Las nieves del Kilimanjaro (2011)

Cuando el cine social parece cine fantástico

Barrios más bien desfavorecidos de Marsella
Robert Guédiguian es uno de los cineastas franceses más comprometidos con la temática social. Suele ubicar sus películas en los barrios más bien desfavorecidos de su Marsella natal y, a priori, podría sacarse la conclusión de que habla de un mundo que conoce bien, pero desde luego no es así en Las nieves del Kilimanjaro (2011), su última película estrenada entre nosotros.

La película trata de un trabajador de edad madura que se queda sin trabajo al renunciar a hacer uso de sus privilegios como representante sindical y preferir participar con el resto de sus compañeros en el sorteo de un lote de despidos del que podría haberse librado. Tal alarde de solidaridad podría levantar alguna ceja descreída, al menos en nuestro país, ante ciertos escándalos que han rodeado el mundo sindical en los últimos años, pero vamos a ser buenos y a darlo por verosímil agarrándonos a un clavo ardiendo. En esto resulta que sus compañeros le regalan entre todos como despedida el dinero necesario para realizar un viaje al Kilimanjaro con su señora con el que ambos llevan soñando años, pero alguien entra en su casa y les roba. Cuando poco después, porque en los barrios todo se sabe más pronto que tarde, la policía detiene al ladronzuelo, acudir a los cuerpos de seguridad del estado para denunciar a un chaval de clase obrera le supone un conflicto moral a este buen hombre. 



sacudir costillas como quien toma café


La traca comienza cuando finalmente acude a la comisaría a denunciar el hecho en compañía de su santa y también de su mala conciencia, y el señor comisario durante la entrevista con los denunciantes le ofrece al marido hacer la vista gorda y dejarse abierta y olvidada la puerta que les separa a ambos del autor de la fechoría para que el ladrón y la víctima del robo charlen cordialmente; y para animar la conversación le ofrece un buen bate de beisbol, al parecer de uso habitual en las dependencias policiales para sacudir el polvo de las costillas, cráneos o tibias de los detenidos, con la misma naturalidad que si fuera una taza de café.

Sugerir o más bien dar por hecho que es práctica habitual que la policía les pegue un repaso a los detenidos con un bate de beisbol en un país que se supone democrático ya sería por sí solo algo muy fuerte para dejarlo caer con esa naturalidad. Pero que además el mismísimo comisario le ofrezca alegremente los instrumentos de tortura al primero que pasa por la puerta es una escena más propia de la mente calenturienta de Tarantino que de la de un director que se supone humanista y social. Ya puestos, ¿por qué el señor comisario no les da también una cámara de vídeo para que graben la paliza, un ordenador para subirla a YouTube y un teléfono para que se lo cuenten a la prensa lo antes posible? Aunque asumamos el maniqueísmo esquemático de Guédiguian y demos por hecho que el jefe de la policía debe ser necesariamente un brutal fascista sádico, a un espectador con medio dedo de frente se le puede ocurrir que este enemigo del proletariado estará probablemente demasiado apegado a sus complementos salariales, trienios y pagas extra como para jugárselos por un sindicalista y por un robacuartos de pacotilla. Ya no es que esta escena sea risible y grotesca en una película sobre la Francia actual, es que lo sería hasta en un drama sobre la Francia de Vichy o la España franquista.

Robert Guédiguian, nacido en Marsella (Francia) en 1953

Se podría decir que le estoy sacando demasiada punta a algo que no pasa de ser una anécdota. Pero es que esto es solo el comienzo; lo mejor viene después cuando la mujer del sindicalista descubre que el hermano pequeño del ladrón encarcelado, un chaval de corta edad, se ha quedado solo y se tiene que buscar la vida. Al parecer en Francia en los colegios no se controla la asistencia a clase de los niños en edad escolar y la policía tampoco avisa a los servicios sociales cuando detiene a los familiares de un menor ni se preocupa por dejarlo abandonado; pero es normal, no tienen ninguna necesidad de esa burocracia inútil porque la señora buena samaritana se lleva al niño a su casa, resuelve el problema y sin más la familia tiene desde ese día un nuevo miembro. Pero mira que la gente es tonta tirándose años haciendo trámites en China o en Vietnam para adoptar niños cuando según el señor Guédiguian lo único que tienen que hacer es ir a Marsella y llevarse a casa al primer chaval que encuentren por la calle.

Esta serie de despropósitos da tristemente argumentos a la derecha cavernaria a la que le gusta decir que la izquierda vive fuera de la realidad y plantea discursos obsoletos, algo absolutamente cierto en el caso de esta película. Es necesario, probablemente más que nunca, que el cine hable de los problemas de las clases medias y bajas, pero Las nieves del Kilimanjaro, que tampoco es que sea una película torpe técnica ni visualmente, tiene que ver en su argumento más con los lugares comunes más trillados del drama hollywoodiense que con cualquier cosa a la que podamos llamar cine social.

José Antonio López (Jalop)
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