Rulos, el yonqui — «El sueño» (V)

Nada es real y la metadona no es lo mismo

Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo

No me entra nada
Regresar a casa a la única velocidad de la que soy capaz de desplazarme. Mi madre me espera, única persona que todavía me tiene cariño. El resto de mi familia me odia o me ignora. Es indiferente y cualquiera de las dos posturas es la más lógica, porque contra la lógica siempre están las madres. Mil putadas la he hecho o tal vez más y todavía percibo en sus ojos ese cariño absoluto hacia mí. Es incapaz de entender mi comportamiento como tampoco soy yo capaz de entender el suyo. Somos ajenos, ambos, aunque ella siempre ha puesto y pone más que yo.

Su mirada comprensiva, su interés por mi salud, su alegría al saber que recupero peso pero al mismo tiempo la pena que consiste en saber que tarde o temprano volveré a las andadas. Su interés por que coma, porque introduzca en mi organismo algo más aparte de droga. Mi esfuerzo por comer. Nada me entra, su contención y su mirada de aprobación cuando consigo terminar el plato de sopa. 


Ya no me considero traidor. Tuve una temporada que lo pasé mal pero ya superé aquellos momentos. He aprendido a aceptarme, a conocerme y a valorarme. No necesito que los demás me digan lo mierda que soy, es un hecho contrastado, lo soy. Mi madre es testigo de ello. Su pena y mi indiferencia. 



flor por un día o arbusto por diez


Por un momento, entre un plato y otro, me detengo a considerar la multitud de bifurcaciones que ha tenido mi vida. Podía haber sido como mi padre, un digno obrero o como mis hermanos, gente cabal, pero por algún motivo me desvié, me torcí, algo dentro de mí empujaba con más fuerza que una vida normal. Supongo que me escape por la droga o por la cobardía de una vida de trabajo. Cambiar años de vivir por momentos de plenitud. Ser como un fuego artificial, bello pero efímero, un momento absoluto y luego la nada. Flor por un día o arbusto por diez. Acaso tuve opción, acaso no desde mi propia concepción no estaba condicionado al vicio. 

Comida Yonki
El segundo plato ante mí y las palabras amorosas de mi madre. Imposible ingerir todo eso. Mi mirada se cruza con la de mi madre, ella asiente y yo tomo el tenedor e inicio la colación.

Pasar comida por mi garganta, un horror. Me reconforta pensar lo cerca que está ya el fin de mi recuperación. Una última tanda antes de la traca final. Imagino por un momento la papelina, la cucharilla, la hipodérmica entrando en mi vena, el placer tan absoluto que me espera. Nada hay más reconfortante que caer en el vicio, que recaer de nuevo. Perder pie y dejarse llevar, caer y caer. 

La ética del desbarajuste, el arrojo de los suicidas, la máxima elevación de la efímero que no es otra cosa que la vida del yonqui. Florecillas de temporada, buscadores de un placer absoluto, fieles hasta el final a sus camellos, individualistas hasta el pasmo y generosos como caballeros no bien se tiene la dosis. 

Mi mundo. Pienso en él a menudo, en los compañeros que se han quedado atrás, en las miles de historias que han quedado colgadas de los labios de compañeros, cuentos que ya no tendrán sentido porque quién los vivió y los formó son parte ya del estómago de los gusanos. Sin darme cuenta doy por concluido el plato.

Un logro, una comida completa. El cuerpo lo noto pesado, a punto de estallar. Mi madre satisfecha, su sonrisa es preclara, seguramente piensa que está es la oportunidad, la última, la postrera y que conseguiré desengancharme. Ignoro lo que piensa en realidad y yo dejo que piense lo que quiera. 

Me tumbo un momento, no sin antes haberme decantado por un par de ligeros ansiolíticos, para no temblar. Mis ojos se cierran y rememoro tiempos pretéritos, con la vena en forma y la droga muy barata o yo con el bolsillo lleno, plenitud y cuelgues infinitos. La vida vista desde la montura de un caballo. Galopando sin cesar, a toda prisa, por llanuras de escombros y estercoleros. Tan altos que la mierda no nos llega y que ni siquiera se nos clavan en los pies las hipodérmicas que siembran el suelo. La cuadrilla que galopa, todos a una, en nuestros ojos la determinación que produce la droga y un futuro de esplendor. No sé si sueño pero tengo un pensamiento muy agradable, el gobierno ha cedido a nuestras demandas, proporcionará trabajo a los parados, pan a los hambrientos y droga a los yonquis. 

La fiesta es total. 

En las esquinas se esnifan rayas blancas, en los bares los parroquianos no encienden un cigarro sino un canuto enorme, varios pastilleros bailan cerca de un coche con las ventanillas bajadas animando al vecindario con la atronadora música, la farmacéutica tiene barra libre, los ansiolíticos pugnan con las anfetas que consumen las marujas, los porreros recrean los petas más grandes y mejor formados, la psicología del canuto habla un entendido con gafas desde el televisor, unos muchachos esnifan pegamento y al fondo los duques de todo el jolgorio, los amos y reyes de todos, los muchachos de la jeringuilla, secundados por los aláteres, los muchachos del papel albal, chinos y agujas, reyes de un mundo sombrío. Veo en una esquina a un policía con bigote fumándose un Macario y detrás a un municipal quemando papel de plata, a su lado un rostro me indica que ha consumido LSD y que el mundo tiene colores variados, la vida es maravillosa y yo apuro la cerveza fría antes de empujar el émbolo de la jeringuilla. 

Despierto sobresaltado, miro a mi alrededor y descubro que nada es real y que la metadona no es lo mismo.






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