Marilyn la fiera. Jerome Charyn

La mítica de las calles a las cuales Charyn se rinde

Uno de los Grandes
Esta reseña no va dirigida al habitual lector de novela criminal, que le presupongo es un tipo interesante, culto, ávido de sensaciones literarias, fumador empedernido, amante del licor, en resumen de gustos muy similares a los míos.

Esta reseña va dirigida a los lectores que un buen día tomaron un libro de Jerome Charyn y no pudieron con él, a los que lo leyeron y no les gustó y a los que nunca lo han leído. Antes de comenzar deténganse un momento y ya que están en Internet miren a ver la cantidad de críticas o reseñas que posee la obra de Charyn en castellano. Supongo que lo han hecho, desolador, ¿verdad?

Lo mismo pienso yo.

Estoy por dejar de escribir y darle un chupito a esa botella que tengo por el armario, con palabras en inglés y que dice que lo han hecho en el norte de Europa, o mejor aún, me tomaré el chupito y seguiré escribiendo. Tal vez así entendamos qué ocurre con Charyn y nuestro país.



leer a Charyn, renunciar a la cordura


Por lo pronto, el primer traguito, Charyn es uno de esos escritores imprescindibles, esto debería ir con mayúsculas pero da igual, que todo el mundo amante del género negro debería leer o haber leído. No lo digo yo, diríjanse, con premura, a cualquier tipo con fama de culto y pregúntenle por el neoyorkino.

Si lo han hecho es el momento de darle otro tiento al vaso.

¿Por qué tiene esa fama y ese reconocimiento tan exiguo? Leche con la palabrita...

Hay que leerlo para saberlo. Renunciar a cierta cordura y dejarse llevar por algo cercano al delirio, ese es el secreto de leer a Charyn, otra cosa sería comprenderlo. No sé cuantas personas serían capaces de asegurar una comprensión completa. Es más, su prosa y por lo tanto su mundo, se nutre de modas, de momentos, situaciones que pueden ser de muy distinto tipo y que aparecen reflejada en la novela, por lo que el acceso a él se ve sumamente restringido y para entrar en él hay que dejarse llevar.

Es el momento de dejarse llevar hacia la botella.

¿Por qué deberíamos leer a Charyn?

Sería la pregunta del millón, algo incomprensible a todas luces.

Aquí debería hacer alguna brillante frase que captara la atención del lector, algo del tipo cultureta como “Charyn nos espera parapetado tras cualquier frase con su rifle de francotirador...” pero creo que ni procede, mejor me ahorro las explicaciones y pongo por ejemplo una frase de él mismo y que corresponde a la protagonista de la novela, Marilyn, la hija de Isaac Sidel, alias “el justo”:

Divorciada dos veces a los veinticinco años, Marilyn engullía maridos más deprisa que cualquier otra chica del Bronx-Manhattan que hubiera salido del Sarah Lawrence. Isaac siempre había aparecido para encontrarle maridos, tipos gentiles con empleos de cuarenta mil dólares y un ramillete de títulos universitarios. Su padre se sentaba en la comisaría central tras las nobles paredes del Comisionado primero de policía.

Ése es el estilo de Charyn. Plagado de recovecos, de informaciones que sólo se acceden si eres su vecino o si compartes barra de bar con su mundo, aunque si lo pensamos bien también se puede acceder a él a través de la lectura atenta y sobre todo de la comprensión, porque en el fondo es accesible.

Otro sorbito y vamos a por la ciudad.

Nueva York y más concretamente Manhattan, fuera de ella se siente extranjero, incluso en Brooklyn, lo cual ya es decir. La ciudad como centro de su universo y como un elemento más aparte de ser el decorado de toda su bibliografía. La ciudad y el escritor: un elemento más, que siente, se mueve, tiene vida propia y que por momentos es más interesante que sus protagonistas por que como ellos está cargada de historias, de la mítica de las calles a las cuales Charyn se rinde. ¡Toma ya la frase! Ésa era la frase, así que todo estaba claro, era la botella y la prosa. No será el primer escritor que beba como una esponja, ahora mismo recuerdo a Lowry que se bebía hasta el agua de los floreros y no es un decir.

Otra cita para la ciudad:

Se llevó a Brodsky consigo. Isaac no hubiera querido compañía en Manhattan o el Bronx, donde podía detectar cualquier calle con la nariz. Pero Brooklyn era una segunda Arabia, innavegable para Isaac sin coche, un desierto de vecindarios contradictorios, sanguinario, suave, con bolsas de aire capaces de penetrar los calzones más gruesos de un policía hasta causarle escalofríos.

Por último, me voy a cortar con el licor que me temo que esto termina en el bar de la esquina y la reseña a medias, los personajes.

Tipos curiosos, por decir algo, imposibles de extrapolar fuera de los libros de Charyn, ni siquiera Coen, alias “Ojos azules”, ni los que rodean a Isaac Sidel llamados sus ángeles. Todos son profundamente literarios, pero literarios desde la anormalidad más radical y por eso son tan apreciados, al menos para mí. Su interacción dentro de la novela tiene su interés pero no está marcada por un propósito claro, es más, plantearse la idea de lo que ha querido enunciar Charyn, al menos en esta novela, sería un alarde de optimismo que requeriría mucho más licor.

A estas alturas no creo que haya convencido a nadie. Se ha intentado que es lo que cuenta, carácter deportivo hasta el final. Tampoco es que la reseña haya sido un espectáculo, ni siquiera hemos hablado del argumento, eso mejor se lo pueden leer en la contraportada del libro, ni tampoco de la trama, la verdad es que no creo que sea significativo, lo cierto, es que apenas hemos hablado de nada.

Me despido, con una recomendación, sean ustedes mismos y hagan lo que quieran, si se deciden por Charyn será una apuesta arriesgada, eso seguro. Ahora para terminar un último párrafo porque simplemente me ha gustado sin que tenga ningún tipo de aliciente más allá del disfrute:


Le lamió hasta que quedó limpio, hasta que se perdió su nervioso temblor de policía. No era chica que se perdiera en ensueños. Comprendía las obligaciones de Ojos Azules, la lealtad hacia su padre, su carácter melancólico. No se hubiera acostado con muchos huérfanos antes de Coen. No hubiera creído que un hombre pudiera llevar a sus padres muertos en los pliegues de la barbilla. Era mortífero al tacto. Su manera de hacer el amor era profundamente hermosa y lenta. No la inundaba de saliva. No le mordisqueaba la oreja con el obsceno chapoteo de su segundo marido y su primeros amantes. Se movía dentro de ella con el ritmo de un sonámbulo, con una devoción adormilada que la mantenía clavada a los bordes del estrecho colchón de Isaac y la hacía gemir.

RBA, 2012

Sergio Torrijos
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