Giley. Julián Ibáñez

A estas alturas me es imposible no reconocer a Ibáñez como uno de los más importantes en la novela negra

—Es un juego de envite. Se dan cuatro cartas, cada carta del mismo palo vale diez puntos, menos el siete que vale siete y el as que vale once puntos. Hay descartes. Cuarenta y un puntos es la baza ganadora. El as es la clave, quien tenga el as con las otras tres cartas del mismo palo es quien se lleva el dinero.

No es igual La Mancha que Manhattan
Ibáñez no es sospechoso de afrontar las novelas de soslayo, de artificios para mostrar una idea determinada, ni de recrear un mundo interno, sugerente, atractivo o idealizado para mostrarnos lo que pretende. Es un tipo serio, que afronta la literatura de cara, mostrando una realidad que él vive y que está ahí, tal vez por eso el éxito literario le haya sido esquivo. 

No es lo mismo La Mancha que Manhattan por poder dos lugares de raigambre literaria, en nuestros días trasladar el escenario de la trama a Puertollano es de audaces y de más audacia aún mostrarnos unos personajes y un paisaje ocre, como comentan en la contraportada, violento, bizarro, esquinoso, nada complaciente, tipos que viven en la cuerda floja y donde la ternura queda para los recuerdos de la infancia. Nada en Ibáñez, o al menos en esta obra del autor pues su carrera es muy dilatada, es delicado, ni sumiso, ni fácil. Por poner un ejemplo:

Se reparten en las banquetas una docena de clientes que encajan con el decorado y los coches del aparcamiento: profesionales de mediana edad, tipos entre los cuarenta y los cincuenta, ejecutivos o profesionales preguntándose apesadumbrados por qué cambiaron la batería del conjunto de rock por los libros.

Esos clientes no están un garito de categoría o en uno de moda de una gran ciudad, son clientes de un club de carretera secundaria, de precario estado y de más precaria situación sanitaria. Es el mundo en el que Ibáñez brilla con especial intensidad, en esos parajes polvorientos, típicos pero irreconocibles que puebla con personajes como Cobos, el protagonista de la presente novela, policía nacional recién trasladado a Puertollano y que en lugar de ser sumiso con sus labores policiales regenta un garito ilegal y participa, activamente, en timbas que por supuesto son ilegales. Husmeador y equilibrista de un juego más que peligroso, protagonista de un mundo que haría palidecer a lo que la literatura de misterio nos tiene acostumbrados; la educación, serenidad, respeto por los derechos humanos de los policías nórdicos, por poner un ejemplo, chocan de plano con Cobos y sus adláteres, no existen derechos salvo intereses, ni amistad salvo dinero o ganancias, crudeza en todos los aspectos de los personajes, desde el comportamiento con su trabajo hasta cuando comen. Nada es suave ni tan siquiera el amor o lo que consideran ellos que puede serlo y que se confunde con un trato más que brusco, pero que el autor es capaz de dotarlo de cierto lirismo:

La acaricio, suavemente, convertidos mis dedos en agua. Las yemas acarician sus pezones de madera. Junto mi cuerpo con el suyo, besándola en el cuello. No reacciona. Me echo sobre ella, mis piernas separan las suyas, se la meto y le doy al asunto. 
Tomo aire dejando que mi peso la oprima. Incorporo el torso apoyándome en los brazos. La miro. Tiene los ojos cerrados. Giro el cuerpo librándola de mi peso. Me quedo de espaldas, contemplando el echo. No sé si ella se ha corrido. Tampoco me importa, no soy de esos tipos que lo escriben todo en un diario.


me gusta el conjunto, su carne apretada y bien esculpida


Le añadimos una buena trama que contiene una muerta, una viva llamada Daniela que levanta algo más que el interés del protagonista y una investigación del crimen y la relación entre los personajes que pueblan la obra y ya tenemos una novela que destaca y no sólo lo hace por ese carácter único que es capaz de transmitir Ibáñez a sus obras, que ya de por sí sería suficiente, sino porque aparte de ese tono propio y muy personal es capaz de recrear metáforas de calidad incuestionable:

Es él quien se pone delante de mi puño. Suena como la bayeta de fregar estrellándose contra la pila.

O por ejemplo la descripción de un personaje, la mencionada Daniela:

Mis manos y mis ojos aprecian que debajo hay un cuerpo magro. Me llegará a la barbilla. Mis ojos se detienen en su rostro para comprobar que no es guapa, no lo es, aunque tampoco la pondría en el estante de las feas. Sus labios son demasiado alargados y finos; sin embargo, hacen dulce su boca; sus ojos son oscuros y pequeños, con un sombreado de ojeras violáceo; su frente es demasiado ancha... Me agrada, me gusta sentir la humedad y el calor de sus axilas. El vestido es muy blanco y no está demasiado manchado, es de tela gruesa, bien ceñido a su cuerpo, la falda termina unos cuatro dedos por encima de las rodillas. La veo desnuda; no he tenido nunca un cuerpo como éste entre mis manos. Caminaba por la playa he encontrado un cofre lleno de oro. Sus pechos no son abultados, como dos mitades de pomelo; tampoco sus caderas son lo que se puede decir llamativas, pero sí atractivas por la pureza de su trazo. La tez es muy blanca; sin embargo, su cabello es azabache, corto y liso. Lo que me gusta es el conjunto, su carne apretada y bien esculpida.

Probablemente esas contradicciones sean lo más llamativo de la obra de Ibáñez más allá de esta novela. Lirismo y fuerza bruta, aridez y al mismo tiempo esa sensación de fragilidad, todo combinado y servido en un mismo cóctel en un bar de carretera o en una barra de un club de tercera en mitad del paisaje manchego en pleno verano. 

Lo fuerte del autor es su capacidad de hacernos creer la obra, la trama y los personajes. Su capacidad de ficción es sumamente elevada y de lo que pudiera parecer un paisaje y paisanaje sin mucho que contar se convierte en una novela negra de primer orden y eso sólo lo hacen los buenos escritores. 

La carrera de Julián Ibáñez en la literatura tiene muchos jalones, personalmente me gusta más cuanto más se interna en el panorama manchego, cuanto más natural es y sobre todo cuanto más ficción le echa. No es cuestión aquí de reivindicar la obra de un escritor de este nivel, aunque tendría que serlo, pero a estas alturas me es imposible no reconocerle como uno de nuestros activos más importantes en la novela negra. Sé que no es muy conocido, que su mundo es muy brusco y algo casposo, sé que no venderá muchos ejemplares, pero cuando tomo una novela de este autor sé de sobra lo que hay detrás y no es otra cosa que buena literatura. De la de verdad. No todo van a ser batallitas de clase media con sus dudas existenciales en las terminales de aeropuertos internacionales. La literatura de verdad tiene siempre bastante de descarnado, que se lo digan a Steinbeck, Faulkner o a Bukowski por poner a tres.

RBA, 2010

Sergio Torrijos
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