Prisioneros (2013)

Atraída por su talento, la industria contrata a Villeneuve para llevarle a terrenos manidos 

Que se lo hubieran currado más...
Hay películas que podrían haber sido buenas si los guionistas se lo hubieran currado un poco más, o si al menos intentasen evitar el ridículo. Un buen ejemplo es Prisioneros, una historia policiaca que empieza muy bien, evitando los tópicos manidos del género, pero que en su segunda mitad va cayendo y regodeándose en todos y cada uno de ellos en una cuesta abajo sin frenos.

Dos inocentes niñas, una rubita y una negra, son secuestradas por algún pervertido en un aburrido lugar en la América profunda y el padre de una de ellas (la rubita, naturalmente), un supermacho americano encarnado por Hugh Jackman, indignado ante la inoperancia policial, decide investigar por su cuenta y proteger a su familia tomándose la justicia por su mano y secuestrando por su cuenta al principal sospechoso. Una historia muy original que solamente nos han contado unas sopocientas mil veces, tropecientas arriba o abajo; pero al principio Villeneuve da totalmente la vuelta al topicazo y muestra al padre coraje desde un prisma bastante realista, como un cateto borrachín que lo único que consigue jugando a detective es entorpecer el trabajo de los profesionales, romper a su familia todavía más y dar rienda suelta a un inquietante talento como torturador que hasta entonces había tenido que mantener reprimido. El director lo cuenta además de una forma tranquila y elegante.


empezar de forma clásica y acabar en una montaña rusa


Pero nos encontramos en una producción de Hollywood, por lo que este cuestionamiento de los clichés del género no se va a convertir en el eje de la película, sino que se trata solo de un preludio que conducirá a una posterior redención y una retahíla de déjà vus mucho más acordes a los parámetros del cine comercial: la teatral detención de un falso culpable, la simbología casi esotérica que el policía acabará interpretando en el último momento, la justificación del machote torturador que al final no andaba tan desencaminado, y un muy vergonzoso twist final. Al parecer la policía detiene a un joven deficiente mental pero no interroga a su madre, ni tampoco es capaz de relacionar la desaparición de su padre con el hallazgo de un esqueleto en una casa de las proximidades; ¿cuántas desapariciones no esclarecidas puede haber en un pueblo de ese tamaño? Vale que el cine no tiene por qué ser cien por cien realista, pero no se puede cambiar las reglas de juego en la segunda mitad del partido y empezar contando una historia de tintes clásicos y desmitificadores para acabar en una montaña rusa de trucos de guión a cada cual más delirante. Y, por favor, el malo malísimo que tiene al final de la película al bueno desarmado y a su merced, y que en lugar de pegarle un tiro se pone a contar con parsimonia los detalles de su perversidad para darle tiempo al otro a buscar una estratagema para escapar, es algo que en el siglo XXI hay que erradicar sin contemplaciones o dejar para la parodia.

Aunque el director, Denis Villeneuve, consigue darle una apariencia bastante digna a un producto de derribo, nos encontramos una vez más ante una industria que se siente atraída por las alas con las que vuela un nuevo talento, en este caso quebequense, pero que una vez contratado solo sabe cortárselas y llevarle al terreno de lo manido. 

José Antonio López (Jalop)


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Nota del editor: con esta entrada inauguramos la sección «Tropezones», en la que hablaremos, literalmente, de películas que, por una u otra razón, acaban tropezando, valga la redundancia.


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