Alguien recordará tu nombre. Capítulo 2

Un haz de luz impreso en el suelo sobre el que reposa el cuerpo inmóvil de la chica




El policía armada que ha ido a buscarte te avisa a tiempo de la zanja que se abre justo a la altura del nuevo edificio de Correos, en Puerta Real. La Manigua está completamente levantada. Algunos se han empeñado en moralizar la ciudad, empezando por lo más evidente, fácil y efectista: quitar a las putas y a los pobres desgraciados de las calles. Como si ellos fueran el problema más importante de la ciudad. El chico te cae bien, algo que no suele suceder a menudo. Sólo habéis cruzado un par de palabras, pero con eso basta. Tiene una mirada inteligente y un poso de honestidad poco frecuente en el Cuerpo. Señala un solar a las espaldas del Teatro Cervantes, vallado con unos cuantos palés y en el que están esperándote tres hombres, alrededor de un haz de luz impreso en el suelo sobre el que reposa el cuerpo inmóvil de la chica.


conserva toda la ropa, aunque la falda está algo subida


Al poner el pie en la tierra desnuda os recibe un punto, indicando la presencia de alguien más. La incandescencia del cigarro talla el rostro patibulario del compañero del gris que te conduce, con galones de cabo en la bocamanga. Al veros llegar se acerca con vosotros hasta los otros hombres, a los que conoces perfectamente, saludándoos con los «arribas» de rigor. Uno de ellos es el juez Luis T., cuya calva brilla por el sudor. Junto a él está el doctor Javier M., el forense, que te recibe con su rictus avinagrado de costumbre. Y el señor Serafín R., dibujante de la Policía, con su pinta de dandi, afanándose en representar lo más fielmente a la muerta. En un primer vistazo le calculas poco más de veinte años pero lo que más te llama la atención son sus enormes ojos almendrados de color negro que nadie ha tenido la delicadeza de cerrar. Conserva toda la ropa, aunque la falda está levemente subida y va descalza. 

Te inclinas sobre ella, quitándote el sombrero. «¿Cómo murió?», preguntas desde el suelo, tras bajarle los párpados. «Pensé que ya lo habría adivinado, comisario. Le partieron el cuello de un golpe seco», responde el doctor, molesto ante la aparente obviedad. «¿Quién ha dado el aviso?», vuelves a la carga, sin variar la postura. «Llamada anónima», te dice el juez Luis T. «Muy oportuno», piensas. Nadie sabe ni quiere saber; cualquiera en su sano juicio evitaría tener contacto con la Policía, gastándooslas como os las gastáis. «Tampoco conocemos la identidad de la muerta. No hemos encontrado ninguna documentación», te informa el agente más veterano, para no quedar al margen como un estúpido. «Una más, comisario, no hay que darle más vueltas», zanja el juez, queriéndose marchar de vuelta a la cama de la que lo habían sacado. 

«Estamos jodidos, señores», dices, levantándote. Buscas a tu alrededor algo de lo que poder tirar. Una revelación divina en la que no confías, pero que no estaría de más. El maldito calor impide que te centres como deberías, pero terminas felicitándote. Aún sigues en forma, chaval, te dices. Has reparado en un detalle: los zapatos no están por ningún lado. Difícilmente, alguien caminaría descalzo hasta un solar en obras manteniendo los pies limpios. «La mataron en otro lugar y luego la trajeron aquí», les dices, pero ellos ponen cara de a-nosotros-qué-nos-importa. Le pides el retrato al dibujante, que lo remata con un par de trazos rápidos. «Una lástima», te dice a media voz. Consciente de las pocas alternativas que tienes, te diriges a la primera puerta a la que llamar. El juez Luis T. te pide que no te entretengas demasiado, pero ya no llegas a oírlo.

Carlos Martínez Carrasco




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