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VII — VIGAS Y CEMENTO: UN PLAN A PRUEBA DE BOMBA



Aunque parezca un sinsentido, una de las partes menos importantes del proceso de la escritura es la propia escritura. Porque si has seguido una buena planificación y has dedicado el tiempo suficiente a pensar la historia que vas a escribir, a vivir dentro de ella, a ser en parte cada uno de los personajes que intervienen... Si has pensado en cómo debe ser la voz narrativa, qué ritmo quieres imprimir a la historia... Si has pensado todo eso, la escritura será, en buena medida, una actividad casi mecánica en la que, por supuesto, no descartamos que haya alguna sorpresa —y siempre es mejor que la haya; de lo contrario escribir sería muy aburrido—, pero en definitiva tu claridad de ideas y la solidez de tu planteamiento se traducirán en un relato, en una novela muy bien pensados.

Aunque muchos escritores noveles están deseando empezar lo antes posible y fundirse con el teclado, les aconsejamos que dediquen mucho tiempo a pensar su historia. De hecho, cuanto más tiempo le dediquen, más fluida será la redacción propiamente dicha. Por todo esto, siempre nos ha parecido un lugar común y hasta un engaño esa frase que dicen tantos escritores: «mis personajes tienen vida propia, ¡se rebelaron y hacen lo que quieren!». Es una forma de dar a entender que, de manera alquímica, las novelas se escriben solas y el escritor viene a ser una suerte de médium que, sin mucho esfuerzo por su parte, pone en contacto al lector con personajes imaginarios

Sin duda, es uno de los tópicos que más se han escuchado respecto a la escritura, y que en otros oficios estaría seriamente castigado. Imaginad un arquitecto que, al inaugurar un edificio, dijera, «los delineantes, los proyectistas, los albañiles, los electricistas, se rebelaron y hacen lo que quieren». Seguramente, nadie querría subir al ático de ese edificio...

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