El niño — «Lorraine» (VIII)

Veía pasar los coches mientras fumaba y presentía que no sería capaz de darle dos hostias




Un bar, el tono pesado de conversaciones a media voz, ambiente propio de barrio y que prefigura el tipo de personajes que pasan el día acodados en una barra de bar contando mil embustes sobre lo que son, lo que han sido o lo que van a hacer. Mi rostro llamaba la atención, no era conocido pero mi paciencia y el cubata hicieron que pasara por uno más. Miraba con desgana a los reunidos y esperaba el momento de que se quedara solo o con menos de media docena. Pegar a más de tres era muy complejo y no soy un Van Damme.

Esperé y esperé, los cubatas iban cayendo a ritmo cada vez más enérgico, al cuarto me notaba la boca pastosa y mi sensibilidad en claro descenso.

Nunca he bebido mucho, siempre me he dedicado a llevar una vida sana por lo que poco a poco fui perdiendo la batalla con aquellos que tenían por segunda casa un bar. Me retiré con dificultad, quedé en la calle sentado en un bordillo esperando a que los efectos del alcohol remitieran. Cuando salió a quien iba a hostiar era incapaz de ponerme en pie.

El tipo se fijó en mí y me dedicó su atención. Podía tener aspecto patibulario o chulesco, un tono de voz y un lenguaje contumaz, pero su comportamiento estaban lejos de ello. Era amable, atento e incluso se podía percibir cierta ternura en él. Su gesto de mackoy era una penosa tapadera, un disfraz para poder vivir en aquel aguerrido entorno. 

El mareo remitía, poco a poco fui persona. Estaba sentado a mi lado en el bordillo, viendo pasar los coches mientras fumaba y yo presentía que sería incapaz de darle dos hostias. Veía alejarse el placer de Lorraine/Susana. Sus muslos tersos, sus curvas infinitas y su rostro pétreo, tan duro como su trasero. Peores cosas habré perdido.

Pregunté sobre Lorraine/Susana. Mirada torva en respuesta a mi pregunta. Antiguos lazos sentimentales, malos momentos que terminaron con el tipo en el maco y Susana convirtiéndose en Lorraine tras pasar por el quirófano. Entonces llegó la pregunta clave, ¿por qué?

La respuesta inmediata. Concluir cuentas, cuadrar balances, cerrar un apartado. El tipo podía parecer chulesco pero no era tonto, sabía que Susana, ya mucho menos Lorraine, pretendía alejar su pasado de forma brutal y yo era el medio. El tipo me miró escrutador, comprendí que era un gesto valorativo.

—Piensas que no podré darte ni dos hostias. No te equivoques, tú eres amable y yo soy un cabrón con pintas.

Su gesto de duda, mi afirmación etílica. Su vista fija en mi rostro, mis cortes en la cara, las cejas partidas, la comprensión en su gesto. 

—¿Cuál era el pago? —preguntó.

—Su especialidad…

—Es buena en la cama, es un buen pago.

—No me tientes —advertí.

—El problema no eres tú sino ella. Si vuelves de vacío seguirá buscando a alguien que ajuste sus cuentas.

—Te refieres… 

—Sí, no eres el primero, ella sabe venderse y bueno… la has visto desnuda.

—Todavía no.

—Pues todo lo insinúa su ropa existe por debajo y es incluso mejor.

Un gesto indiferente, mi mente que se centró en la Patri, mí conocido puerto que nunca debería haber abandonado.

—¡Dame una hostia! —pidió medio en gritos.

Negué con la cabeza. Insistió. La virgen, pensé, y al recordar aquella piel tersa, con el ligero tacto de una fruta de verano de piel delicadísima, me decidí.

Un golpe seco, preciso, sonido de hueso al romperse, y mi mente que vagaba a las interioridades de Susana/Lorraine.

Mi cabeza despejada, aguardando el momento del cobro, mirando a la ventana de su casa. La luz apagada y la sensación de haber sido utilizado por alguien más inteligente. Mi teléfono que sonó y mil esperanzas se abrieron.

Sergio Torrijos


Continuará...


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