Alguien recordará tu nombre. Capítulo 5

El Chango clava directamente sus ojos en los tuyos, sabiendo de lo que habla



«Te tengo ley, comisario, pero este viaje no pueo ayuarte. En mi vía en visto esa carita y ya me hubiera gustao», te dice el Chango. Estáis sentados en la puerta de una taberna de Plaza Larga, en el corazón del barrio del Albaycín, compartiendo una botella de tinto peleón para aplacar los ardores estivales. Mira fijamente un moscardón que no ha parado de zumbar alrededor de vuestras cabezas, a la espera del momento oportuno para cazarla, pero es más rápida y huye antes de que pueda echarle mano. Por debajo del arco, aparece un grupo de viejas enlutadas con el rosario en la mano que viene de una ermita cercana y una pandilla de críos corretea sin importarle el calor. 


estabais en bandos opuestos, pero eso ahora no importa


El tipo que tienes sentado enfrente es la última baza con la que cuentas para intentar averiguar quién es la mujer… y ha quedado en nada. «Hay muchas chicas jóvenes que salen de sus casas, intentando ganarse la vida para acabar de esta manera», reflexionas en voz alta, como tratando de resignarte a no poder continuar. «Durante la guerra vivimos de puta madre, lo jodido vino con la paz». El Chango clava directamente sus ojos en los tuyos, sabiendo de lo que habla, consciente de que quien lo escucha también ha pasado por el mismo trago. Habéis estado en bandos opuestos, pero eso os importa poco allí sentados. «Me dio mucha alegría saber que te habías largao y no estabas metío en el fregao. Nunca te casaste con naide y hubieras durao poco», reconoce, sincero. «En cuanto os liasteis a tiros aquí, no tardaron en llegarnos con listas para detener rojos. Soy policía, no verdugo» y la historia llega a un punto, las 6.20, sobre el que prefieres pasar por encima. «Me alisté porque no quedaba otra y me hicieron alférez provisional. Me mandaron al frente del Cubillas y luego a Porcuna». El Chango se echa a reír y empieza a enumerar: «El Albaycín, Málaga, Almería, Lérida, regreso y al talego. Hostia va, hostia viene hasta que alguien se acordó de mí y me liberaron». 

«Tuviste suerte», sentencias. « ¿¡Qué suerte ni pollas!? To lo rojo que quieras pero p’algunos soy más útil vivo y en la calle que en el bote o criando malvas». su vida se la debías Relacionado con muchos de los nuevos amos desde antes de la guerra, el Chango le debía la vida más a la baraja y al contrabando que a un repentino cambio de ideas. Nada se movía en el mercado y garitos de juego ilegales sin que él lo supiese. Albergabas la esperanza de que la muchacha tuviese algo que ver con el estraperlo de subsistencia, pero todo había sido en vano. «¿Cómo marcha el negocio?», le preguntas, ganándote una mirada aviesa, imaginando lo que podía esconder tu pregunta. «Puede que haiga pa’ uno más, a cambio de algunas redadas en los almacenes de la competencia, que dejes correr algunas investigaciones…». «Ya tenéis a otros en nómina, incluidos oficiales de la Policía Armada y algunos comisarios». «Eres terco y un día de estos te van a partir la crisma», te riñe. Y quizás el Chango tenga razón y le saliese más rentable que andar metiendo el hocico en asuntos que a nadie más parecían importarle. Todo está en venta y no eres la excepción, como tampoco lo habría sido la muchacha. Quién sabe con qué comerciaba ni cuál era su precio. Por no saber, no sabes siquiera su nombre y te sientes ante un muro de silencio que amenaza con atraparlo todo. Pero alguien tiene que ocuparse de este tipo de cosas.


Carlos Martínez Carrasco




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