Banalidades

El mal es un gris funcionario que cumple órdenes, el vecino amable que maltrata a su mujer, la apacible ama de casa que...

Parece ser que Hannah Arendt está ahora de moda. La película sobre su vida y pensamiento de Margarethe von Trotta ha puesto en el candelero su concepto de banalidad del mal. Si todo el mundo se permite, arroga el derecho a dar su propia interpretación —más o menos acertada—, permitidme el atrevimiento, pero me sale del alma dar la mía. Que viene a ser que el mal existe, que no hay que buscarlo en los grandes desastres —o, al menos, no sólo en ellos—, que no solo existe, al modo existencialista, en los niños que sufren o en el dolor en general. Que es peor que todo eso, que el mal es un gris funcionario que cumple órdenes, el vecino amable del ascensor que maltrata a su mujer en los ratos libres, la apacible ama de casa del tercero que, mientras cocina galletas en el horno, humilla a su marido porque «nunca llegarás a nada, siempre has sido un inútil, ya me lo decía mi madre».

Que el mal, en fin, no es un Satanás con mayúsculas, sino que anida en cualquiera de nosotros y se alimenta y se esconde en la más anodina cotidianidad. Uno va a trabajar a Auschwitz como el que va a fichar a cualquier oficina de cualquier administración, cumpliendo órdenes.

el mal no siempre es un asesino en serie


¿Y por qué he cedido, se preguntarán ustedes, a la tentación de hablar de Hannah Arendt? Pues porque un día se me ocurrió mirar en la tele un par de episodios de «Niños robados», y perdón por este bajonazo de nivel digno de la más salvaje de las montañas rusas, porque la serie es floja y melodramática, melodramatismo que consigue, a su vez, banalizar la tragedia de estas mujeres y sus hijos sustraídos. En los días que vi esta serie estaba leyendo, casualmente, El coleccionista de niños, de Stuart Macbride. A pesar de mi reticencia a las truculencias y aún más si son protagonizadas por niños, personas de confianza me lo habían recomendado. No es de los grandes, me parece a mí. De hecho sus tramas son excesivamente complejas, hay un cierto abuso del giro argumental. Y habría que preguntarle a Macbride si tenía una cierta intención paródica, sobre todo en su protagonista, un auténtico “pupas” (aunque nada comparable al detective de John Lutz, que sí creo que alberga una voluntaria parodia de un duro quejica al que todo le sale mal). Al caso. El coleccionista de niños me estaba gustando, pero el asesinato de niños me amargaba un poco ese gusto.

Pero después de ver a aquella monja que repartía niños pensando que repartía, impartía justicia, eso sí por un módico precio, y a aquel médico al que su situación social le dotaba de inmunidad, yo volví al asesino de niños como quien se sumerge en un spa, buscando tranquilidad espiritual. Y comprendí, a nivel pedestre y marujil, lo que es la banalidad del mal. El mal no es un desequilibrado asesino en serie, es una monja que administra la maternidad como si administrara hostias, con el convencimiento de que ayuda a arreglar el desorden de la naturaleza y la soberbia de su privilegiada condición.


Lectura recomendada:
El coleccionista de niños
Ámbar, 2011

Ángeles Salgado

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