Sitges 2013 (III): la libertad de género

Sitges 2013 apuesta por valores seguros y nos deja frente a ausencias elocuentes


The Green Inferno: destacando la miseria moral

En las crónicas anteriores hemos dibujado un Sitges 2013 en crisis, con signos de desnaturalización y agotamiento en propuestas que la organización ha estimado representativas del fantástico en el último año. Ahora bien, el espíritu libre de otros títulos exhibidos nos previene de asociar dicha crisis al estado actual del género, y desplaza nuevamente el foco sobre el festival, cuya dirección no pudo o no quiso evitar elocuentes ausencias tales como Snowpiercer (Bong Joon-ho) o I Am a Ghost (H.P. Mendoza), apostando en su lugar por valores seguros cual preferentista cultural.


un subgénero saturado de voces...


Es en este panorama pacato donde una obra menor como The Green Inferno cobra la relevancia otrora inmerecida por su director Eli Roth. Aunque rinda homenaje explícito a Ruggero Deodato, la cinta pasaría antes por un parque temático de Holocausto Caníbal (1980) que por heredera directa de la misma. Roth cambia la atmósfera ominosa del mondo por el alma festiva de su producción Aftershock, celebrando un aquelarre gore a mayor gloria de la miseria moral del ser humano, devoradora de carne culpable y miradas inocentes. Unas coordenadas semejantes a las de Greg McLean y su Wolf Creek 2, desterrada de los horarios habilitados para el buen gusto y la corrección artística. El director australiano insufla una dosis mayor de cinismo a las nuevas andanzas de su psicópata, las cuales incluyen un encuentro con canguros que arrancó los aplausos de un público con las manos libres de vademécums críticos.

Intuimos el mismo placer dionisíaco de filmar en Why Don't You Play in Hell?, en la que Sion Sono reedita las sensaciones de rodaje de guerrilla de su seminal Bad Film (también proyectada) sin abandonar la sofisticación conceptual de su cine más reciente. Sono aborda una violenta colusión de yakuzas y cineastas como si se tratara de su autobiografía emocional, la mutación de su amor por el cine en una lujuria desbocada que riega los fotogramas de sangre y coreografías de acción. Una operativa análoga a la de Brillante Mendoza en Possession, si bien el filipino arriesga su pasaporte autoral a festivales de prestigio al incorporar con celo excesivo estilemas de uso generalizado en el cine de terror. Su crítica contra los medios de comunicación se difumina en el recuerdo frente al cariz fantástico-punk de determinadas secuencias, de impacto y ambición equiparables a un graffiti en el lujoso hotel Meliá donde se exhibía. Tampoco se quedó a la zaga en desparpajo Frankenstein's Army (Richard Raaphorst), una de las escasas muestras de found footage con sentido de lo contemporáneo. Su puesta en escena recoge el testigo de Silent Hill hacia el sincretismo entre el lenguaje del cine y el de los videojuegos, aunando gore e imaginería ci-fi retro en una fantasía cercana al espíritu desvergonzado del nazisploitation. Por desgracia su deficiente remate decanta la película hacia lo paródico, y limita el alcance de su eco en un subgénero de por sí saturado de voces.

Frankenstein´s Army: gore y SF retro

Estos casos de independencia creativa no desmerecen los logros de quienes conviven con herencias o expectativas gravosas de partida, a menudo cultivadas entre la propia cinefilia. Sería justo, por tanto, valorar en el remake Patrick el esfuerzo de un fan (su director Mark Hartley) por superar su cariño a la corriente ozploitation — a la que incluso llegó a dedicarle su documental Not Quite Hollywood (2008)— donde se ubicaba el original de 1978. Hartley evita guiños casposos a la platea y reformula en clave gótica el concepto en el que se basa, elevando a alegoría del Mal el ansia de control y de ruptura de la tensión sexual entre Patrick y sus víctimas. Una pena que el público no fuera tan considerado con sus irregularidades como con las de Blackfish (Gabriela Cowperthwaite), documental acerca de una orca de parque acuático que desarrolla conductas agresivas hacia los humanos. Si bien a la película le pesan los lugares comunes dictados por su condición mainstream (bustos parlantes, música dramatizadora, dosificación del metraje morboso...), supera el ecologismo panfletario de la sobrevalorada The Cove cuando se adentra en el puro drama de horror, con un protagonista (la ballena Tilikum) cuya mente fracturada solo podemos intuir a través de sus actos, cual Michael Myers de Rob Zombie.

Y sin duda el Sísifo del festival fue Nicolas Winding Refn, con la carga a cuestas de un Drive a cuyos fans no satisfizo con Only God Forgives, pero tampoco a los hipsters que no transigieron con su éxito comercial. Poema sobre la imposibilidad de la redención, la cárcel de la mente y la huella telúrica de nuestras existencias, el filme es demasiado grande como para abarcarlo en estas líneas, por lo que prefiero dedicarlas a un par de recomendaciones. Porque merece la pena ver cómo Zack Parker deja en evidencia las máscaras que usamos para pasear nuestro dolor en Proxy, donde los desajustes emocionales derivados de la pérdida de seres queridos se traducen en estallidos de violencia, a su vez conducentes a la desestructuración de un relato imposible de estabilizar. Como la vida misma. En cambio, similar dictadura de pulsiones adquiere una lectura positiva en The Machine (Caradog James), contundente ciencia-ficción de serie B en torno a la inteligencia artificial cuya linealidad, lejos de suponer un defecto, deriva de una confianza en sus imágenes propia de Duncan Jones o del antiguo Vincenzo Natali. Ante la incomparecencia de ambos en Sitges 2013 James hizo las veces de activista contra el fantástico en cautividad... un Blackfish que en cualquier instante volverá su rostro perlado de dientes hacia sus atentos cuidadores.


Continuará...

Álvaro Peña



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