Sitges 2013 (II): finales de ciclo

Cineastas que se aseguran el pan repitiendo aquello que entusiasma a los aficionados. Fin de ciclo...


Lesson of the Evil

Continuamos la cobertura de Sitges 2013 atendiendo a un fenómeno característico del festival y del fantástico en general: los fans. Más allá de su vertiente histérica, el conservadurismo de los aficionados ayuda a sedimentar corrientes antaño renovadoras en torno a focos de demanda estables y bien conocidos por cineastas y programadores, quienes contribuyen a perpetuarlos en su afán de asegurarse el público.

deceleración, decadencia opiácea, lugares comunes

Sin duda la tendencia con más signos de obstrucción creativa derivada de su explotación es el subgénero de found footage. Si el año pasado V/H/S recogía la vocación experimental de jóvenes turcos con necesidad de crear un lenguaje propio para sus inquietudes, su secuela V/H/S/2 representa la normalización de dicho lenguaje. Una franquicia en la que, pese a todo, destaca la frescura que Eduardo Sanchez aporta a una temática tan hollada como la de zombis, a la que aplica el principio de subjetividad de la generación Youtube, así como la violencia que Gareth Evans inyecta a su capítulo de sectas, como cabría esperar del director de The Raid. Aunque el final de su corto recuerde a la ácida Pro-Life de John Carpenter, no hay que engañarse: los últimas tendencias de metraje encontrado son más proclives a la fascinación que a la crítica, como la otra muestra de terror religioso del festival, The Sacrament. Basándose en el caso de la secta de Jonestown de los años 70, Ti West retoma con buen pulso su (legítima) veta conservadora de The ABCs of Death (2012), y disfraza de retrato del fanatismo lo que en realidad es una defensa a ultranza de los pilares del capitalismo cultural que moldea nuestra identidad.
Only Lovers Let Alive
Si el found footage sufre (en jerga de los políticos) una deceleración, el relato vampírico se halla sumido en una decadencia opiácea, a juzgar por sonadas intentonas como Byzantium (Neil Jordan) y Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch). Ambas apuestan por duras reconversiones a la baja: Jordan pretende el reciclaje de retales dramáticos con los que tejió su discurso sobre la mortalidad y las pasiones en Entrevista con el vampiro (1994); por otro lado, Jarmusch recalifica una temática agostada en pastos para su ganado de freaks posmodernos y, sin embargo, nostálgicos de su identidad perdida. La diferencia radica en que, mientras que la estética ampulosa del irlandés solemniza la adolescencia perpetua de sus personajes y la de su cine, la del estadounidense se solaza en el goticismo vital (ignoro el término clínico) de los suyos más allá de cualquier redención.
La dificultad de renovarse quedó también patente en las últimas incursiones de autores-fetiche del festival. La esperada Dark Touch de Marina de Van regresaba al convencionalismo formal de Ne te retourne pas (2009) para, no obstante, asestar un golpe a la institución familiar en favor de la acostumbrada singularidad de sus personajes, siempre héroes o villanos por accidente de sus vidas en libertad. Unos postulados contrarios a los de Haunter, otra prueba más del desinterés de Vincenzo Natali por revalidar su status de referente del fantástico. Su filme más vulgar en cuanto a realización podría titularse «La posibilidad de una familia», en este caso frente a un Mal de mayor vigencia que los hogares que victimiza, y por los cuales a su protagonista adolescente se le pide un sacrificio mayor que luchar: creer.

Por último, un fenómeno digno de observarse son las mutaciones que directores con un universo  consolidado operan en su cine a los primeros visos de estancamiento. Quien les habla carece aún de perspectiva para juzgar la extraña Insidious 2, acaso la mejor película fallida del año. Después de sublimar en The Conjuring su vía de renovación del género de terror, James Wan opta por otra de expansión partiendo del último tercio de Insidious, en el que imperaba la imaginería del mundo de los espíritus. El resultado es un fantástico transgénico donde, como los personajes, vagamos en busca de asideros tangibles ante la impermanencia de sustos, risas y suspiros. En cambio, se vio al público más cohesionado en torno a la gran estrella de Sitges Takashi Miike, cuya Lesson of the Evil se vendía entre aplausos como el regreso del "viejo Miike" de Ichi the Killer y Audition... lo cual no puede hacerle a uno más que sonreír. Porque la película (como la también proyectada Shield of Straw) parapeta la violencia de aquellos títulos bajo el paraguas mainstream donde el cine del japonés, pese a las apariencias, continúa bien cobijado. Hoy en día Miike solo existe para el placer del espectador, y eso es justo lo que experimentamos al ver a una de las estrellas de la escena japonesa (Hideaki Itô) masacrar a decenas de jóvenes dóciles y cobardes que podrían ser su público, y que no representan tanto el futuro de Japón como su desolador presente. A todos nos llega el fin de ciclo, retumban los cañones de escopeta.


Continuará...

Álvaro Peña
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