Mi nombre es Novoa. Julián Ibáñez

El novelista Óscar Urra sigue profundizando en el autor del mes, el periférico Julián Ibáñez

Las variaciones adecuadas
A mediados de la década de los 80 el canon chandleriano (entendiendo aquí “canon” como modelo perfecto del género) estaba felizmente aclimatado en la escritura de los escritores “noir” en nuestro país. Con la perspectiva que dan tres décadas fructíferas en novelas ambientadas en las mil caras del crimen, el curioso lector o estudioso del género tiene hoy la ocasión de leer (o releer) estos relatos con el valor añadido de su valoración en el proceso de asunción de estos tópicos literarios y de su contribución a la consolidación de la novela negra de corte chandleriano en el panorama editorial y en las preferencias de los lectores.

Desde este criterio, Mi nombre es Novoa (editada en 1986 por Júcar) no es sólo una interesante narración escrita con una calidad literaria infrecuente (para entonces y para ahora), sino también un buen ejemplo de cómo se puede aportar novedad a un género partiendo de un esquema clásico que goza ya de prestigio, pero dotándolo, verosímil y oportunamente, de las variaciones adecuadas.


manos en las que se podría celebrar una partida de billar


En efecto, muy “a lo Chandler”, la novela adopta la primera persona del protagonista del relato, Novoa, un individuo que vive en un hotel y trabaja en un oscuro despacho, pues es el gerente de la Cantabroexpress, un empresa dedicada al transporte de mercancías del puerto de Santander a punto de irse a pique arrastrada por turbias maniobras que sirven a los intereses de alguno de los clanes influyentes en la zona. El asesinato de un empresario que, poco antes de morir, ha concertado una cita con Novoa, provoca la solitaria investigación de éste, que necesita conocer la verdad para salvar su empresa y, con ella, su medio de vida.

Como se ve, a este personaje sólo le falta la licencia para dar el perfil de detective privado, y sus pesquisas, envueltas en la violencia latente que se incuba en los distintos barrios y ambientes santanderinos, no dejan de ser las propias (en sus peligros; en su tensión deductiva; en el relumbre de las intuiciones) de un “arreglalíos” (como el propio Novoa se llama a sí mismo), pero con el acierto de encarnarse en un sujeto conocedor del mundo portuario, endurecido por la refriega cotidiana de su pequeño negocio, capaz de indagar en los intereses sociales, policiales y empresariales de su ciudad mientras desmadeja, con ironía, pero con determinación romántica (“Usted es un romántico y a los románticos nos toca perder”, le informa, por si quedase duda, otro personaje) la bien lograda trama que vertebra al relato.

A esta originalidad en la variación se añaden otros valores literarios como los símiles hiperbólicos y contundentes (así por ejemplo, las grandes manos de un matón, “en las que se podía celebrar una partida de billar”; o el tono de voz de Salomón Carriedo, tremendo y peligroso personaje, que se le antoja al narrador “cargado de la ambigüedad de una navaja barbera”), o el impresionismo empleado para pintar las vestimentas, con un repertorio adjetival colorido y casi festivo, deleitándose el autor, y deleitando, en esta manera de caracterizar a los personajes, que no escuchan blues ni jazz, sino rancheras y mambos, y que mantienen diálogos de genuina esencia “noir”: y todo ello, como queda dicho, en el ambiente de una ciudad de provincias española, descrito en un castellano rico y preciso, con momentos de una lograda sonoridad idiomática, como cuando se nos dice que en la densa madrugada de los muelles: “… dos carramarros estaban trasvasando viruta”.

Júcar, 1986
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Oscar Urra Ríos
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