Alguien recordará tu nombre. Capítulo 10 (FIN)

Un crimen movido por la miseria en la que todos vivían

…en el capítulo anterior



Los prejuicios son los responsables de los errores que se cometen, guiándonos por caminos que pensamos correctos y que finalmente sólo llevan a callejones en los que dar marcha atrás se convierte en un esfuerzo titánico que no siempre se está dispuesto a hacer. No deja de resonarte en la cabeza aquella frase de Salvador: «El hambre es un tumor moral» y no puedes menos que darle la razón. Has vuelto sobre ella una y otra vez desde la tarde en la que hablaste con Claudia, acompañándote para recordarte que aquello en lo que creíste no era más que un trampantojo. Ha llegado la peor parte de este perro oficio y lo peor de todo es que sabías que ese momento iba a llegar, pero va en el cargo de comisario. Siempre es la misma escena llena de gritos histéricos que proclaman una inocencia en la que no creen ni los propios arrestados. En este caso deberías matizar y empezar a hablar en femenino, porque hasta en eso te habías equivocado. Era ella la que tenía el motivo y la oportunidad para hacerlo. La habías tenido delante de tus narices y no quisiste verlo. Un crimen movido por la miseria en la que todos vivían. Jamás se le pasó por la cabeza que volverías, pero no contó con el desarrollo de los acontecimientos que te obligaron a volver sobre tus pasos. Se trataba no de un detalle, sino de lo más obvio.

Cuando la encaraste, Carmen O. adoptó una estudiada pose de fragilidad, que tan buenos réditos daba con según qué autoridades, pero en ningún momento te distrajo. Todo se desencadenó cuando le preguntaste por la cartilla de racionamiento de Almudena. Esperabas y al mismo tiempo temías la respuesta. Viste dibujada la misma mirada aterrada de quienes se saben perdidos. «Yo no quería, señor comisario», balbucea. Busca el apoyo del marido allí presente, pero tú también tomaste precauciones y te acompañan los dos grises que encontraron el cuerpo para controlar la situación. Es él quien acaba por confesarlo todo quizás para salvarse del garrote. Los niños pasaban hambre y a él lo habían echado de la obra, quiso robarle el dinero que Almudena tenía ahorrado cuando la chica entró. Se pelearon y ciega por la ira, la golpeó en la cabeza con tan mala suerte que la mató. «Ella no quería», repite. Palabras huecas, piensas. Había que tener demasiada sangre fría para montar una escena tan cuidada. Reconoce que fue ella quien hizo la llamada anónima, pero te queda una duda: «¿Por qué llamó y luego presentó la denuncia?», le preguntas. «Porque era una criatura que no merecía que la tirasen a una fosa como un perro», responde Carmen mientras se la llevan junto a su marido.

Al final todo queda reducido a asegurar la supervivencia de quienes nos importan, aunque sean ellos los más perjudicados. El sosiego que sientes tras haber resuelto el caso se quiebra cuando piensas en la suerte que correrán los niños cuando ejecuten a los padres. El juez fue inflexible, dispuesto a dar ejemplo, porque tales crímenes no tienen cabida en la Nueva España y hay que extirpar de raíz el mal. Los pensamientos te llegan amortiguados por el silencio que se respira en el cementerio de San José y la suave caricia del olor a tierra mojada después de la tormenta. Es lo último que te queda por hacer, lo que nadie hizo por ella, asegurándote de que al menos quede constancia del paso por este mundo de Almudena P., que alguien recuerde su nombre. Pero no te marchas de allí sin detenerte ante la tumba de Marisa. Quitándote el sombrero, te agachas y limpias el polvo de la lápida donde lees: «Daría la eternidad por pasar un instante más a tu lado», la misma que figura en el reloj. Cierras los ojos y por un instante notas sus labios sobre los tuyos.

Carlos Martínez Carrasco


FIN


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