Rulos, el yonqui — «Policía» (VIII)

Uno pasa fumando, cuando hago ademán de acercarme cambia de acera


...la sensación de que falta algo...
Salgo del edificio del CAD. La sensación en el cuerpo de que falta algo, de que la metadona no es lo mismo y nunca lo será. Malestar y resquemor. El cuerpo me pide acción, hipodérmicas, mecheros, una gotita de limón...El paraíso a golpe de jeringuilla y yo aquí, parado, anclado, mirando absorto como la directora del CAD le reprocha al guardia su mala hostia. Al lado el compañero de adicción con la nariz partida, sangrando, quejándose y pidiendo, ya de paso, a modo de compensación algo más de metadona para calmar los dolores propios de la hostia.

Escucho charlas absurdas en un grupillo que nos juntamos a la salida de la toma. Que si los Rolling, que si Hendrix que si el último pico era muy corto o que si cometemos un atraco o dos. Un grupo en un banco mientras la gente pasa cerca y nos mira con el respeto a los que no se desea tener cerca. Niños que nos observan con interés, lo cierto, parecemos un equipo de fútbol, todos con ropa deportiva. Las madres que llevan a esos niños de la mano aceleran el paso al pasar cerca de nosotros. Nuestro rostro y nuestras conversaciones asustan, nos temen por ser algo incomprensibles pienso pero no creo que sea verdad, nos temen porque representamos lo que ellos no se atreven a ser o eso me ayuda a conciliar esas miradas suyas. 

Al fondo un grupo de jubilados que discuten sobre política, gilipollez llevada a la práctica. Un coche de policía que pasa y se detiene. Siempre la misma historia. Todos hemos sido cacheados y solicitada nuestra documentación en la última semana. Nos usan para curtir a los novatos. El coche se para y pese a conocernos a todos nos piden documentación. 

Misma historia, misma mierda. 

Desprecio en sus caras, aptitud de lástima en la nuestra y cuando se den la vuelta recordar con agrado a su puta madre. Tipos chungos esos de azul. Recuerdo una canción de un grupo “La polla records”, que decía algo así, ”...era un tipo y ahora es poli...”. 


el destino puso ante mí la jeringuilla


La gente hace cualquier cosa por conseguir un plato de garbanzos. Que barato vendemos nuestra dignidad. Yo la sortee por una papelina, mejor acuerdo que por treinta años de madero, sin duda. Poder mirarme al espejo, reconocerme y no dedicar mi vida a joder al prójimo. Prefiero ser yonqui, bueno, el destino puso ante mí la jeringuilla, el resto fue una bonita amistad. 

Por un momento un flash recorrió mi mente, me vi de azul, con salud, con porra y pistola, mirando con mala hostia a mis compañeros de tertulia. Lo entendí todo. Se merecían todo lo malo, por un instante me descubrí con la porra levantada, castigando a un desecho humano vestido de chándal. Tipos sin voluntad o con la única posible, la droga y al llegar ese vocablo a mi mente, todo pareció cambiar. Se nubla el sueño, pierde coherencia puesto que salivo, siento como la metadona hace su labor, toma mi cuerpo, relaja mis nervios, entra directamente en el hipotálamo y allí juega con el centro neurológico de mi placer. 



Sentir al mundo acorde, incluso los maderos me parecían que ejecutaban una labor en el mundo, no primordial, pero al menos no estridente ni inarmónica con el discurrir del universo. 

Todo el entorno parece tomar sentido, propósito, los engranajes internos parecen moverse al unísono, ser coherentes con sus vecinos y con la irrealidad que proporcionaban. Por un momento me veo involucrado en todo ello, acorde al mundo y no ajeno como suele pasarme. Pero cuando comienzo a ascender, a levitar, a alejarme con gran placer de todo ello siento que la ascensión no es completa, que el poder de la química me limita hasta ese punto y que de ahí no es posible pasar, tarea inútil. 

Mierda de metadona. 

Un par de compañeros me miran, extrañados de mi actitud, sin duda piensan que tenía algo o que me da la metadona algo que a ellos no. Pero mi mirada se encuentra con la suya y la conclusión es la misma.

La verdad que todos sabemos.

Me voy. Al modo tradicional de mi cofradía. Sin decir ni pío. A la francesa. Mi discurrir hacia el mercado. Justificación de lo que iba a cobrar, vigilar a la tendera.

100 pavos, imaginar por un momento la cantidad de papelinas, dividirlas por micras, cada micra un...

El objetivo de mi atención, su misma labor, sus mismas voces y su tono que me resulta traicionero. Mis ojos la han visto besuquearse con uno de azul. 

¿Existe una traición mayor? 

Pienso en la traición, en lo que prometemos o en lo que decimos que vamos a hacer y luego no hacemos. A diario existen miles de traiciones, las mías las peores. He traicionado a todos, sólo me he respetado a mi mismo. Con eso es suficiente.

Mi paciencia se agota, poco a poco, siento la necesidad imperiosa de fumar, pero no veo a nadie a quien pedir un cigarro. Uno pasa fumando a velocidad, cuando hago ademán de acercarme cambia de acera con agilidad. Descarto la persecución.

A mi espalda escucho una voz, no puedo huir es la condena, mi caída.


Continuará...


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