Compendio en negro desde una noche de Oscar (Paolo Sorrentino, Toni Servillo y algún título más). (I)

El mismo discurso que podría salir de los labios de un Mastroianni sobreviviente

Visionaria, barroca y mediterránea
Había valido la pena esa última proyección de La Grande Bellezza; ahora tocaba echarse encima el capoto y afrontar la intensa lluvia de medianoche (la misma que como una fluida columna sonora se había sincopado a la proyección en el cine club obrero de Audun le Tiche). Quedaba más de una hora de camino hasta la estación de Esch sur Alzette, pasada la frontera. En cuanto las farolas dejasen de iluminar las largas aceras de Audun (pasada la monstruosa iglesia, orilladas las amortajadas casas), el camino se volvería oscuro y desolador, y se acercaba el 1 de noviembre. Pese todo, había valido la pena quedarse a la última sesión de ese domingo. Solo podía haber sido ese día, desde el comienzo imposiblemente oscuro y sombrío: a las once de la ventosa mañana ya llovía a cántaros, una mañana oscura como para que el predicador de Moby Dick anunciase el fin del mundo, y a esa hora, 40 espectadores veíamos emerger de la pantalla del Hotel de Ville de Villerupt la potente escenografía onírica de Otto e Mezzo en una escena de Moby Dick.


emular sin concesión las ambiciones de La Dolce Vita


A esa hora, en esas condiciones, 40 dispersos espectadores veíamos salir de la pantalla del hotel de Ville la potente coreografía de los sueños y las ensoñaciones que es Otto e Mezzo, el día mismo en que se cumplían cincuenta años de su estreno (gracias a Cinecittá y su estudio numero 5, Il Cinque, con toda su sofisticación técnica el indirecto don que Mussolini puso en manos de Fellini para transmitir la psicografía coral de toda una nación en clave visionaria, expresionista, barroco-mediterránea, la misma clave que pulsaría Sorrentino). A las cuatro de la tarde seguía lloviendo, el viento seguía zarandeando las últimas hojas del otoño, y el homenaje continuó con el documental que Ettore Scola ha dedicado a la memoria de Fellini. Pero sobre todo había valido la pena quedarse a la última sesión porque con La Grande Bellezza el cine italiano había encontrado a un autor capaz de emular sin concesión a minimalismo alguno las ambiciones de La Dolce Vita partiendo de un planteamiento similar: un periodista mundano e irónico, Jepp Gambarella, que en medio de una cínica sesentena cuenta una Roma que en lo esencial no ha variado desde que Mastroiani acompañase a Anita Eckberg en la fontana de Trevi (prelados, actores, comparsas, criminales, leones, políticos, damas, escorts, museos, comparsas, escritores fracasados ante la incuria desnuda y brutal y cínica de Roma, criminales). 

Falta Anita Eckberg y falta la Fontana, pero Sabrina Ferilli encarna la romanidad misma como en su momento Anna Magnani, y Gambardella encarna en su persona una fascinación que el tiempo no ha podido agotar y que prolonga el eco de Mastroianni… Sus palabras junto a un Tévere que fluye entre la belleza inapresable de Roma, inundada de demonios profundos e imprescindibles, bajo un cielo imperturbable y eterno, es el mismo discurso que podría salir de los labios de un Mastroianni sobreviviente.

Continuará...

Ramón García



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