After dark. Haruki Murakami

Conversaciones intrascendentes cargadas de sencillez: un mundo algodonoso

¿De qué hablan los japoneses?
Me decanté por leer esta novela tras una recomendación de un conocido, un tipo de gustos peculiares, amante del alcohol, el tabaco y la literatura. Alguien en rápida carrera hacia su autodestrucción siempre tiene que tener buen gusto, me dije, y me encaminé a la biblioteca más próxima por una ración de Murakami. 

Lo cierto es que el nombre ya es atractivo, suena a motor, huele a gasolina y a velocidad, más aún cuando me indicó mi conocido que era autor nipón, lo cual ya me representó el cuadro al completo

Decidir entre varios títulos del autor fue tan sencillo como pasar por novelas con semejantes títulos: Kafka en la orilla, imaginé una conspiración para acabar con mi neurona y pasé al siguiente, Tokio Blues estaba claro que no me iba a gustar, más me pedía el cuerpo algo cañero que un blues y a ser posible algo más malote. Lo encontré en el siguiente volumen, After dark, leí la contraportada, allí hablaban de un mundo lírico en ese período del día indeciso cerca de la medianoche, el resto lo puso mi imaginación. Conocí en tiempos, en la zona de Huertas, un garito con el mismo nombre, mi memoria sólo llega a asegurar que siempre que entré en él salí con más grados de alcohol en sangre de lo que llevaba al entrar. De todas formas un After es un After sea aquí o en Lima, bueno en México se llaman efímeros, pero es lo que es, el último sitio abierto, el lugar donde desembocan los que todavía tienen ciertas ganas de marcha o los que todavía no han apurado los restos de su peculio y todavía tienen ese hálito imaginativo que indica que aún hay ganas. 



no se mojan; pasan de puntillas


La elección era básica, me quede con After dark. Imaginé la ciudad de Tokio, mil veces vista a través del cine, luces y lujo, hipertecnológica, japoneses frikis por doquier atrincherados en un burger, geishas y samurais, yakuzas y malos rollos al estilo Kitaro. Joder, frikismo al poder. Ya me veía disfrutando con un baño de sangre a lo Kill Bill con una Satori Hanso en la mano liándola parda, porque, de qué cojones va a hablar un japonés que no sea de eso. 

Lo tiene claro todo el mundo, hice la prueba y pregunté a un vecino de barra de bar sobre sus conocimientos de ese país del Extremo oriente, me lo dejo clarinete, me habló de una serie llamada “Shogun” donde unos japoneses se las hacían pasar fatal a Richard Chamberlain y también de que en un pueblo de Sevilla, Coria del Río, donde había una enorme comunidad de tipos con un apellido en común, Japón, y que procedían del lejano país llegando a nosotros en tiempo de los Austrias. Lo cierto es que lo flipé, quién se iba a imaginar que en mitad de un bar de Vallecas terminaríamos hablando de los hijos de unos tipos que salieron del Japón hace quinientos años.

Inicio la lectura, un paisaje desolado, un primer capítulo que me indica que me olvide de katanas, samuráis y yakuzas. Todavía mantengo la esperanza de que hay algún machaca de puerta de After que anime un poco el cotarro, aunque el tono no me anima a ello. Una muchacha y un muchacho hablan con lejanía sobre un encuentro que tuvieron y que fue discretamente frío


¿Por qué tiene que ser todo de noche?


No pierdo la esperanza, mi frutera me indica que Murakami, el nombre me sigue sonando a motor, tiene muchísimo, resalta el superlativo, éxito a escala planetaria intergaláctica. 

Tal vez sea culpa mía que no me entero de la nueva literatura, me confabulo para proseguir, esperando que asome el filo de una katana por alguna esquina de Tokio, nunca hay que perder la esperanza.

Por fin ocurre algo esperado. 

Un hotel de paso, a la japonesa, masivo y tecnológico, prostitución y sangre. Tipos peligrosos, mafia china... imagino que a partir de ahí toma brío la trama. La noche en Tokio, miles de movidas, gente con mala baba... la descripción de lo que ocurre es detallada, con un tono parsimonioso, inopinadamente lento, moroso, de una fluidez buscada, aportando densidad a la trama. Lo mismo que la acción tomó algo de tersura se terminó en el mismo camino, ni yakuzas, ni katanas, ni venganzas orientales, lo malote se aleja a lomos de una moto que por ahora es lo único que reconozco de todo este ejercicio de juntar letras.

Lo que puede parecer un buen comienzo se va esfumando lentamente a lomos de conversaciones intrascendentes, cargadas de sencillez en los que con parsimonia se va descubriendo lo que en el fondo es el alma mater de la novela, la soledad y la difusa línea entre la ficción y la realidad

Desconozco porque tiene que ser todo de noche, en una mezcla muy apurada entre la oscuridad, personas normales y un mundo al acecho. La novela no transmite sensación de peligro aunque el autor se esfuerce en ello, ni siquiera cuando aparecen asuntos chungos ofrece la sensación de que algo malo va a pasar. Es un mundo algodonoso, muy a la japonesa, tremendamente correcto y ordenado. 

La obra ofrece algo de interés en cuanto a la línea difusa entre realidad y ficción pero la frialdad se impone y no llega a conectar, al menos en mi caso, porque todo parece tan aséptico como esas japonesas que se tapan la boca con una máscara y que vemos en el telediario. Tal vez no sea el libro para mí, muy anclado en la mítica de las katanas, o tal vez la frialdad que destila mata todo interés por seres que me resultan apáticos, de incalificable vida porque no me parecen lo suficientemente reales. No se mojan, pasan de puntillas por las páginas de la novela y eso lo determina todo. 

No son carne ni pescado.

Tusquets, 2008

Sergio Torrijos
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