensidad y se consigue a base de pisar el acelerador, pese a que el motor esté apunto de griparse, en pleitesía a ello, y como bien destaca Urra, la novela precisa de descansos en su lectura. Tiene momentos de intensidad tales que merece la pena detenerse y asimilar lo leído.

También y eso quiero destacar tiene momentos de sentido del humor, del chusco pero el que provoca que tengas que reírte pese a que algunas situaciones son de cierta violencia. He de decir que se nota que mucho de lo que ocurre se ha vivido en primera persona, si leen el libro recuerden la escena del taxista y ya me dirán, esta tan lograda que sólo puede haber sido un hecho real.

Quería hablar sobre la estructura narrativa, algo que parece sencillo, como si fuera un andamiaje simple pero que por debajo tiene mucho más trasfondo del que pudiera parecer en un primer momento. Como se ha dicho la novela se narra en primera persona, al completo, y lo que se va aportando proviene únicamente del protagonista, algo ya habitual, pero no es un protagonista culto y de mil aristas, es un delincuente de baja estofa y las cosas que va comentando y mostrando requieren un trabajo del autor de primer orden, porque en ningún momento permite que el lector se desconecte. Te mantiene enganchado de una manera u otra, lo cual, es labor de mérito del autor.

No quiero extenderme mucho más, les recomiendo que se la lean, merece la pena. Es una novela de primer orden. Dura, puñetera, del tipo de novelas que se hacían antes, no esas blanduras que ahora nos presentas las editoriales. Es novela negra de verdad y encima de la buena. Para finalizar un último párrafo del autor situando la escena en mitad de un atraco:

El del brazo en cabestrillo aprovecha el susto de la tía del lacito para arrimarse todavía más a ella. Le está poniendo la retaguardia a caldo. El de las babas contempla el panorama como si no fuese con él la cosa. Lo que les digo: es un intelectual. Los huelo a diez kilómetros. Este sí que escribe algo. Se le ve en la cara que ya está buscando el título para un artículo. Estoy a punto de decirle que lo titule “La Banda nacional y yo”, pero me contengo. Que se busque las judías por sus propios medios; yo me las busco por los míos

Reino de Cordelia, 2014
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Sergio Torrijos  
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