Rulos, el yonqui — «Metadona» (I)

La metadona nunca es lo mismo

Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo



Apuro el pequeño recipiente y siempre me viene a la cabeza el mismo pensamiento, “la metadona no es lo mismo”.

Tengo prisa, bueno, mejor dicho, siempre llevo prisa. Arreglado para pasar con discreción, el chándal Adidas oscuro comprado en mercadillo. Esconderme entre el público, no dar la nota, hacer el trabajo que me habían encomendado. 

Centrado, me lo había prometido, centrarse al menos durante tres meses. Luego ya, el vacío, el infinito o lo que fuera. Daba igual, era indiferente. Tres meses, mi salud repuesta y luego el desenfreno de la heroína, la vena a tope, el camino hacia el infierno, el puto highway to hell o lo que cojones fuera. Jugar con fuego. Algo que llevaba haciendo toda la vida, desde que era un chaval. Mi primer pico, nítido el recuerdo, tan cristalino como mi primer polvo aunque el pico fue mucho mejor. 

Adicción, ruina, bueno de todo hay.... 

Hay que pagar un peaje por vivir, el coste del peaje lo debe valorar cada uno. 

Soy acrata. Ser yonqui y no serlo es absurdo. Bueno mejor dicho soy acrata para todo menos para mi droga. La democracia termina en mi papelina, tampoco soy gilipollas, entre los pliegues del papel comienza mi dictadura, el senado compuesto por el limón, el agua y la jeringuilla, legislan para un pueblo que les desea y les quiere y el medio de llegar a él, el BOE, es la vena. 

La mente clara. Noto que voy deprisa. Siempre voy casi corriendo. No me quedo a saludar a los compañeros de adicción, tengo cosas que hacer. Alguno me grita y me dice que le deje algo de dinero. Ni vuelvo la cabeza, tengo mucha faena.

Ahora centrado. Solo metadona. 


flores de cementerio nos llamaron


Me lo prometí a mí mismo al verme hecho un pingajo. Mi madre lloraba, bueno siempre llora aunque ya ha asumido que soy un yonqui. Sólo me soporta ella, es una santa. Ella fue la única que no me puso en la tesitura de elegir, todo el mundo se empeña, la droga o yo, joder, si está claro, siempre gana la banca.

Por ella paré un poco, eché el freno, doctora, tratamiento y a recuperarme de una neumonía que me amenazaba. Solo deseaba vivir más para meterme más, seamos sinceros, mi perspectiva de futuro no es la ciencia salvo si mi cuerpo vale para algún experimento, ni tampoco voy a ser una estrella del deporte aunque siempre vaya en chándal, mi futuro es muy limitado, tres años, cuatro a lo sumo, si continuo con mi proceso de control tal vez cinco. Flores de cementerio nos llamó un gilipollas en un libro que leí, no recuerdo el título, era absurdo pero la frase estaba cargada de razón.

Por fin llego a mi objetivo. 

Se llama Maruja y regenta una frutería. 

No entiendo que pueden verla de atractivo pero siempre se ha comentado en el barrio que levanta pasiones. Es mujer vasta, hecha al trabajo manual, con callos en las manos, seguramente ásperas y con voz de verdulera, bueno que tontería si trabaja en una verdulería en un mercado. 

Debo vigilarla, saber con quién se ve, que oculta. Es un encargo. Son cien euros por la vigilancia semanal. El dinero lo guardo como oro en paño. Cuando termine mi tratamiento lo usaré para lo que vale el dinero que es dispensar placer. Ahora no necesito nada, estoy centrado, la metadona hace efecto, lo noto, percibo como toma mi cuerpo y se apodera de él. 

La paz de la droga que te envuelve, te hace tuyo, se apodera de tu voluntad. Mi vista se pierde, traspasa el mercado y a Maruja, nada hay que pueda parecerme interesante, salvo el recuerdo lejano de los cien euros y la mala hostia de Juan, alias “el lonchas”, el detective del barrio con quien colaboro.

Me centro.

Repaso mentalmente mis obligaciones. Doctora por la tarde, acudir a comer a casa, intentar masticar y tragar comida. Coger peso es el objetivo. Necesito tres kilos más para empezar a pensar en volver al caballo.

A mi mente llega la idea.


su gesto me indica que ha consumido


Heroína. Delicia, placer y dolor, crueldad de no tener mucha, no soportar su ausencia, amante cabrona que en cuanto te deja arrastra tu vida al estercolero.

¡Coño! 

Maruja se ve con un tipo. Un policía con bigote y cara de cabrón. Le recuerdo, una vez me dio una hostia, sus motivos tenía aunque siempre ha tenido fama de ser un poco suelto con la mano. Una vez le dio una paliza a un muchacho. El chico tenía cuatro hermanos como armarios. Le devolvieron la jugada. Quedó en tablas.

Maruja le hace carantoñas al madero. Es una traidora. Le sonríe, es el enemigo estoy a punto de gritar. Al final noto como mira para ambos lados y cuando no hay nadie observando le da un discreto beso en los labios.

Pécora, pienso con resquemor. Abrirse de piernas a esos. La traición es más grande cuanto más pienso en ella. Me desplazó unos metros, miro por el callejón que comunica el mercado del Puente de Vallecas con el Bulevar, veo a mi colega, el Suso, con una lata de cerveza y un cigarro en los labios, su gesto me indica que ha consumido y su sonrisa demuestra que tiene para más.

Me mira, grita mi nombre:

—¡Rulo! ¡Vente para acá!

Corro en dirección contraria. Bueno no puedo correr, ando lo más deprisa que mis piernas me lo permiten. Huyo de su dinero y de la condena que comporta y de que la metadona nunca es lo mismo.


Publicar un comentario en la entrada