El niño — «La mariposa» (X)

Discusión absurda, palabras que se encienden y que suben de tono y que terminan por mentar a la madre de alguien





Todo esto vino porque en el gimnasio teníamos un hippy, un tipo de esos que se quedaron colgados en el flower power a mitad de un canuto de marihuana y un mal tripi. Me comentó mientras hacíamos sombra la teoría de las mariposas aunque él las llamaba butterfly, en el gimnasio somos muy internacionales.

Tenía que pegar a un tipo y ya está. No sería la primera vez ni creo que la última, el resultado dinero, el objetivo ser eficaz.

El tipo era grande, tenía un deje chulesco de los que nunca le habían dado dos hostias y se creía que nadie se las iba a proporcionar. Le encontré tomando un café en una cafetería al lado del estadio del Rayo Vallecano, con dos tipos más, todos de traje y con la pinta típica de comer siempre en el Asador Donostiarra o en el Chistu. Gentes del futbol, me habían dicho, y podían pasar por ellos.

El grande tenía una cabeza enorme, cuadrada, de grandes belfos y poderosas orejas, lo observé durante unos segundos, me hice composición de lugar y con rapidez me decidí a ganarme los cien pavos. Mirada tosca, voces en alto, era un poco chulo y la manera de provocar una pelea era tan sencilla como iniciarse en un juego infantil.

Discusión absurda, palabras que se encienden y que suben de tono y que terminan por mentar a la madre de alguien. El tipo se creía muy chulo y se puso agresivo. 

Se acercó, muy cerca, creía que me impresiona por su corpulencia cuando no tenía ni idea de dar una hostia. La rodilla le llegó justo en el lugar que nunca esperaría, se combó con rapidez, la primera hostia fue un buen crochet al mentón y la segunda un directo de derechas a la nariz. No se rompió, mierda, pensé, estoy perdiendo práctica.

Insistí en ella, los compañeros del becerro intentaron mediar, repartí a uno, el otro se lo pensó y dediqué mi atención al tipo. Mientras, el dueño del bar cogiendo el teléfono.

Más rapidez, dos hostias seguidas, nudillos rojos y dolor en su rostro. La nariz resistió, me cagué en todo. Un oper al mentón y un diente que saltó, al menos era una victoria pírrica, el tipo inconsciente, le tuve que dar el mensaje a sus amigos.

—La próxima vez que le pegue a un abuelete que tenga cuidado de no ser un conocido del Salao. La primera con la mano vacía, la segunda con algo de acompañamiento. ¿Lo habéis entendido?

Asintieron y yo me largue. 

Explicaciones en un bar cercano. Un tipo con el rostro pétreo, hendido de arrugas y con un rictus entre el asco más profundo y la negación de cualquier capacidad de humanidad. Acojonante el tipo.

Por momentos parecía que me encontraba ante una estatua, sin nada de vida, ajeno a cualquier cosa.

—Asunto concluido, no le he roto la nariz pero le he saltado un diente.

—Con eso valdrá —aseguró sin casi mover un solo músculo.

Sus ojos escrutándome y yo aguardando a que me diera permiso para marcharme y alejarme del Salao. El tipo daba mala espina, parecía un cabrón desapasionado, viejo y sin piedad.

—Me gusta la gente que trabaja bien y sabe lo que hace. 

—Me alegra.

—¿Con quién estás?


—¿A qué se refiere?

—Había oído que eras un fichaje del Felisuco.

—Es mi manager.

—¿Solo para el boxeo?

—No hay otro trato.

—Es bueno saberlo.


Una pausa enorme, a punto ya de dar por concluida la entrevista.

—Siempre es bueno saber.


Extendió una mano con varios billetes bajo ella, me hizo un gesto con las cejas y yo extendí mi mano por el dinero. Billetes grasientos que cuando tocaron la piel de mi mano me dieron la sensación de que aleteaban.

Regresé a mis ocupaciones, retornaba por la misma calle y en mitad de camino volví a ver al tipo grande, con la boca en mal estado y la nariz enrojecida. Parado en mitad de la calle, mirando alelado en mi dirección. No lo dudé. 

Sentí el poder de la mariposa en mi bolsillo. Se trasladó a mi mano y de un golpe conseguí transmitir su poder a mi puño y de ahí a su nariz que se desgarró con un sonido de hueso al crujir.

¡Joder con la mariposa!

Sergio Torrijos

Continuará...


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