Rulos, el yonqui — «La caída» (IX)

¡Grita cada extremo de mis terminaciones nerviosas!



Parece ser que el universo conspira. Siempre lo hace. A veces a favor y a otros, como a un servidor, en contra.

La metadona ayuda, nunca es igual, ni lo mismo.

¿Qué posibilidades tiene un yonqui de encontrar a un amigo?

¿Cuáles son esas si el amigo es también yonqui?

¿Y que ese amigo haya encontrado una cartera llena de dinero?

¿Y que me proponga el viaje de los viajes?

El universo es muy puto.

Suso, su historia y la mía, dos caras de la misma moneda. Su adicción y la mía, primas hermanas, vecinas de pinchazos, de monos, de síndromes de abstinencia. Habíamos compartido la jeringuilla en infinidad de ocasiones. Viajes astrales a la par, no a lo Van Morrison, a la par. Aunque, ahora que lo pienso tal vez el León de Belfast le diera a la hipodérmica. 

Su mano en mi hombro, sus palabras silbantes por la falta de varios paletos y un incisivo. Su historia, mi caída, el fin de ambos o un simple tropezón más en el largo camino de nuestra adicción. 

Espinas y rosas. 

Ahora tocaba rosas. La rosa de un colocón, de un deseo largo tiempo contenido, caer con placer, sentir que todo volvía a su lugar, es decir, a inundar mi cuerpo con heroína. La gran H. La reina mala de la fiesta. La duquesa...


observar el surtido de hipodérmicas


La saliva en la boca, los nervios propios de saber el placer que aguarda. Sentir que todo importa una mierda. Que la casa de Suso no está tan sucia, ni tan vacía de muebles ni tan siquiera tan destrozada. Es como todo cuando se tiene droga algo accesorio, intrascendente.

Mirar la bolsita con la maravilla de la creación, observar el surtido de hipodérmicas y pensar, por un momento de lucidez, ¿dónde me chuto?

La plaza rendida a ese mariscal llamado droga. El resto era irreal, indiferente, incompatible con el negocio que traíamos entre manos.

El rostro de Suso, su deseo de compartir la caída, mi pena por no tener mejor las venas y poder dedicarle atención a aquel gramo de gloria. 

—¿Está buena...? 

—D’ambuten, de la Cañada. Triple H.

—Si es esa nos mata —advertí y Suso levantó ambos hombros indiferente a mi comentario.

La cucharilla, el mechero, la gota de limón. 

Las gomas en los brazos, Suso se chuta en el codo, yo tengo una vena que todavía admite algo de tránsito.

La aguja que hiende la mezcla y la aspira. 

Se dirige hacia la vena, el ligero nerviosismo que de pronto cesa y que posibilita que la aguja penetre en la vena.

Sentir el roce del metal entrando en el cuerpo, ligeramente, suavemente, hermanándose en una simbiosis inexplicable.

Tirar del émbolo, con suma suavidad. Todo delicadeza, observar que la sangre inunda la jeringuilla y se mezcla con la droga, la belleza del momento, la sangre como una flor roja en libertad al entrar en contacto con la heroína. 

La mente que comienza a prever el genial encuentro con ese trozo de ti mismo, con esa sangre que ya como por alquimia no es igual. Ni mucho menos. Ha sido elevada, elegida, seleccionada para formar parte de algo más sublime.

El émbolo moroso hacia dentro, deteniendo su embestida. Parándolo para hacer del momento más lento. Volver a extraer sangre.

La mezcla ya ideal, lista y preparada.

El dedo que empuja, con suavidad toda la mezcla hacia la vena.

Hasta el final, apurando el resto de droga y sangre.

Y ahora, el truco final, el golpe definitivo, la simbiosis mezclada directa a todo el organismo. Esparcida, diseminada.

El tirón a la goma y la droga que circula con libertad por todo el torrente sanguíneo.

Recorrido frenético hasta el corazón. Camino alocado en busca del gran motor. La mezcla contagiando alegría al resto de glóbulos. Todos en comunión. Millones de glóbulos compartiendo el entusiasmo. 

Heroína gritan todos al sentir que la duquesa ha llegado a su palacio por ahora deshabitado.

El corazón, de allí la carrera loca, el bombeo lento, cansino, pertinaz al resto del cuerpo, a las venas superiores. Ahí se dirige una resma al cerebro. 

Siento su efecto, lento, lenitivo, pertinaz que me asalta. Me paraliza de placer. Entra en mi cuerpo como algo muy querido, deseado, adorado. Por fin, insta a mi cerebro y agradece al mundo haber ideado semejante sustancia.

Por fin grita cada extremo de mis terminaciones nerviosas.

Por fin grita cada una de mis células.

La heroína no es metadona.

Por fin.

FIN

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