Nórdicos

Tras el traumático asesinato de Olof Palme, esta sociedad parece haber perdido la inocencia y descubre el coste moral de su bienestar

Larsson: «A mí que me registren»
Una vez acabado el período de hibernación propio de las entrañables fiestas navideñas, mis neuronas han vuelto a ponerse en marcha y aquí estamos de nuevo. Con la vitalidad y entusiasmo de todos los que llevan adelante esta revista, estoy convencida de que conseguiremos llegar sanos y salvos al 2015.

Y me pregunto por qué en estos momentos de cierta debilidad mental me da a mí por meterme en el berenjenal de la novela negra nórdica del que seguramente saldré trasquilada. Todo viene porque un buen amigo, al que no puedo negarle este pequeño favor, me ha pedido que le haga una lista de autores nórdicos para otro amigo suyo, al que no puede negarle este pequeño favor. Y en ese momento me han vuelto todas mis filias y mis fobias sobre este tema. Aunque no creo que sea necesario, quiero aclarar que es sólo mi opinión, que todo el mundo tiene derecho a tener la suya y espero que nadie se dé por aludido. Como diría nuestro gran y dilecto director, David G. Panadero, no me gustaría pasar de testigo de cargo a testigo protegido.


un personaje pretendidamente progre y egoísta


Mi acercamiento a la novela negra comenzó con Henning Mankell y su Wallander, una especie de detective americano pasado por los fríos nórdicos y por Bergman, es decir, un Spade-Marlowe-Archer con nieve y problemas de comunicación. Wallander es un personaje redondo, sólido, coherente, verosímil. Las tramas estupendamente llevadas, con alguna página y algún muerto de más, pero nunca arbitrarias ni truculentas. Con el aliciente de su crítica al admirado modelo sueco de estado de bienestar. Como opinión, creo que este tipo de novela nórdica, sobre todo sueca, viene claramente influenciada por el traumático asesinato de Olof Palme, como si con su muerte esta sociedad hubiera perdido la inocencia y hubiera comenzado a ver el coste moral de su bienestar económico. Gracias a Mankell descubrí a los grandes Sjöwall y Wahlöö, que merecen testimonio aparte.

Pero mi hartazgo de nórdicos llegó con Stieg Larsson. Reconozco que sólo he leído el primer libro de la trilogía Millenium. ¿Dónde está le heterodoxia de un personaje que termina enamorándose del protagonista, que será muy sagaz, pero es soso y pretendidamente progre y egoísta en su trato con las mujeres? Una heterodoxia que, además, necesita apoyarla en una disfunción mental. No me parece transgresor su argumento. La crítica social, la perversa unión entre política y economía, ya estaban en las novelas de Sjöwall y Wahlöö (de los años sesenta-setenta, no lo olvidemos), de Mankell o de Persson, tratados con mayor  autenticidad y dimensión ética. De éstos sabemos que quieren criticar las grietas del sistema del estado del bienestar, pero todavía no sabemos, en fin, no sé, qué quiere criticar Larsson. Por no hablar de la coartada comercial del maltrato a las mujeres. Si la comparamos con La mujer de verde de Arnaldur Indridason o, incluso, con La quinta mujer de Mankell, no veo más que efectismo e insinceridad, comenzando por el propio protagonista al que le dan igual las consecuencias de sus relaciones con las mujeres.

Soy consciente de la superficialidad con que está tratado el tema, entre otras cosas por problemas de espacio. Quizá sería interesante profundizar un poquito en cada aspecto en diferentes artículos. Ya veremos.

Lectura recomendada:
Los hombres que no amaban a las mujeres
Destino, 2008


                                                        Ángeles Salgado
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