El niño — «La mariposa» (IX)

—Ni para ti ni para mí, cien euros y quiero la nariz rota, ¿te hace, Niño?




Algunos dicen que el movimiento de una mariposa al otro lado del mundo puede tener consecuencias en este. Mi visión no es tan prosaica aunque se acerca a ello, pero el aleteo de una hostia en Vallecas puede tener consecuencias en mi economía, como realmente ocurrió. Es mucho menos poético, cierto, pero no por ello menos verdadero.

Cobraba deudas, boxeaba profesionalmente y ejercía labores de todo tipo, desde guardia y custodia a atrapar mariposas en forma de hostiones. 

No le conocía salvo por sus andanzas pero el Salao tenía más historia a cuestas que media biblioteca nacional. De él se decía que era viejo como las piedras de las alcantarillas y que había visto de todo, se había lucrado con el estraperlo y forrado con negocios inmobiliarios, había comprado camisas viejas y sobornado a concejales democráticos. Una vieja gloria, pensaban todos pero siempre en su tono de voz existía un respeto casi místico por aquella figura.

Cuando mi entrenador me habló de él, creí por un momento que me estaba contando una de esas historias a las que nunca prestaba atención.

—Niño, ¡no me jodas!, atiende, hostias.

—Te escucho pero cada vez se te va más el panchito, no dices cosas coherentes, te pasas de una historia a otra, me hablas de las bragas de tu vecina y al poco me cuentas un hook al hígado de Joe Frazier.

—Ahora estoy centrado, ¿me atiendes...?

—¡Qué sí, pesado!

—El Salao es amigo mío, me resolvió un asunto que tuve hace miles de años con una chorva que estaba de toma pan y moja. Qué tipa....

—¡Céntrate!

—Déjame que cuente las cosas a mi ritmo. La tía estaba tremenda, tenía un revolcón que parecía infinito, con unas piernas que no terminaban nunca y unas mamas que eran gloria bendita...

—¿De verdad que tengo que escucharte....?

—Tú sigue con las flexiones y escucha, a ver si tienes suerte y aprendes algo para variar.

—Dale —expiré tras volver a flexionar el torso.

—Me ayudó con un lío de puta madre, en aquellos años meterla en caliente no era como ahora, las mujeres te podían denunciar e igual tenías que pasar una noche en el calabozo con los guardias civiles. ¡Fuerte niño! ¡Qué en el sufrimiento está la ganancia!

—¡Estoy en ello!

—El Salao me echó una mano, tenía un conocido que le debía un favor y era primo de un coronel de la guardia civil o de algo así, muy gordo. Desde entonces estoy en deuda con él.

—¡Me parece fabuloso...!

—¡Calla coño! Me llamó el otro día, necesita a alguien que le haga un pequeño favor y se acordó de mí.

—Y tú lo hiciste de mí.

—Eres el puto Einstein.

—Siempre fui bueno en matemáticas.

—Por eso en vez de estar en un banco te tienes que dar de hostias con la mitad de Madrid. 

Tres flexiones más y habría terminado, una sesión extenuante. 

—Me ha pedido que alguien le dé dos hostias a un individuo de Vallecas. ¿Te animas...?

—¿Cuánto...?

—Es un favor, Niño.

—El favor es escucharte y ser tu amigo, pero dar hostias es profesionalidad, dime una cifra y como amigo te haré un descuento.

—Cincuenta euros.

—Por eso son dos hostias, nada más.

—Ni para ti ni para mí, cien, y quiero la nariz rota, ¿te hace, Niño?

—Sea, ¿quién es el interesado?

—Es un tío de esos del futbol, alto y fuerte. Creo que tuvo una discusión con un abuelete y terminó dándole dos hostias.

—¿Un abuelete.....?

—Cosas del Salao, un conocido o a alguien que le tenga en estima, pueden ser mil cosas.

El resto de la historia se componía de las conocidas bravatas. Te voy a matar, no sabes con quién te metes y ahí aparecía yo. Qué sabía con quién me iba a meter y lo que iba a hacer; el aleteo de la mariposa.

Sergio Torrijos
Continuará...


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