Alguien recordará tu nombre. Capítulo 9

Nadie tenía que poner en duda la versión oficial que ni siquiera saldría en los periódicos




Cuando llegaste, te diste de bruces con su cuerpo, tendido bocabajo sobre un charco de sangre en medio de la calle Zacatín. Te avisaron más por inercia que porque realmente quisieran tu presencia allí, cosa de la que te percatas al ver a dos fulanos vestidos con el uniforme de la Falange que no tardaron en identificarse como del Servicio de Información e Investigación. Estabas allí para cubrir el expediente, igual que el juez Luis T. y el doctor Javier M. con los que intercambias un par de miradas diciéndooslo todo. Dejaron claro lo que sucedió: lo mató la partida de los hermanos Quero y nadie tenía que poner en duda la versión oficial que ni siquiera saldría en los periódicos, entretenidos con los avances alemanes en el frente oriental. No obstante, bastaba con echar un vistazo al cuerpo detenidamente para ver que le habían disparado a quemarropa entre los ojos. Tampoco hacía falta ser un lince para intuir que el boquete se lo hicieron con una Star; que eso tenía una firma legible, la de un escuadrista, sobre lo que no albergas muchas dudas porque no es la primera vez que lo ves.

Al final, las sospechas de Salvador eran fundadas, pero se había equivocado al mirar, aunque a estas alturas, después de verlo muerto, tú también empiezas a poner en tela de juicio lo que hasta ese momento pensabas inamovible. Con esa sensación estás sentado a la sombra de un roble en una casa de campo en Santa Fe a la que te invitó Claudia con la excusa de hablar contigo. A pesar de que hay poco sobre lo que conversar, aceptaste para escapar a los rigores de julio. «Si sirve de algo, no creo que Salvador fuese capaz de matar a la chiquilla», musita la mujer después de intercambiar banalidades. Intuyó lo que pensarías, siempre había sido muy perspicaz, difícilmente se le escapaba algo. «Tenía mis motivos. Aunque ahora no esté tan seguro». «¿A qué te refieres?». «A que tal vez no haya mirado en la dirección correcta». Se muerde el labio inferior, conteniéndose y te dice: «Querías su cabeza». «Y me la hubiesen dado, pero había otros que también andaban detrás de ella». «¿Piensas en esos maquis?»

Miras cómo la sombra de las hojas del roble se dibuja sobre tu mano. «Esa es la versión oficial», respondes. «No te sigo», mentía porque quería llevarte a su terreno, pero a pesar de saberlo te dejas conducir mansamente. «¿Qué pasó esa noche en el Cervantes?». Sonríe desamparada. «Se pasó la tarde bebiendo y ya sabes cómo era. Se le calentó la boca con eso de que los camaradas tenían que echar a los reaccionarios y hacer la revolución nacionalsindicalista. Como puedes entender, no estaba en condiciones para matar ni mandarlo hacer». «Pero sí para cavar su tumba». «¿Crees que fueron los nuestros?». «Dudo ellos os consideren así». «No se te escapa una». «Es mi trabajo». De nuevo el silencio que Claudia no tardó en romper. «¿Averiguaste quiénes fueron los que os atacaron cuando huías con Marisa?». «No quise saberlo. Pudisteis ser todos: los tuyos, los anarquistas… Detuve a gente de un lado y otro y cuando todo empezó me negué a arrestar a inocentes». «Y pagó alguien que tampoco tenía culpa». «Quizá, si no hubiese ido a liberar a tu marido…».

Sacas el reloj, poniéndolo abierto encima de la mesa. «Se paró a las 6.20, cuando estalló la granada que me la quitó». Notas cómo la voz te hierve en la garganta, pero el recuerdo amable de Marisa sirve para aliviarte un poco esa pena.

Carlos Martínez Carrasco


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