Alguien recordará tu nombre. Capítulo 3

«Han matado a una muchacha y tenemos el cuerpo en un solar», le cuentas pasándole el retrato a lápiz




«Hermoso y rubio como la cerveza y en el brazo…» canta el Marquesito, o la Rizos, según dónde y a quién preguntes. Lo que no varía es el apego que le tiene al Teatro Cervantes, desde los tiempos de la República, cuando se vestía de faralaes para subirse al escenario a cantar coplas picantes y después del espectáculo, trajinarse al que se le pusiese a tiro, contándole que era hijo de unos marqueses que lo habían perdido todo, aunque lo fuera de un Carabinero que se avergonzaba de él y una mujer que no pintaba nada. Había tenido su época de gloria hasta el final de la guerra, cuando aún aguantaban las gracias de un maricón, pero eso ya se había terminado. Cada cual tenía que pagar su penitencia, y el Marquesito tenía la suya particular, haciéndose confidente de la Policía, condición que no lo libraba de las hostias que de vez en cuando le soltaban los de la Brigada Social o algunos falangistas para recordarle que no le convenía sacar los pies del tiesto si no quería acabar como el poeta aquel.

un brillo malicioso en sus ojos


Podría decirse incluso que te alegras de verlo. «Ahora no, nene, que no tengo el coño pa’ruíos», suelta al percatarse de que has llegado. Es evidente que no te reconoce por lo que sacas a pasear la chapa, dándole al Marquesito un vuelco el corazón. «Ni alto, ni rubio, pero tampoco tan viejo como para no acordarte», le contestas. «Sigues en la bofia», afirma, mostrándote un rostro en el que se ven las señales de una visita reciente. «Ahora soy comisario», te justificas. «Por mi bien espero que te hayas cambiado de acera», dice irónico. «Nada de eso. Han matado a una muchacha y tenemos el cuerpo tirado un solar aquí atrás», le cuentas pasándole el retrato hecho a lápiz, sin entrarle al trapo. «¿Quién es?», te pregunta después de echarle un vistazo. «Eso es lo que trato de saber, si la has visto en alguna de las compañías», contestas.

En medio del silencio que se hizo, te llega un rumor de risas y voces del interior del teatro. «Tiene una cara muy vulgar». Se te olvidaba que la Rizos es de lengua viperina, sobre todo cuando se trata de juzgar la belleza del sexo femenino, con el cual –por razones obvias– está en competencia. «Quieres tocarme lo cojones», sacas al guripa chusquero que llevas dentro. « No me tientes, rey, pero… ¿qué te hace pensar que ésta estuvo aquí?», se lanzó a preguntarte. «A que el lugar más cercano posible es este, a que ha aparecido sin zapatos y a que hasta el más imbécil sabe lo que se cuece entre bambalinas». «Mi rey, en el teatro todas podemos dejarnos sobar el conejo por un plato de comida caliente, pero aquí no cobijamos a todas las muertas de hambre. Esta no es de postín», te dice devolviéndote el retrato con desprecio.

Eres consciente de que la zona en la que estás no suelen frecuentarla mujeres jóvenes, sino que son las más viejas las que tienen su territorio. Tal vez lo que quiere decirte el Marquesito es que se trató de una pelea por recuperar el sitio perdido. Pero no termina de cuadrarte esa hipótesis. Estás a punto de irte, cuando algo te detiene. «¿Qué celebráis?». «Deberías saberlo tú mejor que nadie, que vas de comisario. Tengo a un grupo de falangistas y afines de celebración», te responde. Puedes ver un brillo malicioso en sus ojos, como retándote a que entres en el Cervantes y les pongas delante el retrato de la muchacha. Sabéis mejor que nadie que son intocables.


Carlos Martínez Carrasco




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