Alguien recordará tu nombre. Capítulo 8

Los trapos sucios se lavan en casa y cuando alguien hace preguntas, mejor quitárselo de encima




Regresas al despacho con la sensación de que no tenías que haber salido de él. Te ha caído la del siglo por capullo, por molestar a quien no debías. Al parecer las quejas son de patas largas y han ido directamente a visitar al gobernador y al jefe de Policía, quien se ha encargado de ponerte las peras al cuarto. Ahora toca portarse bien o al menos parecerlo. Sin embargo, te derrumbas sobre la silla con una sonrisa triunfal en los labios, con ganas de hablar con Marisa, como cada vez que algo te quemaba.

«Salvador está de mierda hasta el cuello, algo que no me extraña. Cuando le conté lo del asesinato de Almudena reaccionó de una forma muy particular. Me da la sensación de que la chica podía estar en su casa para espiarlo y que en un momento dado se volvió prescindible o que con su muerte querían mandarle un mensaje: mira lo que somos capaces de hacer si sigues tocando los cojones. Averigüé por los chicos del Chango que la portera es una confidente pero no de las nuestras. Al parecer, en el Partido hay quienes no están muy conformes con las ideas revolucionarias de Salvador, aunque no lo digan a las claras porque los trapos sucios se lavan en casa y cuando alguien empieza a hacer preguntas incómodas es mejor quitárselo de encima. En su mayoría son recién llegados a los que cierta retórica de los camisas viejas les entorpece digamos los negocios.

»Quizás, Salvador se sintió acorralado, le entró el miedo, al pensar que Almudena también podía estar en el ajo y decidió adelantársele. Entra dentro de lo posible. Pudo ver algún movimiento que le pareció raro. Tampoco puedo descartar que perteneciese a la supuesta Falange Auténtica. Las piezas parecen encajar, pero algo me falla. No lo veo tan estúpido como para reconocer el haber estado en el Cervantes esa noche. Cabe la posibilidad de que encargara el trabajo a unos matones para que fuesen hasta su casa o la cogieron por la calle cuando regresaba, tenían una hora de margen para hacerlo. Tal vez sólo quisieran darle un susto, pero se les fue de las manos y lo mejor que se les ocurrió fue tirarlo en la Manigua. Y he ahí donde tenemos otro escollo: cuando la mataron aún era de día, por lo que tuvieron que esperar hasta que oscureciese para asegurarse de que nadie los viera. Posiblemente aprovecharon la recepción en el Teatro para no levantar sospechas; en una zona en obras no es extraño ver un bulto tirado en un solar, y un coche negro… en fin.

»Lo jodido es que Almudena no tenía nada que ver con tejemanejes políticos. Vivía en un cuartucho levantado de aquella manera junto a la casa en la que se hacinan Carmen O., su marido y tres niños. En cuanto me han visto llegar a la barriada intuí que les duraba el susto de la otra noche. Los que han decidido hablar coinciden en que no sabían nada de ella. Muchos, ni el nombre. Sólo me dijeron que cogía el tranvía a las siete y regresaba cuando caía el día y poco más. De no haber sido por la mujer que le alquilaba la habitación su desaparición ni se habría notado. Eché un vistazo entre sus escasas posesiones, sin que faltase nada. Le pregunté a Carmen si había oído algún jaleo, pero me respondió con eso de su discreción. Viviendo de aquella manera, lo único que puedo pensar es que tuvo mala suerte. El resto ya lo conoces, Marisa».

Carlos Martínez Carrasco




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