La salida más cercana. Olen Steinhauer

Con el gusto añejo de las viejas novelas de espías, Steinhauer describe nuestro mundo: la información es poder absoluto

Tecnología y control
Los amantes de las novelas de espías tenemos suerte, mucha suerte. Lo que parecía un género moribundo fruto del paso de la historia que ha desdibujado los bloques y terminado con la guerra fría, dando un golpe, que parecía mortal, a la novelística del espionaje se ha quedado en eso, un mal trago y ahora se abre ante nosotros un nuevo horizonte

Estoy hablando de contemporaneidad en la novela de espías, no de retroceder en el tiempo hasta situar la novela para entroncar en míticos servicios de espionaje o en departamentos de dudosa fama aunque de poderosísima ficción e incluso en personajes que parecían nacidos a propósito para una novela. Para nada, estoy hablando de la actualidad, un mundo sin casi alambradas en las fronteras y en el que la tecnología tiene un papel fundamental tanto para comunicar como para espiar. Un mundo donde los bytes hacen la función de vigilancia mejor que cualquier centinela.

Lo poderoso de Steinhauer no es la nueva visión del espía sino la verdad que se oculta en todo ello, la explicación de que aunque haya cambiado la geopolítica, el espionaje es necesario y se sigue produciendo. Se han cambiado las reglas del juego aunque éste siga siendo el mismo. El autor americano entronca con la tradición de espionaje y lo demuestra en la presentación de uno de sus personajes fetiches, Erika Schwartz:

En cuanto se fue, Erika se puso a leer. Era una técnica que, más que aprenderla, la había envuelto décadas atrás, cuando su mirada se centraba al otro lado de la opaca frontera que la separaba de la irónicamente denominada República Democrática Alemana. Había tenido que enterarse de lo que sucedía allí no a través de la observación directa, sino de la deducción. Informes agrarios, estadísticas delictivas, horarios de trenes, flujos de exportación y, a veces, aterrorizados mensajes enviados por informadores solitarios perdidos a ese lado del Telón de Acero. En semejante situación, a simple vista poco puede hacerse, así que Erika había aprendido a reunir información en las grietas de los muy discutibles hechos que aterrizaban en su escritorio. Aprendió a dejar que su mente se alejara del tema central trazando lentos círculos excéntricos, estableciendo conexiones dudosas por el camino que pudiera contrastarse con otras conexiones no menos dudosas hasta crear, gradualmente, un puzzle susceptible de montarse de otra forma, eliminando o repintando piezas, hasta que llegara un momento en el que quedaran las justas para apreciar la imagen completa.

¿A quién no le suena semejante sinfonía? Es la vieja canción de las novelas de espías, por ello la obra y la prosa de Steinhauer destila ese gusto añejo de las buenas historias.


el arte de atrapar a los lectores


Todo arranca cuando el protagonista, Milo Weaver, vuelve a ser un agente de la CIA o de un departamento de ella de dudosa cuadratura dentro de la estructura de la agencia. No es un agente al uso de los de cuello blanco sino que es un “Turista”, o lo que es lo mismo, un agente operativo. Su misión será encontrar a un supuesto “topo” infiltrado en su propio servicio.

Steinhauer, amigo americano
Weaver no es un tipo Bourne o Bond sino una mezcla más humana de los anteriores y el espía sesudo representado por George Smiley de Le Carre. Aunque, sinceramente, tiene más de los primeros que del segundo. Se podría definir con una frase de la propia novela aunque se la aplica otro personaje:
...también era un delincuente profesional que sabía muy bien que el mundo no siempre está a la altura de tu optimismo.
El camino entre delincuente profesional y agente secreto no solo es difuso sino que por momentos no existen diferencias. La ley es tan relativa en el universo del autor que sólo se aplica al resto de los mortales.

La influencia del autor británico anteriormente citado es indiscutible, no sólo por la idea inicial de la trama, presentar un “topo” en una novela y no pensar en Le Carre es absurdo, por algo la novela del mismo nombre está entre las más afamadas del universo literario de los espías. Pero no solo termina ahí la influencia, un personaje fetiche femenino de Le Carre es tomado como influencia para desarrollar otro en la novela. No voy a decir nombre, callaré por el bien de los lectores pero está ahí, cambiado, difuminado pero alerta y esperando. Es lo que tiene haber tenido a predecesores de semejante calidad, es muy complicado innovar. 

No obstante el americano lo hace y lo ejecuta retrocediendo en la concepción del espionaje, si no lean el siguiente párrafo:
El espionaje no funciona así. Cuando pillas información, te la quedas y la usas. Y sólo la compartes si no te queda más remedio.
La información como poder absoluto, como justificación de todo, incluido el crimen más atroz, aunque en la novela se mira también por el lado más humano y no solo de los implicados. Se intenta empatizar en la medida de lo posible, aunque sea un virtud que no se aplique normalmente en ese mundo de espías. En la obra se usa la humanidad como arma arrojadiza, como elemento para causar daño al enemigo. En ese universo se aprovecha cualquier resquicio para ofender o para conseguir ventaja. Aunque se intenta representar al protagonista en su lado más personal, continuando con la senda iniciada en la primera obra del protagonista “El turista”, de recomendación obligada.

Además de lo citado anteriormente, la pluma de Steinhauer tiene mucha fuerza y una elevada tensión narrativa, no te permite dejar la lectura ni un momento resultando que la novela parece corta pese a rondar el medio millar de páginas. Es más, nada más terminarla deseas que la próxima entrega de Milo Weaver no se alargue tanto en el tiempo. Se percibe que el autor ha tenido por maestros a escritores de thriller tipo Clancy o Forsyth o incluso Leighton que le han influido mucho en su manera de acercarse a la trama y al recrear ese complejo arte literario de atrapar a lectores. Es imposible obviar la influencia de novela negra que aunque desdibujada me recuerda a lo más clásico del género.

Me cuenta concebir que a alguien no le agrade las artes de Steinhauer, no creo que exista lector que no disfrute de semejante obra, puede que a algunos no les convenza del todo o que no disfruten de tanta tensión literaria y que agradezcan otras lecturas más pausadas pero nadie dirá que no es una buena novela y que tiene una fuerza extraordinaria. A los amantes de las novelas de acción les chiflará, fíjense que no hablo de gustar, creo que el americano tiene esa facultad, no gusta, encandila.

RBA, 2013

Sergio Torrijos
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