Sitges 2013 (I): el fantástico de la vergüenza

Una programación que arrastra vicios, un departamento de prensa en labores de fontanería...

Borgman

Un año más volvemos al festival de Sitges para dar cuenta de una edición que no pasará a la historia, pero sí al recuerdo de los aficionados y la prensa allí congregados. Difícil de olvidar para estos últimos un mal trato y una restricción de pases con ánimo recaudatorio que ha dificultado la cobertura, y que deseamos se rectifique de cara al próximo año con la ayuda de su voluntarioso departamento de prensa, enfrascado en labores de fontanería que mitigasen los dislates organizativos. 

deconstrucción estética del subgénero a lo Ferran Adrià


Por otro lado, el cinéfilo ajeno a tales visicitudes se topó con una programación que arrastraba vicios de ediciones anteriores. El más destacado y continuista respecto al galardón otorgado en Sitges 2012 a Holy Motors (Leos Carax) consistió en vestir de celebraciones del carácter abierto del fantástico la negación avergonzada de sus esencias, así como la justificación interesada de discursos ajenos al género, permitiéndoles la entrada por la puerta principal como al invitado sorpresa de La Máscara de la Muerte Roja

Tal fue el papel de la ganadora Borgman, que describe uno de esos asedios a familia burguesa de clase media-alta que tanto gustan en Cannes y Berlín. Alex van Warmerdam honra con minuciosidad y cuidado estético una temática-lavadora de conciencia europea cada vez más apartada de la realidad de mileurismo y paro masivo, desde la cual solo se puede agradecer su condición de artefacto disfrutable. No puede decirse lo mismo de A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III (Roman Coppola), sospechosa de entrada como toda película con Bill Murray, si bien es Charlie Sheen quien pone rostro a un discurso sobre el impacto del desamor en la propia identidad. El reparto de viejas glorias en registros cínicos y un tema de alcance generacional —los soñadores criados al amparo de los 80— han suscitado críticas benevolentes para una de las peores realizaciones del festival, carente de la intuición de Michel Gondry, a quien citan como referente. No es la única herencia respetable a la que se aludió en un evento renuente a rebeldías: los israelíes Aharon Keshales y Navor Papushado obtuvieron el premio a la Mejor Dirección con una Big Bad Wolves que venía de entusiasmar a Tarantino. Sin embargo, el análisis en coordenadas tarantinianas no le hace ningún favor a una obra que, pese a todo, no renuncia a la gravedad dada por su trasfondo (la pederastia), con derivaciones hacia la comedia negra, el torture porn o el drama criminal que nunca llegan a cristalizar, pese a la autonomía de algunas escenas propias del mejor noir.

A field in England

Afortunadamente, hay cineastas demasiado ocupados en expandir su propio universo como para dormir en el portal de otros. Un buen ejemplo es Ben Wheatley y A Field in England, en la que la Historia y la condición humana que la esculpe se despliegan ante nuestros ojos transformando la campiña inglesa de tiempos de guerra en un escenario post-apocalíptico, donde la dicotomía que queda en el corazón de los hombres se reduce a buscar una taberna o un tesoro. La agresividad de sus imágenes se opone a la poesía visual más pautada de Upstream Color, segundo trabajo de ciencia-ficción de un Shane Carruth asimismo afanado en construir su propio discurso, empeño que el jurado reconoció con el premio ¡al Mejor Director Novel! a pesar del status de obra de culto de Primer (2004). Upstream Color mejora esta al optar por un enfoque puramente emocional influido por el anime, como si el cine de Terrence Malick perdiera sus raíces. Un caso similar al de  L'étrange couleur des larmes de ton corps, revisitación llevada al extremo de los postulados de Amer (2009). Si en ésta Hélène Cattet y Bruno Forzani revivían el cadáver del giallo y lo conducían por terrenos inexplorados, el L’etrange couleur... llevan a cabo una deconstrucción estética del subgénero a lo Ferran Adrià. Ello acarreó abucheos al filme que no hubiera cosechado de presentarse como pieza de animación, pero también hizo felices a los apóstoles de una crítica ávida de imágenes para procesionar al dictado de su Biblia de Lo Radical.

A la vergüenza que trasviste las obras citadas en cine de género hay que añadir una tendencia afín de fantástico "elegante", apto para presentar a tus abuelos. La encargada de inaugurar el festival, Grand Piano, sigue la estela marcada por J.A. Bayona y Rodrigo Cortés (quien la produce) de cine español en pos de la corrección como si se tratara de acabar con el déficit, un rasgo ya presente en Agnosia, la anterior película de Eugenio Mira. Durante su primera mitad Grand Piano se sobrepone a sus valores de producción para plantear un rico escenario de suspense, cuya resolución, no obstante, hace pensar si el talento de Mira no estaría mejor enfocado hacia el rodaje de series de época para TVE. Por último en este apartado hay que destacar We Are What We Are, remake de un mediocre drama de caníbales mexicano al que el talento visual de Jim Mickle dota de gravedad suficiente para mencionar la palabra “Shakespeare” en la reseña. Tan fresca y profunda como una representación teatral de instituto controlada por el profesor, será de agradecer por el público del circuito de salas de V.O.S., fiel demandante de ese fantástico pudoroso y de buena caligrafía.


Álvaro Peña
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