El discreto encanto del clasicismo

Aquello que sigue conmoviendo, inspirando a los hombres de todos los tiempos

En una televisión privada están emitiendo los que parece que son los últimos episodios rodados los últimos que faltaban por rodar sobre las novelas de Poirot, el gran Poirot. Lo único que puedo decir es que son impecables, que no te hacen añorar las novelas y que David Suchet es un gran actor o, al menos, un gran Hercules Poirot.

Simultáneamente, en la segunda cadena de TVE pasan una serie sobre las novelas de Poirot, sin Poirot. En fin, los experimentos, con gaseosa. Alargan situaciones de manera, a mi parecer, innecesaria, diálogos y personajes que se explican y justifican en la ligereza de Agatha Christie pierden aquí razón de ser y, por supuesto, todo el encanto de su levedad original.

Y más simultáneamente, a la vez, mis lecturas han ido de Peter James a Deborah Crombie y las mismas reflexiones me han llevado a este texto.


detectives auténticos y carismáticos


Obviamente, lo primero sería definir clasicismo. Dejando de lado teorías históricas, literarias, etc., pienso que clásico es aquello que, escrito, creado, en cualquier época histórica, sigue conmoviendo, inspirando a los hombres de todos los tiempos. Se lea cuando se lea, Edipo, El rey Lear o El Quijote, el hombre se sentirá concernido por las reflexiones sobre su propia naturaleza. Si nos bajamos del pedestal de la alta cultura y nos ponemos pedestres, en nuestro ámbito negro llamaría clásico a aquello que, escrito en los años treinta o en la década en la que estamos, sigue contándonos las pasiones, elevadas o miserables, de la naturaleza humana.

Deborah Crombie me engancha y la leo de un tirón y Peter James, sin disgustarme, reconociendo que su detective es un buen y creíble detective, me cuesta tres o cuatro intentos acabarlo. Ya sé, ya sé, es cuestión de gustos. A lo que me quiero referir es a que el exceso de páginas, el alambicamiento de la trama, la pseudo-complejidad y quasi-patologización (perdón, por los palabros) de algunos personajes no añade nada a una buena historia y a unos buenos protagonistas. 

Es evidente que la forma se ha de actualizar y no se puede escribir ahora como se hacía en el siglo de Cervantes, pero la evolución en las formas, en mi opinión, no ha de olvidar «el factor humano». Y tampoco hay que olvidar que una cosa es la parodia, tan querida por la postmodernidad, y otra la caricatura, sea ésta o no consciente. «Está de moda, hoy en día calificar las novelas de misterio de la edad de oro como triviales y poco realistas. Pero no eran así. Era su postura contra el caos. Los conflictos eran íntimos, en lugar de globales. Y la justicia, el orden y el castigo siempre prevalecían […] Pero si lee a Christie o Alligham o Sayers, el detective siempre cazaba al asesino. Y se dará cuenta de que el detective siempre funcionaba fuera del sistema. Las historias siempre expresaban una consoladora creencia en la validez de la acción individual». Estas palabras puestas por Crombie en boca de uno de los personajes de Un pasado oculto expresan bien, creo yo, algunos de los problemas de la abundante actualidad de la novela negra, como puede ser el alejamiento de la realidad, sustituida por repugnantes descripciones de cadáveres descuartizados y la dificultad de crear nuevos detectives auténticos y carismáticos. Y es que desde que la narración es narración, es decir, desde que el hombre es hombre, un héroe ha de funcionar siempre fuera del sistema sin que por ello tenga que parecer que acaba de escaparse de la consulta de un psiquiatra.

Lectura recomendada:
Nadie llora al muerto
Navona, 2013

Ángeles Salgado
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