Rulos, el yonqui — «La tía buena» (III)

La droga, las enfermedades y las malas decisiones han acabado con su reinado que fue gloria por un día


Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo

Ni llanuras ni papelinas al fondo, lo que mis ojos ven es el rostro de Vero. Aunque ya ni creo que recuerde ni quien es. En tiempos fue mi referente sexual, mi mito erótico, era como tener a Bo Derek a la vuelta de la esquina. Estaba tremenda, todo curvas, parecía como una fruta exuberante a punto de estallar, mirarla era un jolgorio para la vista y una tarjeta de visita para la bragueta. Todavía recuerdo una imagen suya en la que su trasero, embutido en un vaquero, luchaba con las costuras y su busto parecía a punto de reventar camisa y sostén arrollando todo a su paso. 

Ahora ya ni es la sombra de lo que fue. La droga, las enfermedades y las malas decisiones han acabado con su reinado que fue gloria por un día. Siempre me ignoró y siempre que puedo se lo recuerdo. Cuando le funciona la neurona que me relaciona con aquel mundo ríe como si lo que hizo fuera lo más común del mundo. Ella se unió a un gachó que tenía pinta de cabrón y en realidad lo era, junto con su grupito idearon mil maneras de joder a los demás y ya de paso joderse a si mismos. Heroína adulterada y mucho vicio despoblaron aquel grupo, ya sólo queda ella.


Viste el uniforme oficial de mi cofradía y también muestra esas maneras ágiles de andar por el mundo. Arrastrando los pies se puede llegar verdaderamente lejos, todo depende de lo que haya al final del camino.

Tiene los pómulos salientes, afilados al igual que el resto de su cara, los ojos tristes afectados por algún tipo de mal, el cabello ralo, huesos por doquier y esa mirada que me decía lo que yo ya sabía, que la metadona no es lo mismo.

—Vero guapa, ¿cómo andas...?

—Estoy fatal, creo que la metadona la están cortando —asegura mientras toma asiento en el banco.

—¿Cortando...? —pregunto atónito por la tontería.

—Antes con media dosis pasaba el día tan campante, ahora ni por esas, le tengo que echar una ayuda, ya me entiendes...

—Imagino —atestigüe pensando que se refería a algún tipo de ansiolítico que ayudara a pasar los peores momentos.

—¿No tendrás algo por ahí...?

—Nada chata.

—Estoy fatal.

—Vero, te acuerdas de tu pandilla...

—A diario, qué buenos tiempos, me acuerdo de una vez que dimos un palo a un banco, había pesetas, yo que sé, millones, una barbaridad...

—¿Y qué hicisteis...? — pregunto animándola a proseguir aunque imagino que la neurona que comparte la información con la siguiente ha sufrido daño y no es capaz de gestionar la información.

—Ponernos hasta arriba —asegura con una sonrisa enorme que dejaba ver que su dentadura era cosa del pasado— picos y más picos, una orgía inacabable. El mundo parecía detenido...recorríamos garitos, bailando, riendo, parecía que el puñetero planeta era nuestro y estaba hecho para nuestro disfrute.


estabas tremenda, Vero...


Asiento en clara señal de aprobación, todos hemos tenido algún momento glorioso.

—¿No tendrás algo por ahí...?

—Me estoy quitando.

Me mira como si de pronto le hubiera dicho que era un marciano y acabara de descender de mi nave espacial o que me llamaba Ernesto y me había hecho picoleto, lo cual era muchísimo peor.

—Estás tonto...

—La última vez que me dijiste eso fue por una proposición muy diferente.

—Siempre has sido un guarro — asegura con la rotundidad que da haber sido una tía buena durante una buena parte de tu vida.

—Estabas tremenda, Vero, deberías haberme hecho caso en algún momento.

—Ahora te lo hago.

—Ya ves, ni siquiera se me empina.

—¡Qué triste!

—¡A más que sí!

—¿No tendrás algo por ahí...?

—Pues ahora que lo dices mira lo que me he mercado hace poco...

Sus ojos despiertan de pronto como si despertaran de pronto de un largo letargo. Su boca se abre mostrando el deterioro que llega hasta las encías desnudas y parece como si salivara de pronto. Cuando ve el paquete de tabaco parece que pierda el interés y la mirada que me dirige significa una decepción absoluta. Me encojo de hombros, indiferente a sus deseos, como ella lo ha sido siempre para mí cuando era una tía buena.

—Es lo que hay — atestiguó una verdad rotunda y antes de empezar a contarle la historia de la pradera y de la papelina al fondo del paisaje hace ademán de tomar un cigarro.

Fumamos en silencio, mi pensamiento en las grandes llanuras, el suyo es todo un enigma aunque me aventuró a pensar que se debate entre noches de heroína y alcohol. Tiempos pasados, siempre mejores tiempos, claro está que lo son, faltaría más, porque todo se reduce a lo mismo. La metadona no es lo mismo.





Publicar un comentario en la entrada