Rulos, el yonqui — «El musulmán» (IV)

Está más flipada que la última vez. Poco aire libre, mucho estudio, escasa diversión...

Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo

Controles y demás
Cita con el médico, bueno mejor dicho la médico. Sueños húmedos entre una papelina y otra, hembra sana, concienzuda en su trabajo, encantada de conocerse y yo de conocerla a ella. Mi madre y ella, un dúo fatal, capaz de apartarme de mi devoción al jaco. Un día de estos tengo que hacer una lista de las palabras que se emplean para describirlo. 

Mi cita semanal, controles y demás.

En la consulta aguardo mi turno, nadie en la cuadriculada y minúscula sala de espera, al lado una doctora con menos precisión a la hora de distribuir su tiempo, más pacientes. Todos me miran, sospechando que soy peligroso. Debo serlo, tal vez, una infección, un virus o una adicción. Mi rostro no puede representar amenaza, tengo todos los dientes, por ahora, tal vez el aspecto necesitado de alguien que sufre. Dolor es lo que puedo exportar. Se me han olvidado en casa los ansiolíticos, un poco de caña para no acoplarme. Combatir el mono con fármacos, un gran invento, una droga con otra. Genios en los laboratorios, hijos de puta con bata blanca que intentan disimular lo que sólo es una verdad a medias, que nada puede sustituirlo.


Miro con desdén a la colección de jubilados que esperar recibir su porción de farmacopea gratuita. Yo me drogo, con orgullo, ellos igual, nuestra diferencia es que sus drogas son legales. Paraísos artificiales. Controlo mi mono a base de metadona y ellos su tensión arterial, su colesterol, su hipoglucemia o su ácido úrico el caso es controlarse... Un ejercicio que siempre suspendo. Soy el jinete desbocado a lomos...me llaman ya.

Su mirada me lo dice todo, me siento en forma y así se lo hago saber, no por algo visto ropa deportiva. 



su dedo recorre mis huesos


Pesaje, como los boxeadores, he ganado trescientos gramos, éxito total, pruebas de pecho y demás, mi historial sobre su mesa, un tomo entero y creo que faltan un par de addendas. La vida reducida a enfermedades, datos y pruebas. Su rostro cansado, ojeras y gesto de hastío, ni siquiera sonríe a mi broma habitual sobre nuestro futuro en pareja. Siempre he considerado que la vida me puso por delante una papelina en lugar de una buena mujer, sin duda fue cruel e hija de puta, filibustera sin sentido, me hubiera acostado con la mujer y después me hubiera puesto con la papelina. La sinceridad llevada al poder.

la droga agudiza la cabeza y más cosas
Está detrás de mí y noto como palpa, una a una mis costillas. Mi vista sobre la mesa, al lado un libro amarillo “Último tango en Auschwitz” de un tipo desconocido Andrés Sorel, ¿tanto tendrá que decir para escribir un libro? Su dedo recorriendo mis huesos, noto como escala y recorre mis costillas, de pronto pasa por mis vértebras y se detiene en la unión de una de ellas.

—Pareces un musulmán...—tercia con su voz más ronca de lo habitual.

—Musulmán...? —preguntó mientras comienzo a considerar que está más flipada que la última vez, ya se sabe, poco aire libre, mucho estudio, escasa diversión y la cabeza que comienza a patinar...

El silencio instalado entre nosotros, hoy, considero, no tendremos sexo, siguiéndome la broma mental que hago cada vez desde hace más de diez años.

—Te suena un lugar llamado Auschwitz...?

—Que sea un yonqui, no significa que no me funcione el cerebro, es más, creo que tengo la lucidez de varios sanos, la droga, siempre lo he defendido no aturde, sino que agudiza, la cabeza y alguna cosa más...

—En aquel lugar todos estaban sumamente delgados, rozando la muerte por desnutrición, todos con tu aspecto, las costillas se podían contar y al igual las vértebras, una clase de anatomía en movimiento y con piel. A quién ya se rendía y no le importaba nada lo que le ocurriera se le dejaba a un lado y el resto de los internos le llamaban musulmán. Seguramente la falta de ingesta alimentaria le provocaba alucinaciones y esa lasitud que el cerebro usa para esconder la muerte cercana.

—Doctora que todavía no la he palmado, he recuperado en una semana trescientos gramos...

—No me refería a tu peso sino a la sensación de algo efímero que transmites. Siempre que te veo, bueno hoy más, me siento como si estuviera contemplando algo que nunca se repetirá, que en cualquier momento ya no habrá más, que dejará de existir de la misma forma que es ahora. Pienso que ya ni eres dueño de tu propio cuerpo...

—Esa gestión la externalicé hace tiempo —repuse con tono de broma aunque en mis palabras existía la verdad. Su gesto me sugirió que hablaba en serio y que me pretendía transmitir algo más profundo que una crítica a mis hábitos.

Chasquea la lengua y se encierra tras su escritorio, comienza a teclear en el ordenador, con dos dedos como siempre hace, y cuando termina de escribir lo que fuera observo como una lágrima cae en dirección al teclado. 

—Hay que seguir así, en unos meses podrás volver a ponerte, creo que será la última ronda que te quede, si –duda durante un segundo o más—no creo que seas capaz de resistir la adulteración de la droga y el esfuerzo coronario requerido. Prepárate para ello...

—Lo hago continuamente —afirmo mientras me vestía y pensando que estaba bastante jodida, tal vez hubiera visto la luz, trataba con un yonqui, era efímero por naturaleza, mi futuro no dependía de sus buenas artes o de sus pruebas o de su conocimiento, dependía de factores más externos como el dinero suficiente para ponerme o la cantidad de veces que podría inyectarme o la cantidad de cal o de cualquier otro producto que se usaba para cortar la mercancía y que podrían mis venas sustentar. 

—¡Qué cabrón eres! —exclama medio llorando.

—No lo dudes ni por un momento. Soy un puto sucedáneo, no soy verdad, soy como la metadona por mucho que me esfuerce no soy lo mismo.






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