Autor del mes: Julián Ibáñez

Siempre que leo a Ibáñez recuerdo Región de Benet, ese territorio rural que puede derivar en obra literaria o en realidad tipo Puerto Hurraco



Hace poco he tenido el gusto de leer una reseña de Carlos Zanón sobre la obra Entre trago y trago de Julián Ibáñez y amenazaba a Ellroy con un serio competidor, recordando, al angelino, que tiene gran suerte de que el Tajo no pasase por L.A porque hablaríamos de otra manera y diríamos otras cosas sobre esa primacía en la novela negra del norteamericano. 

Junto a esta acertada definición de un poderoso escritor se adjuntaba la renuncia del propio autor a seguir editando en papel, debido, a la dolorosa situación de ventas de sus libros, algo que ha venido sucediendo con el citado autor desde sus inicios literarios. Atestiguar semejante hecho es cierto y también que me resulta imposible de justificar ni tampoco de entender. La incomprensión de la debilidad de ventas de este autor me hace pensar en lo abultado de otras ventas con muchísimo menos que ofrecer que lo que nos muestra, habitualmente, Julián Ibáñez.


...de todos ellos, Julián Ibáñez es el que salió peor parado


Ibáñez arrancó su carrera allá por los años 80, un poco a rebufo de aquel escritor que paseaba su sapiencia literaria junto con su amigo Carvalho. No sólo fue un ocasión propicia para él, a aquella soledad literaria de la novela negra reclamada por Vázquez Montalbán se sumaron Andreu Martín y Juan Madrid, de los que Ibáñez es coetáneo. Otros autores también hicieron sus pinitos como Pérez Merinero o también Miguel Agustí o incluso algún aporte de otros como del olvidado Isaac Montero y su Pájaro en un tormenta, aunque la suerte literaria fue tan dispersa como díscola, de todos ellos quién peor salió parado fue nuestro Ibáñez. 

La novela policíaca tuvo pronto su variante negra a la española que se asemejaba mucho a lo que sucedía en las calles de nuestras ciudades y que tenía su representación en aquella publicación mítica llamada “El caso”. La traslación de aquella realidad social a la ficción fue un paso tan rápido y sencillo como elemental

El entorno urbano se desarrolló por escritores como Juan Madrid o Andreu Martín o Perez Merinero dejando un espacio por llenar. Un territorio olvidado pero plagado de sabor y de tersura literaria, pasiones bajas, clubes de segunda, tipos de mala entraña y peores intenciones, partidas de cartas a cara de perro, caspa y caspa, olor a coñac barato, secretos escondidos en habitaciones cerradas, tráfico de lo que sea y mucha realidad, la realidad de las carreteras secundarias y de lugares polvorientos como puede ser La Mancha. 

El personaje fetiche Novoa es un superviviente de tratos perdidos, malas decisiones y mujeres con más pasado que futuro. Todo en el mundo literario de Ibáñez es precario, fútil e inestable, aunque por otro lado posee una fuerza que va más allá de lo comprensible porque esa parte de radicalidad humana tiene mucho de literario. Personalmente siempre que leo a Ibáñez me recuerda a Región de Benet, a ese territorio rural que puede derivar en obra literaria o en realidad tipo Puerto Hurraco. Todo es posible y te inspira el aroma del cuero tratado, del sudor de la faena dura y de cierta brutalidad que siempre es muy cercana a la novela negra, aunque irremisiblemente le alejan de territorios más acordes a las ventas literarias, porque no todo en la novela negra se vende bien, existen ciertos territorios, ciertos lugares que no gustan a los lectores, que rehuyen o que espantan, son duros y probablemente agraden menos porque lo que desean los lectores es huir de cierta realidad a través de una ficción no tan bestia.


vivir era un riesgo y leer también


La capacidad de las obras de Ibáñez para cribar a sus propios lectores es indudable, incluso en los más avezados de la novela negra, porque ese mundo tan bizarro suele ser excluyente, tanto como las bajas pasiones o las deudas de juego.

La raíz de las novelas de Ibáñez no salen de una visión idealista del mundo, su realidad y la que refleja en las novelas proviene de lo más acerado del entorno que a todos nos rodea, del vecino que se acoda junto a nosotros en el bar de la esquina de casa o del que encontramos en la calle. Es ficción que introduce sus raíces en el ser humano más cercano y por lo tanto la dosis de realidad o irrealidad es elevada. Todo es posible en el mundo literario de Ibáñez aunque, claro está, se acerca mucho al lado más oscuro del ser humano.

El autor no sólo ha ambientado sus obras en La Mancha sino que algunas de ellas han tirado hacia el norte, pasando por Madrid o también incluso en alguna serie de novelas de carácter juvenil, lo que demuestra la magnitud de su universo literario.

Pero lo que prevalece en el escritor es esa pulsión terriblemente humana de la que es un maestro al retratarla. Ibáñez siempre busca lo inhabitual, lo arriscado, la pulsión que ofrecen las cuestiones incomprensibles o las pasiones más desatadas. Cabe destacar algunos de sus personajes secundarios de muy compleja calificación, con pasado abrupto tanto como una cuenta inflada en un bar de carretera o una cita con una mujer de la vida. La pulsión del riesgo es vívida en la obra del escritor, tanto que los personajes se mueven en un territorio ambiguo y siniestro de los deseos no conseguidos y de los intereses más oscuros.

Leer a Ibáñez es arriesgado, mucho, recuerda otro mundo, otra literatura, donde se odiaba con fervor y se quería de verdad, donde vivir era un riesgo y leer también y existe el peligro de considerar la realidad literaria de otra manera. Al lado de este escritor lo que el panorama editorial nos ofrece es de complicada casación, es incomparable, es como mezclar un club de alterne de la nacional IV con una escuela privada de Suiza, eso sí de alto Standing. 

Sergio Torrijos


Próximas entradas dedicadas a Julián Ibáñez
nuestro autor del mes:


Entrevista con Julián Ibáñez, por Sergio Torrijos

—Crítica de No des la espalda a la paloma (1983), por David G. Panadero

—Crítica de Mi nombre es Novoa (1986), por Óscar Urra

—Crítica de Entre trago y trago (2010), por Sergio Torrijos

—Crítica de Giley (2010), por Sergio Torrijos

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