Rulos, el yonqui — «Tabaco» (II)

Ropa adecuada para la ocasión: mi chándal de mercadillo y unas deportivas viejas

Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo






Esfuerzo, sudor y velocidad. 

¡¡La hostia!!

Tres términos incompatibles conmigo. Estoy en plena forma, visto con ropa adecuada para la ocasión, mi chándal de mercadillo y unas deportivas un tanto añejas, y aún poseo el rostro de felicidad propio de la metadona, la velocidad a la que puedo avanzar es elevada, más aún lo sería si el final de mi recorrido estuviera una papelina. Ese trocito de papel que contiene la gloria. Pero huyo, me escapo, avanzo entre la gente que se dirige al mercado, esquivo bajando a la carretera por la calle Martínez de la Riva, casi me atropella un autobús, el 24 que se encamina hacia Entrevías, escucho un sonido familiar:


—¡Quítate del medio puto yonqui...¡

Mi mirada descubre el rostro acalorado del autobusero. Soy yonqui y tengo todavía dientes, pienso con orgullo.

—¡Hijo puta! ¡Mal nacido...!

Varios viandantes me apoyan, un viejo levanta el bastón y asegura que el conductor tiene fama de ser un poco cabrón.

—¡Como baje lo vas a flipar cacho de mierda! —declara el conductor a lo que solo puedo poner una pega, primero me tendrá que coger.

—¡Déjele al muchacho que no ha hecho nada! —me defiende una vieja que con seguridad tiene a alguien de la familia en el ramo de la vena y el mechero.

—¡Abusón...! —apoya un compañero de fatigas conocido del barrio y de viajes al super...


estoy limpio, yo no llevo nada


El tráfico parado, mi huida frenada, el autobús deteniendo los coches que comienzan a pitar. Veo al fondo una patrulla de la policía, el cabrón del bigote que se lo hace con la verdulera. Mi primera idea es correr, bueno no puedo, pero desplazarme, aunque estoy limpio, no llevo nada. Resistir con un insulto más.

—¡Maricón! —lanzó al aire y ofende de tal manera al autobusero que inmediatamente percibo que he hecho blanco. Su autoestima por los suelos. Un obrero vestido de mono azul me apoya.

—¡Sarasa! ¡Cabrón! ¡Deja en paz al yoncarro!

—¡Así se dice! —apoyó sin fisuras y me pienso pedirle un cigarrillo de la cajetilla que atisbo en el bolsillo superior del mono, le hago el gesto con dos dedos que es un clásico...

—¡No lo flipes puto yonqui, cómpratelo...!

Que cabrón, pienso con rostro de perro apaleado que no le conmueve lo más mínimo. Pasa un tipo de salud inmejorable y mira extrañado a la divertida congregación.

—¿Qué ocurre...? —pregunta a un viejo que parece enterado de todo.

—¡El cabrón del autobús que ha querido atropellar a este muchacho...!

—¿A éste...? —me señala con cierta desafección que otros con menos escrúpulos interpretarían como asco.

La policía se acerca, peligrosamente, van despacio, intentando librarse del marrón que hay frente a ellos. El ruido es ensordecedor, bocinas y cotilleos por doquier. Una mujer ríe y otra enciende un cigarro dejando las bolsas de la compra en el suelo. Vuelvo a suplicar por algo de nicotina.

—¡Está muy caro el tabaco...! —asegura ignorándome por completo.

—¡Eh...maricón! —vuelve a incitar el del mono azul buscando gresca.

—¡Maricón será tu puto padre! —advierte el conductor y consigue cierta aprobación por parte del respetable, lo cual le anima a proseguir- ¡Si es que conoces al cornudo!

El obrero no lo duda, pasa a describir con todo detalle la parentela del autobusero y su estrecha relación con las meretrices y los trabajos de abrirse de piernas que no tengan que ver con el circo. 


el sonido de los puños contra la carne


El autobusero hace ademán de bajarse, señalando con la mano el rostro del obrero.

Aprovecho para quitarme de en medio, la policía se acerca y ambos, autobusero y obrero se enzarzan en una buena ensalada de golpes. Tipos con salud y cierta arrogancia. Escucho el sonido de los puños al golpear la carne y el zarandeo propio de una buena pelea. 

Los viejos aúllan de placer decantándose con claridad por el autobusero que parece dominar la distancia.

Un golpe preciso al obrero hace que de su cuerpo caiga el paquete de tabaco al suelo. Es Marlboro, atestiguo comenzando a salivar. Me desplazo con discreción, tomo el paquete de tabaco del suelo y huyo. Corro, me desplazo mientras los gritos de pelea se extienden por la calle.

Sonrío con placer. 

Marlboro, mi preferido. El vaquero aquel, repleto de salud, vigoroso mientras se encendía un cigarro y aspiraba como si le fuera la vida en ello. 

Cuando me he alejado cincuenta metros abro la solapa del paquete y descubro que sólo quedan tres cigarros. 

Nada hay en el mundo que se parezca a la conjunción del humo del cigarro y un poco de droga... ni siquiera la metadona puede ser igual. Nunca es lo mismo. Tomo asiento en un banco, enciendo un cigarro y aspiro lo poco que mis pulmones me permiten, los chinos pasan factura, no soy el vaquero pero me sabe a gloria, por un momento me descubro a mi mismo por las grandes llanuras, avanzando a caballo hasta llegar a una papelina enorme. Porque la metadona no es lo mismo.







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