Una herida que no se cierra (prólogo de La noche de Alameda)

José Luis Nebreda alterna la calma con el nervio, los paisajes reflexivos con la acción desatada…

Heridas que no cicatrizan
Tuvo que ser una herida que no se cierra lo que llevó a José Luis Nebreda a escribir, jornada tras jornada, de forma organizada y meticulosa, la novela que estamos a punto de leer. No tenía todas las cartas a su favor; no son los mejores tiempos posibles para los escritores, rodeados como estamos de pantallas, filmaciones e iconos, en una cultura que se mueve a golpe de meme, donde parecen sobrar las largas reflexiones. Uno diría que la lectura es una moda retro que solo sigue su parroquia de iniciados… Con todo, José Luis escribió La noche de Alameda con pulso firme y convicción, y me atrevería a decir que lo hizo intentando apaciguar esa herida que no se cierra.

Quizás fuera esa misma herida la que le empujara a leer con asiduidad novelas negras y thrillers psicológicos. Puede que de alguna manera, en las historias que leía, él viera indicios para dar forma a su propia historia. Tras la asimilación de esas lecturas, emergería esa historia, la que ahora vais a leer, que pasó a ser para él lo más importante, dedicando sus esfuerzos a darle consistencia, un aire de verosimilitud, suficiente aire para que los personajes no nacieran encorsetados por el recuerdo de tantos investigadores de ficción; ellos debían tener voz propia

cierta madrugada lluviosa...


A juzgar por su narrativa, José Luis Nebreda es un autor fuertemente vinculado al presente, y más preocupado por buscar la calidad literaria que por reivindicar el origen popular de estas novelas, que nos remite al kiosco. Muchos las han llamado “literatura de tren”, novelas escritas con prisas para ser leídas más aprisa. No ha sido precisamente este el camino de José Luis, que ha querido despertar el interés del lector, profundizando en las claves del crimen, contemplando sus implicaciones, pero sin buscar, al menos en primer término, la impaciencia por desvelar un final sorprendente.

Se lo pasa teta...
Preguntado por sus lecturas preferidas, nuestro autor hace referencia tanto a Henning Mankell como a Craig Russell; tanto a Philip Kerr como a nuestros José Carlos Somoza o Eugenio Fuentes. En definitiva, gracias a sus referencias, José Luis se perfila como un lector ambicioso, desprejuiciado, que se acerca al crimen con amplitud de miras. Leída su novela, yo destacaría el eclecticismo de José Luis, que en lugar de seguir un decálogo establecido y seguir a pies juntillas el camino marcado por sus maestros, prefiere hacer una aportación personal, en la que se alterna la sugerencia con la explicitud, la calma con el nervio, los paisajes reflexivos con la acción desatada…

En efecto, esta historia, que avanza de manera paulatina, evitando estridencias, llegará a un punto de no retorno. Cierta madrugada lluviosa, cuando todos duermen y el pueblo está literalmente abandonado, tendrá lugar un encuentro fugaz con el asesino… Y cambiarán definitivamente las reglas del juego. Se impondrá un ritmo acelerado, se sucederán los imprevistos, y estaremos más cerca de comprender la gravedad de la noche de Alameda.

Esta novela, que tiene mucho de negro y policial, pasará a ser inquietante, cercana en su atmósfera si queréis a las mejores historias de terror psicológico. Con su escalpelo, sin que tiemble el pulso, José Luis Nebreda hará varias incisiones en ese pacífico pueblo de la sierra madrileña, hasta recomponer su verdadero rostro. Un rostro ensangrentado, marcado por la crueldad, que hasta entonces pasaba desapercibido porque una complicada red de intereses lo mantenía oculto.

Porque eso y no otra cosa es lo inquietante: una herida del pasado no cicatrizada que amenaza con infectar la placidez del presente. Quiero pensar que una vez terminada esta, su primera novela, de alguna manera José Luis Nebreda ha saldado cuentas. Pero me lo imagino —siendo como es: buen tío y padre de familia; siempre agradable con los suyos— todavía sometido al dolor de una herida propia, de una inquietud que no se cura con el tiempo, sino todo lo contrario, que le obligará a bucear cada vez más hondo, aventurando nuevas explicaciones. Y será esa inquietud la que le siga enfrentando al papel en blanco para escribir muchas más novelas. Al menos así lo espero y deseo; casi estoy convencido de que no decepcionará.

Drakul, 2013
David G. Panadero
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