Rulos, el yonqui — «El líder» (VI)

El recuerdo de aquello me lleva a los buenos tiempos, melenas, guitarras y lo de siempre


Texto: Sergio Torrijos
Ilustraciones: Murillo

La sensación de que nada es lo mismo
Salgo de casa, todavía con la cabeza espesa por el sueño y el desafortunado despertar. Tengo en el paladar la sensación de que nada es lo mismo y de que salvo una sustancia marrón nada podrá llenar mi vida con algo que no sea está sensación de absoluto vacío.

Mi madre suspira cuando me ve marchar, seguramente piensa que tengo todas las papeletas para liarla otra vez, para caer según ella aunque yo lo llamaría renacer. Volver a ser yo, encontrarme con la única parte de mí que me ha agradado. 

Pienso mucho en ello, en lo que he sido y en lo que me queda por ser. Es una suerte que tenga tan poco futuro. Sin futuro no existe la esperanza y sin ella el matiz de una vida mejor queda difuminado. Nada hay en el futuro que pueda interesarte cuando no lo tienes. Sólo tienes pasado y una ligerísima resma que va donde tus pasos te lleven y justo hasta la próxima esquina. 


Ese es mi mundo, tan finito y abarcable como la longitud de mis brazos. 

Bueno, eso es una canción de un grupo “...no hay nada que controles mejor que lo que abarcan tus brazos...”. ¡Qué gran éxito! El recuerdo de aquello me lleva a los buenos tiempos, melenas, guitarras y lo de siempre.


vamos a por la metadona


Al pasar por una esquina escucho algo que proviene de las alturas. Una música guitarrera, la melodía conocida inunda la calle y llega a mis oídos. Recuerdo los acordes de la guitarra e inmediatamente me asalta el rostro pétreo de Keith Richards. Un genio y de mi cofradía. Su lucha por sobrevivir a su mala vida, su rostro plagado con las navajadas que la vida da y sobre todo ese gesto infinito de que todo fue mejor. Me paro y tarareo algunas estrofas de la canción, que buenos los Stones. En ese momento pasa por mi lado, un conocido, el Rubio, camina apresurado, siguiendo el único rumbo que conoce y en el que coincidimos, vamos a por la metadona. Su chándal está sucio, seguro que tiene a su madre hasta el gorro y el aspecto deteriorado de haber dejado no hace mucho al compañero de la jeringuilla.

Una mujer rotunda con curvas por doquier
—¡Qué bueno Rulo! —exclama con cierta dificultad, las palabras se escapan entre sus encías desdentadas.

—Mis preferidos... —informo con gravedad.

—Estuve en el Calderón en aquel concierto, ¡qué flipe! —advierte con la lengua pastosa y echando a andar hacia el mismo destino— no me acuerdo mucho de las canciones que tocaron, estaba en otras cosas, recuerdo a una piba, una rubia que venía conmigo, ¡qué polvazo tenía!

—Yo no estuve en el Calderón, tuve un problemilla con los guripas y no tenía un puto duro.

—Una lástima compañero...

Andamos juntos, a paso de yonqui, tenemos muy claro nuestro destino y nada nos va a detener en nuestro camino. Paramos en un semáforo y el Rubio extrae un cigarro de entre la sudadera de su chándal, está arrugado, lo endereza con unos dedos negros, que aunque no sucios son los que ya tiene toda mi cofradía. Ejecuta un movimiento circular y el cigarro acaba atrapado entre sus dientes. Su rostro está chupado y el pelo le escasea, apenas queda nada de aquel color claro que le dio mote y fama. Tiene heridas en el cuello, alguna ulcerada, supongo que alguna infección ha venido a acompañar a su ya deteriorado estado.

Por nuestro lado pasa una mujer rotunda, de cadera amplia y con curvas por doquier, lleva de la mano a un niño que llora. Nos mira y vuelve la mirada, se aleja mientras nosotros quedamos mirando su trasero. Formas apetecibles.

—¡Será hija de puta! Es la Patri, a esa me la calcé yo...—advierte el Rubio.

—¿Cuándo...?

—Hace mil años, no recuerdo muy bien los detalles pero creo que era virgen.

—Me parece que ya no le gustas.

—Eso creo —reflexiona el Rubio dando una fuerte calada a su cigarro.

El trasero de la Patri me trae a la memoria otros tiempos, cuando el Rubio tenía mejor aspecto y arrasaba entre las féminas del barrio. No había una que no le mirase con interés. Era guapo, el cabrón, y tenía ese punto canalla que tango gustaba. Apartaba a las muchachas de su camino y elegía a las que más le placían, era como el amo absoluto de un harén que tenía dentro a todas las mujeres de los alrededores.

Era el líder, el destinado a despertar admiración. Sus hazañas no era un logro individual sino colectivo. Era un orgullo saber que se había follado alguna pija del barrio Salamanca o que le había hecho una manola alguna del centro. Era como el equipo del barrio que siempre caía bien.

Yo le vi despertar el asombro y ahora lo observaba despertando el asco.

La vida que es muy puta reflexioné mientras aspiraba el humo del cigarro que me había pasado el Rubio. Somos yonquis, tenemos principios, la droga no se comparte, a no ser que sobre, el resto sí, es de humanidad.

Proseguimos nuestro camino, el CAD está cerca. Ya vemos al fondo de la calle un jinete que se dirige presuroso a la toma de la tarde. El Rubio y yo no necesitamos más y aceleramos el paso. Inmerso en mis pensamientos decadentes, el Rubio pensando en su próximo paso.

—En cuanto me recupere un poco me voy a dar una fiesta de la hostia —advierte.

—¿De dónde vas a sacar la pasta...? 

—Voy a atracar el Ahorramás.

—¡No me jodas!

—Lo tengo todo planeado...—asegura y los detalles son tan absurdos que por un momento considero que puede ser factible, aunque claro la cabeza no me funciona muy bien. Los ansiolíticos van dejando de hacer efecto y tengo la sensación de que falta algo.

Al fondo el edificio del CAD. Salivo con fruición y noto que el Rubio se calla y acelera.

Ambos más rápido con el pensamiento clavado en nuestro futuro más cercano y sabedores de que la metadona no es lo mismo.
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