El ojo hambriento. Fernando Arias

Un viaje iniciático que transformará a sus personajes, que descubrirán partes de sí mismos que desconocían

Un ambiente decadente y sensual
Luisiana ha despertado la imaginación —no solo la imaginación— de multitud de escritores, intelectuales y bohemios, que atraídos por los misterios de la zona, la sensualidad de sus gentes, la miseria y el espectáculo, la asilvestrada naturaleza que rodea... A la lista de ilustres que se acercaron a sus pantanos Truman Capote, Tennessee Williams, William Burroughs, Henry Miller— añadimos el nombre del periodista y escritor valenciano Fernando Arias, que ubica El ojo hambriento entre su tierra y esa otra tierra rodeada de pantanos...

El punto de partida es el de tantas novelas del género, una investigación: el afamado novelista Víctor Blanco ha desaparecido en los pantanos, posiblemente comido vivo por los aligátores, y será su viejo amigo Juan Cortés y Cortés, simple empleado de la banca, quien viajará para resolver el misterio.

Pero ese misterio no está tanto en la propia muerte del escritor como en el sensual y decadente ambiente que le rodea, y la novela se convertirá en un viaje iniciático que transformará a sus personajes y les llevará a descubrir partes de sí mismos que desconocían. Ese viaje y esos descubrimientos irán acompañados de erotismo desmadrado y humor.



como los mejores bolsilibros

Bajo una onda de cabello y las cejas muy finas, un poco angulosas, del mismo color azabache, su mirada se había tornado dura. Me trajo a la memoria la expresión de las legendarias amazonas que, desde las historietas ilustradas de la posguerra, durante la adolescencia, provocaban en mi mente imágenes sadomasoquistas.

Se agradece el tono desenfadado de Fernando Arias, propio de los mejores bolsilibros, para afrontar una narración que leemos con una sonrisa continua. Arias no necesita, al contrario que tantos otros en la actualidad, subrayar lo que piensa de la izquierda o la derecha; al contrario, opta por el sentido de la maravilla y nos sumerge en la aventura con la humildad de los viejos narradores, demostrando su personalidad con sencillez.

Algar, 2001
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David G. Panadero


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