Soldados de la noche. Alan Furst


La novela, argumentalmente aceptable, discurre por un camino demasiado impreciso

Efervescencia política
Existen alabanzas que más que ayudar machacan. 

Lo peor que ha sufrido esta novela son las alabanzas más desaforadas, tales como la que muestra en la portada, cito textualmente: “Alan Furst es el mejor autor de espionaje vivo”. Así, tal cual, con dos... Lo primero que pensé: ¡La ha palmado Le Carré! Pobre hombre, con lo que me gustaba. Pero no, ni estaba soñando ni tampoco delirando, me había creído la portada de un libro y su carga de intención

Así inicié la lectura, con prevención, aunque al poco ya me sentía mejor y comencé a dejarme llevar, en especial al colocar la acción en los Balcanes en mitad de las guerras mundiales, aquel lugar que Bismarck definió como el “avispero de Europa” y que históricamente tenía y tiene muchísimo que contar. Situar la acción en ese espacio no es nuevo, ya lo ocupó Eric Ambler porque era un lugar especialmente interesante. Países pequeños, con multitud de referencias culturales cruzadas, historias paralelas o incluso transversales y mucha efervescencia política, algo que el autor define con mucha gracia:

Los uniformes los confeccionaba un sastre llamado Levitzky, cuya familia llevaba generaciones en el negocio de las ropas marciales: los policías turcos destinados en la ciudad, la infantería austriaca que guerreó contra Napoleón, oficiales búlgaros de la Primera Guerra Mundial, cuando el país estuvo al lado de Alemania. El hecho de que el dinero fuera a parar a manos de Levitzky, un judío, era lamentable, pero se consideraba un mal necesario. Con el tiempo esas cosas se arreglarían


una forma de escribir: dejando cabos sueltos


La acción arranca en Vidin, ciudad a las orillas del Danubio y que está dentro de Bulgaria. El río y su paso por media Europa tiene un profundo significado en la novela, porque se le ve como nexo de unión y al mismo tiempo frontera, algo que si no fuéramos europeos sería complicado de explicar. Hristo Stoianev es un muchacho humilde que vive de cara al río, un hecho luctuoso, la muerte de su hermano, le obliga a emigrar y es reclutado por el NKVD o lo que es lo mismo, el predecesor del KGB, enviado a Moscú y adiestrado en el ramo del espionaje. Estamos en 1934, una época cargada de mucha ideología y mucha humanidad, un ejemplo:

El comunismo era la oportunidad de oro de las clases trabajadoras —todo se debía compartir—, y el invierno ruso era un interminable horror de hielo blanco y cielo blanco; algo demoníaco a lo que sólo se podía sobrevivir con las tres formas tradicionales de calentarse: el vodka, la estufa de azulejos y un cuerpo humano. Su nombre era Marike, pronunciado como si la e fuera una a

Y también otro tipo de gentes:

Al primer vistazo, ella lo dejó completamente de piedra. Sopló sobre él como un viento. Era una intelectual, una marxista. Era intensa, toda ella puro nervio. Cantaba como un estibador del puerto, corría como un soldado y discutía como una taladradora.

Foto: Rainer Hosch
Con estos mimbres era claro que la ambición por proseguir la lectura era imposible de obviar. Era tal mezcolanza que el primer salto argumental quedó como algo anecdótico, no obstante eso será una constante a lo largo de la novela. Los saltos temporales no siempre han sido gestionados ni con coherencia ni con sapiencia por parte del autor. Gracias a ello se nos muestra el principal defecto de la obra, la discontinuidad. La novela, argumentalmente aceptable, discurre por un camino demasiado impreciso, por momentos se pierde o se difumina la idea de lo que el autor deseaba mostrarnos y ese hecho hace que parezcan varias novelas en lugar de una sola. 

La costumbre de dejar el argumento colgado con miles de cabos pendientes, aquí se convierte en una manera de hacer literatura. Personalmente no me parece mal pero se lleva al extremo dejando una sensación incorregible de incoherencia. Más aún cuando el género demanda de concreción y precisión.

Al intentar abarcar tanto terreno y tantas historias, se pasa de Moscú a la guerra civil española para luego a París prebélico y a la guerra mundial, se suceden ciertos errores aunque en especial me han llamado la atención dos. Una imprecisión sobre nuestra costumbre patria de ajusticiar a culpables, el garrote vil, algo que verdaderamente produce dentera, página 184, y otra más culpable por ser más llamativa, como es el asesinato de Alejandro I de Yugoslavia, página 84, cuya autoría intelectual tergiversa el autor.

También las acciones pecan de demasiada ligereza como la huida de una ciudad sitiada como la republicana Madrid. La fuga de los protagonistas se hace en vehículo y por la carretera nacional recorriendo zona supuestamente enemiga sin encontrar a nadie. Algo a todas luces poco más que increíble.


el norteamericano Alan Furst no es tan ecuánime como debería


Para quitar un poco de hierro a las críticas tengo que destacar que el autor refleja como nadie las nacionalidades y sus caracteres, como por ejemplo y por citar a dos:

Buena parte de los invitados eran ingleses, esa tribu que rodea sus rituales de misterio y que por algún motivo parece perpetuamente molesta con el mundo, ofendida, tal vez, por los insistentes intentos de la humanidad por descubrir qué diablos se les apetecía

O:

No pierdas el tiempo lamentándote. Hacerlo es un grave defecto de nuestro carácter, de nuestra naturaleza eslava. Nos aflige una oscuridad del alma y nos enamoramos de nuestro dolor

La novela se lee con facilidad y tiene su punto. Más cerca del estilo de Ambler que de Le Carré, pero queda lejos de ambos. Se pierde en el lío, aunque creo que la obra ha sido afeitada por el editor, tal vez fuera demasiado ambiciosa y eso ha determinado que el argumento renquee en demasía. Esta claro que el autor sabe escribir ficción, maneja con soltura las herramientas para generar interés e incluso coloca la acción en una zona con gran recorrido literario pero no lo explota en su totalidad. También le frena la idea propagandística de la guerra fría sobre el mundo soviético, creo que la nacionalidad del autor le entorpece en cuanto al sentido más ecuánime que debe dar como novelista y la obra peca de algunos defectos en ese sentido. Los nazis parecen menos peligrosos que el ejército rojo, lo cual y como anda el patio tiene su mérito. 

A estas alturas, sumando pros y contras no tengo ni la menor idea si recomendar la novela o no. Creo que el autor merece una mayor atención que la prestada hasta la fecha, tal vez en otras novelas tenga cosas que decir que despierten nuestro interés, si prosigue con la zona empleada tiene mi más ferviente admiración, eso sí, tendrá que definir mejor la trama.

Seix Barral, 2010

Sergio Torrijos




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